Espacio del sentido – Por Mario Bojórquez

El mundo del hombre es el mundo del sentido.
Tolera la ambigüedad, la contradicción, la locura
o el embrollo, no la carencia de sentido.
El silencio mismo está poblado de signos.
Octavio Paz, El arco y la lira

La escritura es un espacio donde transita un desfile de sombras, con paso fantasmal, las palabras recorren su camino trazado por el pensamiento; en ocasiones, ese pensamiento vaga errando por galerías de una arquitectura esquiva donde un pórtico se abre a la nada o a un pasillo sin puertas y sin fin. Las palabras, entonces, encienden sus propias luminarias y deciden un sendero posible, toman algún camino, deciden un recorrido y van dando tumbos hasta que el andar es el propósito, ir y venir es la respuesta a esa inmotivada marcha.

La escritura se vuelve un espacio innominado donde el deseo de decir es menos un objetivo que un hacer. La escritura es sólo un vehículo del diálogo entre las sombras, en la escritura esas palabras regresan al estado de pureza que las puso en movimiento, son ya significación, dicen algo. Pero regresa con ellas algo de esa oscuridad, las palabras son portadoras de su propia incomprensión, la luz negra de su significado último se vuelve estigma, dicen más de lo que enuncian, callan más que su natural silencio, son palabras y son sombras de un decir.

Escribir como si se tratara de un ejercicio espiritual, una gimnasia de los fluidos de la conciencia, un hacer que es un decir haciendo, signos de una secreta realidad mental, palabra sobre palabra el significado va construyendo el espacio de una escritura que describe un hilo del pensamiento múltiple. Ahora la palabra hunde un tajo sobre el discurrir disperso, obliga a la escritura a parir un pensamiento, acota, sublima el hacer que cumple el propósito del diálogo, se dice lo que algo dice; escritura, entonces, que se ejercita sobre los significados de la palabra dicha. Pero si una palabra dice un nombre de cosa, la cosa vuelta palabra recupera un sentido aún más alto que aquel que tuvo, cuando mera cosa permanecía en el mundo sin hacer algo, sin significar.

Escribir, por tanto, para ejercitar los músculos de la conciencia apagada por los destellos de lo real. Escribir nombrando las cosas del mundo. Pero ¿no son las palabras cosas? ¿no son cosas del mundo que pierden y adquieren significación al ser enunciadas? Escritura: decir con palabras las cosas del mundo significativo.

El hacer de la escritura nos vuelve operarios del sistema del nombrar, decimos nombrando, damos un sentido a ese decir, la palabra intocada nos regresa al primigenio valor de la cosa que se nombra. Si decimos noche, una temible oscuridad se apodera de la página, si decimos azul, el cielo resplandece en sus pequeños signos.

Al nombrar el mundo y sus cosas echamos a andar el sistema de significaciones, una misma palabra recoge todos los sentidos posibles, por eso la escritura nos permite edificar la creación, hay en esos breves signos un mundo. Otras palabras nos dirán mundos inexplorados, iremos de la mano de esas palabras para atravesar el desierto de la incomprensión hasta llegar al oasis que ansiábamos conocer, beberemos las aguas de lo real en palabras totalmente desconocidas en esta nueva significación. Lo nombrado tendrá, entonces, para nosotros, novedad, aparecerá a nuestros ojos el verdadero nuevo significado que la palabra nos ha permitido entrever, se cumplirá el estado superior al que aspiramos, la escritura será un espacio donde se encuentran las cosas recién nombradas del mundo.

Si las palabras son por un momento el espacio donde la escritura encuentra la plenitud de su decir, si en las palabras reside el significado superior ¿de qué materiales son hechas esas palabras que pueden contener las formas más puras del sentir y del pensar? Palabra: mecanismo del pensar. Pensamiento: concreción mental de una ilación de palabras. Sentido: coherencia superior entre palabra y pensamiento.

Cuando escribimos nos encomendamos al espíritu al que llamamos Musa o Diosa o Inspiración. Entonces comprendemos que no somos nosotros, en particular, quien habla en los textos, es algo, alguien de más allá de nosotros quien toma la palabra y dice el poema, eso nos da la ilusión de que nosotros hablábamos pero es quizá el propio lenguaje hablando en nuestra escritura.

Muchas veces hemos sentido esa impresión, la sensación de que alguien más habla ahí en el poema. Cuando el poema es verdaderamente bueno, sentimos que hay ahí una respiración, un tono, una timbre que nos rebasa, volvemos a leer la página y sentimos que hay muchas cosas que no podemos reconocer como propias, no sabemos cómo ocurrió esa escritura y quizá nunca lo sabremos.

