La Máquina de las alegorías, de Claudio Archubi – por Lucas Margarit

De la pérdida y del encuentro:
La Máquina de las alegorías

 

Un libro es una máquina. Esta es la primera afirmación que podemos encontrar en la portada del que tenemos en las manos. Una máquina de escritura, creadora de sentidos, de alteraciones de significados y significantes. Una estructura cuya naturaleza es un recorrido que va desde la variación continua hasta el ascenso en el conocimiento y su teórica detención en un centro de tinta. El impulso se sitúa en las combinatorias posibles de los engranajes que posibilitarían una relación directa entre las palabras y el mundo y entre las palabras y la verdad. Llegar al centro es invalidar cualquier camino de vuelta hacia el estado de movimiento, hacia otras posibles combinaciones. Es en este punto donde la presencia de la obra de Ramon Llull se desliza a través de todo ese camino, como un guía, como un Virgilio errante en nuestra contemporaneidad.

Esta Máquina se detiene a cada instante para conformar un momento de inteligibilidad –una combinatoria posible– en ese intento de crear una lengua universal que tanto preocupaba a los cabalistas, a Ramon Llull o a Gottfried Leibniz. Como toda máquina, tiene una estructura que va paulatinamente variando a través de un mecanismo de contactos y engranajes, de palabras que son el punto de arranque de cada uno de estos poemas que dialogan continuamente con la otra Máquina, la de Ramon Llull.

En el siglo XIII un catalán nacido en Mallorca escribe una serie de tratados acerca del conocimiento y el modo en que los hombres pueden acceder a él. En estos libros el lenguaje será una de las claves que hay que descifrar para alcanzar la ciencia. A través de una escala que asciende hacia lo universal, convencido de que es posible convertir a los infieles y paganos, en su Ars Magna proyecta la posibilidad de encontrar algún tipo de verdad a partir de una serie casi infinita de combinatorias. Luego de varias tentativas, Llull elige un sistema de nueve letras, tres veces la trinidad, tres veces la terza rima de Dante, un número cerrado que lo lleva a una expansión de sentidos a partir de las combinaciones. Los textos de La Máquina de las alegorías divididos en tres, seis o nueve partes, se mimetizan con esta estructura tripartita.

Es así que nos encontramos ante una doble máquina, como dos estructuras que se superponen y que se comunican a través de una serie de posibilidades. ¿Cómo escribir nuevamente a través de esa estructura que ha dejado de funcionar durante siglos? Al tomar la estructura lluliana y añadir nuevos elementos a esa combinatoria la máquina comienza a moverse. Una combinatoria que conserva las nueve letras de Ramon Llull, de la B a la K y comienza a reconocer nuevas permutaciones, nuevos textos.

Pero el título también nos habla de las alegorías.  Una alegoría siempre afirma otra cosa, señala la posibilidad de otro sentido que el que las palabras significan comúnmente. ¿Es entonces esta Máquina una estructura para crear palabras que señalen otros sentidos posibles? Es más, podríamos ir un poco más lejos y pensar La Máquina de las alegorías como una alegoría que bien puede ser el título o bien puede ser la escritura del libro. Porque una alegoría también habla abiertamente hacia la alteridad.  Pero a veces estas alegorías se corrompen porque “La Máquina producía errores”, y saber esto es parte del conocimiento y también contraparte del sueño.

Las nueve letras refieren a nueve engranajes oscuros de la Máquina que tan pronto pueden representar las nueve dignidades de la divinidad –Duratio, Potestas, Sapientia, Voluntas, Virtus, Veritas, Gloria, Bonitas, Magnitudo– como también, las nueve substancias que componen el mundo –Deus, Angelus, Coelum, Homo,  tres más asociadas a los reinos mineral, vegetal y animal, y otras dos: la substancia del juicio y la de la imaginación-. O también, nueve formas de preguntar. Los nueve engranajes giran alrededor de un centro inalcanzable, un centro solitario hacia donde quiere dirigirse la escritura del poeta y que en la figura circular de Llull está representado por la letra A, símbolo del fantasma de Dios.

