Los viajes de RIMBAUD – París en Ruinas, por Mariano Rolando

Fueron cuatro meses los que pasaron hasta que volví a partir de Charleville. Fueron cuatro largos meses; aunque creí haber vivido sólo una noche, una noche herida por días excesivamente débiles como para quebrar el tiempo. Durante esa jornada, negra, el invierno había sido dueño y señor de las Ardennes. Pero ese trofeo no era suyo únicamente; debía compartirlo con las tropas prusianas, que encontraron en nuestra provincia en aquel lejano septiembre del 70, cuando se derrumbó el ejército Imperial en Sedán. Y ocupaban Charleville y Mézières desde principio de año, dejando ruinas y campos de batalla por todas partes.

Los bosques y la campiña sufrían las bajas temperaturas. El incansable ir y venir de las columnas invasoras, también se convertía en motivo de llanto para la naturaleza. Nadia sabía muy bien qué iba a suceder; la desesperación había ganado a la burguesía provinciana. Fueron cuatro meses en los que perdí el entusiasmo por devorar la vida. Hacia donde miráramos, todo corría peligro de estallar.

Durante aquel tiempo mi amistad con Ernest Delahaye creció en proporciones insospechadas. Paseamos muchísimas tardes frías por los alrededores de Charleville, en las márgenes del Meuse. La biblio era como el complemento perfecto para esos días de vagancia, sin ninguna obligación que cumplir. Ernest vivía en Mézières, al otro lado del puente. Después que los bombardeos prusianos de fin de año, su casa quedó hecha un montón de escombros. Le creí muerto, y lloré. Él era una de las pocas personas con quien compartía el placer por recorrer el bosque en largas caminatas perfumadas por la poesía. Gracias a Dios, mis lágrimas fueron en vano. Ernest estaba más vivo que yo.

En nuestras charlas, le había desmenuzado el porqué de mis últimos despropósitos. El viaje a París, y la posterior ida a Bélgica, se convertían, observados a una prudencial distancia, en dos intentos absurdos por transformar la realidad que me rodeaba. Quise volverme libre sin sentirlo realmente. Quise atrapar el arte, como si se tratase de una pintura que uno roba de una galería. El modo en que había actuado cuando marché hacia Bruselas no tenía sentido alguno. Retrospectivamente, era basura. La poesía no era un libro que uno podía tomar de la biblioteca; la poesía era una forma de cambiar la vida. Y yo tenía que encontrar los medios para comprender esta verdad.

El invierno había sido productivo en el aspecto literario. Entre paseos y viajes, habían surgido cantos de libertad, de vagancias, aventuras y romances soñados. Mi mano funcionaba, aunque mi cabeza fuese un torbellino de confusiones. La búsqueda del horizonte no me permitía vivir en tranquilidad.

En Charleroi escribí algunas de mis poesía más logradas. Ese pueblo tiene magia; y esto puede saborearse si se está alegre. ¿Has estado tan alegre como para beber un trago mágico? Yo, en Charleroi, lo estaba. Sentía la magia atravesar mi cuerpo y dirigirse a los dedos, para que interpretaran su deseo. Eso era la poesía: la usurpación de los sentidos por quien nos rodea, la naturaleza. Ella nos hablará en un código extraño, pero sencillo para el alma. Y nuestros sentidos responderán. De eso se trata, ¡Qué sencillo!

Acá tenéis una muestra de lo que os digo:

EN LA TABERNA VERDE

Ocho días de caminos pedregosos
habían rotos mis botas cuando entré a Charleroi.
En la taberna verde pedí unas rebanadas
de mantequilla y de jamón, un poco
frío, si hiciera el favor. Y, tan contento,
estiré bien las piernas bajo la mesa verde contemplando
los motivos ingenuos de la tapicería.

Y aquello fue ya algo adorable, cuando
la moza de ojos vivos y enormes tetas —esa
no es de las que se asustan por un beso—, sonriente,
me trajo mantequilla y jamón tibio
en una fuente de colores.

Jamón rosado y blanco, perfumado
con un diente de ajo; y me llenó la jarra
inmensa con su espuma
que doraba un rayo de sol tardío.

A. Rimbaud
Octubre de 1870

Mariano Rolando (Buenos Aires, 1973). Escritor y periodista. Vive en Nueva York desde 2011 tras diez años en París y Bruselas. Publicó “Los viajes de Rimbaud” en 1996. En 2001 ganó el Premio Juan Rulfo a mejor cuento en lengua francesa por “Le corps”. Su relato “París, 12 de febrero de 1984” fue incluido en el libro “20 años sin Cortázar” publicado en 2004 por la revista Caleta de España.
En los últimos diez años ha realizado reportajes y coberturas en Libia, Angola, Japón, Groenlandia, Islas Feroe, Indonesia, Laos, casi toda Europa y varios países de América Latina.