Escritura que reclama de sí un lector propicio, un par de ojos que mitiguen el ardor de las sonoridades, las explosiones constreñidas de sus significaciones. Escritura que nombra al mundo de un modo tan nuevo que las estructuras de la realidad se conmueven por este otro nuevo significado, así la luz se oculta en su propio destello para regresar más plena, más luminosa sobre los objetos que al ser nombrados adquieren un nuevo lustre, un vigor hasta ahora desconocido. Los objetos revelan esa luz imprevista que los ha bañado un instante y los ha vuelto vívidas reproducciones de su mismo ser. La cosa intocada por la luz nunca es objeto reconocible, es materia impura que sin contorno se extiende en la masa difusa de su propia oscuridad.

La luz es flujo, candela, energía medible por otros instrumentos, por otras formas mensurables, por otras medidas. Las palabras en su promiscuidad toman otros sentidos de su contexto, se asimilan a su entorno y luego es muy difícil regresarlas a su estado primigenio, son palabras más mundo, son significado y mundo, están llenas de mundo, sólo de mundo es que ahora están llenas.

Cuando volvemos los ojos de la memoria hacia ciertas palabras llenas de significado que escuchamos o dijimos alguna vez, percibimos que acaso ese significado se correspondía con el sentido que les dimos, pero que ahora, aunque conservan su significado, su sentido se ha perdido. Son palabras que necesitan repoblarse, volverse mundo, decir otra vez lo que tan puntualmente decían en aquel contexto, en esa circunstancia remota, pero que hoy nos parecen tan alejadas de aquellas valoraciones que resultan impermanentes, frágiles, provisorias. Para eso puede servir la poesía, para fijar en algún modo las significaciones posibles de las palabras y su sentido último.

Escribir sabiendo siempre que todo esfuerzo por hacer realidad las palabras, volverlas cosas acabadas, delimitadas por su propio valor, sin asomo de voluntad humana, ellas mismas cosas del mundo, sin mediación, sin rasgos de una personalidad, cosas por ellas mismas, en sí mismas, es, quizá, una posibilidad de renuncia, de abdicación frente a la arbitrariedad del signo, lenguaje nada más, sin historia, sin vocación estética, sólo signos y sonidos.

Escritura que se vuelve referencia de sus propios alcances, que ofrece una mirada oblicua sobre los mismos márgenes de su expresión. Escribir sobre lo escrito para comprender mejor lo que ahí se dice, ahí donde ya no somos nosotros lo que habla a través nuestro. Escritura de la escritura, vuelta del cordel en el trompo que gira y desenrolla para ovillar de nuevo. Escritura que explica el explicarse, que alumbra lo que va ocultando en un movimiento inverso y correspondiente. Dicho del decir diciéndose, del callar callándose.

Un inadecuado análisis de la sustancia poética nos presenta el maniqueo conflicto entre forma y fondo, esta oposición que ya los griegos abatieron con un tercer elemento: a la melopea (forma) y a la logopea (fondo) se le agregó un tercer elemento: la fanopea o el lenguaje figurado, es decir, el sentido. Cuando una palabra dice más que su significado, estamos ya en el terreno de la fanopea, cuando una palabra puede ser entendida fuera de su significado normativo de diccionario y trasciende esas valoraciones adquiriendo una nueva densidad semántica, hemos alcanzado, entonces, la iluminación de la palabra.

Mario Bojórquez (Los Mochis, Sinaloa, México, 1968). Poeta, ensayista y traductor. Realizó estudios de Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Autor de Pájaros sueltos (1991), Contradanza de pie y de barro (1996), Diván de Mouraria (1999), Pretzels (2005), El deseo postergado (2007), Y2K (2009), Hablar sombras (2013) y Memorial de Ayotzinapa (2016). Sus primeros libros han sido reunidos en El rayo y la memoria (2012). Ha obtenido los premios nacionales de poesía Clemencia Isaura (1995), Enriqueta Ochoa (1996), Abigael Bohórquez (1996) y los Premios Bellas Artes de Literatura, Nacional de Poesía Aguascalientes (2007) y Nacional de Ensayo Literario José Revueltas (2010). En 2012 obtuvo el Premio Alhambra de Poesía Americana y la Distinción Príncipe y Poeta Tecayehuatzin de Huexotzinco. Recibió las becas para jóvenes creadores del Instituto Nacional de Bellas Artes, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y de creador con trayectoria de la Dirección de Investigación y Fomento de Cultura Regional y de los Fondos Estatales para la Cultura y las Artes de Sinaloa y de Baja California. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 2007. Colabora en http://www.circulodepoesia.com