Cómo se inicia la caza & otros poemas – de Mariano Rolando Andrade

Mariano Rolando Andrade es poeta, escritor y periodista de la Agence France-Presse (AFP) de París. Colaboró en diversos medios en Argentina antes de instalarse como corresponsal de AFP en París, Bruselas y Nueva York. Su carrera e inquietud por la literatura le permitieron abordar una investigación sobre Rimbaud, misma que fue publicada en Buenos Aires hacia 1996. Autor de otros volumenes, cronista y explorador, actualmente recorre el Sureste asiático y otros lugares visitados por vez primera para occidente por Rimbaud. 


CÓMO SE INICIA LA CAZA

Cómo se inicia la caza,
cómo se manejan las armas,
cómo se cabalga a ciegas.

En eso reside el arte.
En esa deliciosa
………………..arremetida sin razones.
Y en la facilidad
con la que arden las palabras,
los dientes brillan
y las manos maliciosas
………………..se mueven alrededor de tu boca.

Un ruego,
una risa nerviosa,
la tentación del crimen.

Como la visita de las virtudes:
la honrosa llegada de la belleza,
la bondad, la piedad grata amiga.
Y la carcajada heroica
colgada en las sienes
de los que van a capitular.

La tentación del crimen.
El viento soplando sobre los hombros,
detrás de los cabellos.

La cacería.
Con las botas embarradas
y las piernas firmes
………………..como hierros de dictador.
Los labios resquebrajados.
El cuerpo agazapado,
………………..húmedo, desconsiderado.

El manejo de las armas,
manos maliciosas en las riendas,
botas en los estribos.
La silueta del jinete fuera, lejos.

Y la tentación del crimen.
Esa singular tentación.

RESURECCIÓN

Quien quiera volver sobre sus primeros pasos,
atravesar los años cruentos
decidido a romper
costas, olas, mares;
desangrar campos de risa,
lluvias y muecas irónicas;
corromper cielos viles,
llenos de rojos, verdes.

Quien quiera hacerlo,
que lo haga.
El resto, agudice la vista
y desborde la ilusión,
el horizonte.

Quien quiera volar, que vuele.
Quien quiera huir,
que lo haga.
Al que quiera despilfarrar,
que despilfarre sin culpa
y sin mañana.

El resto puede quedarse sentado en las rocas
y aplaudir las volteretas que damos en el aire.

TRES PESADILLAS

Se pierde el sueño.
Los ojos ya no se cierran.
Nunca se cierran.
Jamás.

Escucho mi voz como una vieja melodía.
Está adentro.
Pero parece afuera.
Ya no se habla.
Nunca.
Jamás.

Me vedan los perfumes envenenados.
No saboreo los vinos negros del sábado.
Ni siquiera sueño.
Sólo tengo permitidas tres pesadillas de aquí a la eternidad.

En este barco, en este mar, avanzo sin rumbo.
Desconozco mi ubicación.
Desconozco el correr de los días.
Ignoro las estrellas y los soles, las lunas.
No existen instrumentos ni cartas.
No existen días.
Quizás navegue en círculos sin saberlo.
Sólo tengo en mi haber tres pesadillas.
Es todo.

Puedo ver.
Mis ojos no se cierran.
Me han dicho que es una gracia.
Estoy condenado a esta dádiva.
“Otros no tienen nada”,
me dijeron al abrirlos para siempre.
De aquí a la eternidad.

Navego con las tres pesadillas.
Hasta que pierda la paciencia y las malgaste.
Después sólo me quedará navegar
y recoger lo que la vigilia me quita.

No más perfumes envenenados.
No más vinos negros.
No más estrellas ni soles.
Ni lunas.
Es una gracia.
Una dádiva.
Debo sentirme afortunado.
Al menos conservo las tres pesadillas.

HOMBRES

Lloran los hombres. ¡Lloran!
Y antes, apenas se los veía empalidecer.
Y alguno maldecía.
Y el que más,
el más osado, el más griego, el más náufrago,
desafiaba a los cielos y se lanzaba al vacío.

¿Dónde escondieron nuestra valentía?
¿Y el amor al viento, la multitud en los ojos, la gloria?
Pedimos otros días.
¡Días!
Luego soportaríamos unas lágrimas
y un murmullo de lamentos recorriendo la desolación.
Suponiendo que detrás puede crecer la enredadera.
Siempre detrás.
Siempre suponiendo.

Lloran los hombres.
¿Pueden escucharlos en cada aguja y en cada parpadeo?
¿Pueden abrir la puerta y correr al campo
cuando todos caminan entre los árboles?

Dirán que antes no había lágrimas:
tienen razón.
¿Cómo iba a haberlas,
si éramos osados, griegos, náufragos?

MIS DIOSES PUEDEN MORIR

Mis dioses pueden morir mañana.
Montado sobre el carnero al sol,
tomo la lanza
y atravieso los cuerpos desnudos.
Han muerto.

Mis dioses pueden morir mañana.
De pie junto a las tumbas,
leo los epitafios
y arrojo flores sobre los cadáveres.
Han muerto.

Rondas por los cementerios.
Cabalgatas bajo el sol.

Mis dioses mudos, vejados;
los cuerpos desnudos ensangrentados.
Y un coro de héroes
canta
por los viejos mitos,
por las caídas
y por los amores incestuosos
que forjaron guerras.

Mis dioses pueden morir mañana.
¿Cómo evitar al carnero y la lanza?
¿Cómo detener la arremetida?
¿Cómo permitir una duda
ante el inmenso amanecer de certeza?