La primera parte de este libro, como un viejo cuaderno de tapas de cuero, nos indica cómo funciona la Máquina, cómo nos dirige locamente hacia algún sitio que desconocemos porque desconocemos también todas las combinatorias. Sabemos que están, pero no las aprehendemos porque seguimos el movimiento continuo de esta Máquina que está fuera y dentro del poeta. Son las palabras de Ramon Llull durante el último sueño. A partir de allí nos topamos con el árbol del conocimiento, el Arbor Scientiae, y adentro, el Principium conformado a partir de una combinatoria particular que nos conduce hacia una experiencia donde lo mínimo se incrusta en lo íntimo.  La experiencia como una alegoría de la escritura poética se invierte en esa experiencia cotidiana de la arena y el viento, de los insectos que son la prueba viviente del movimiento y de las “velocidades”. Es en este entrecruzamiento de la experiencia cotidiana del contemporáneo donde las combinatorias se disparan y se desplazan y donde el yo deviene en un peregrino que desconoce la meta en una ciudad que es otra maquinaria pero alejada, sin símbolos reconocibles con sus engranajes oxidados. Otras máquinas que ahora forman parte de esta Máquina: el auto o el reloj, que como detalles nos hablan del tiempo y del movimiento.

Luego de haber entrevisto la Belleza, unas páginas después, la pregunta: “¿De qué están hechas las palabras?” Y nuevamente nos encontramos, guiados por la Máquina en el centro de una experiencia, íntima y casi cerrada. El último engranaje de esta sección, Gloria como un motivo de exaltación de la propia desdicha de las palabras y de aquellas alegorías que el poeta proyectó en su Máquina. “Gloria es la de los perros, cuando aúllan a la luna.” ¿Es esta la entrada en el conocimiento?

Ascendemos al leer y descendemos, como las premisas que señaló Llull con respecto al saber en su Ars Brevis,  y que aplica en El libro del ascenso y el descenso del entendimiento. El entendimiento hacia lo general, asciende y hacia lo particular, desciende. Idea es la primera incursión donde nuevamente encontramos una serie de combinaciones posibles, donde el árbol se levanta y donde alcanzar el sol es entrar en la sombra. ¿Es posible acceder a la Nada? ¿Es posible conocer la Belleza? Entramos y giramos con la Máquina y a partir de allí entendemos nuestras alegorías y soñamos con el árbol que se eleva, ramificándose en cada combinatoria de la cual formamos parte como lectores.

Y como una continuidad de sueños La Máquina de las alegorías sigue conduciéndonos hacia otras posibles combinatorias, hacia las Centum Forme, las Cien Formas del Mundo, donde cada palabra se vuelve contra sí misma y donde esa acción puede leerse como una especie de conocimiento parcial del poema. La verdad es entonces una combinatoria imposible, una luz que enceguece y, como la Belleza, hay que entreverla en el instante en que los engranajes se ubican como en un eclipse. Y detrás Nada. ¿Qué hay detrás de la Creación? ¿Qué hay detrás del escenario? ¿Y detrás de las palabras en movimiento?

Detrás de las palabras en movimiento está la Máquina. La que cuenta historias y la que constituye la voz que cuenta esas historias. Este libro es una Máquina creada por la Máquina de Llull, una nueva combinatoria de fracasos que son escritura, que son la búsqueda del último camino que lleve al centro, a una luz que se desestima en cada tramo de ese extenso sendero de letras paralelas.

El libro de Claudio Archubi es el camino de una Máquina, tanto de la lectura lúcida y lúdica como el de la experiencia de decir. Es también la máquina de traducir, una y otra vez, las alegorías de los sistemas simples y complejos, donde en ese movimiento de traslación nos introducimos como un engranaje más a las combinatorias posibles, como un elemento que alterará nuevamente la Máquina primera, la creadora de sentidos.

 

Lucas Margarit (Universidad de Buenos Aires. 2016)