The Seafarer – de Ezra POUND – Trad. Adalber Salas Hernández

Los estudiantes de Anglosajón (algunas veces llamado Inglés Antiguo) estarán familiarizados con El Navegante, ya que es una de las líricas elegíacas mayormente conocidas dentro de la recopilación de la literatura que ha sobrevivido a aquel período. El texto se encuentra en los folios 81b-83a del Libro de Exeter; el cual fue regalado por el Obispo Leofric a la biblioteca de la Catedral de Exeter, en el sudeste de Inglaterra en 1072, y es preservado allí hasta el día de la fecha. Un estudio sobre el manuscrito concluye que el poema se compuso entre 970 y 990; y el estudio estilístico sugiere que su origen proviene del oeste de Wessex. Las páginas que contienen el poema en el Libro de Exeter son claras y .se encuentran intactas.

El texto existente del poema ha sido víctima de varios errores durante el proceso de copiado. Esto no es inusual en manuscritos que datan de este período. Al parecer falta la mitad de la línea 16; no hay presencia de aliteración en la línea 25; y la sección final del poema, de la línea 103 en adelante, presenta señales de manipulación.

El poema está narrado desde el punto de vista de un viejo y experto marinero. Reflexivo, mira su vida hacia atrás, y describe las desoladas penurias de una experiencia en altamar y las contrasta con la vida en tierra firme, donde los hombres están rodeados de compañerismo y provisiones. Otro punto de vista es expresado cuando el clima en la tierra comienza a parecerse al de la travesía invernal: el narrador cambia de tono, describe su anhelo hacia el mar. El tiempo pasa a través de las estaciones, desde el invierno al verano. Luego el narrador vuelve a cambiar, esta vez no de tono, sino en lo que refiere al tema. El mar ya no se menciona explícitamente; en cambio, el narrador predica con el hecho de seguir un camino incondicional hacia el cielo. Afirma que “la felicidad terrenal no perdurará”, que los hombres deben oponerse “al diablo con hazañas heroicas”, y que las riquezas terrenales no pueden llevarse a la otra vida, ni puede el alma beneficiarse con ellas después de la muerte. El poema termina con una serie de declaraciones acerca de Dios, la eternidad y la autodisciplina.

Su argumento y estructura, en particular los cambios en el tono y el tema, han sido objeto de un sinfín de conjeturas entre los estudiosos de anglosajón. A partir de la interpretación, algunos creen que el original consistía única- mente en la parte de la navegación, la cual termina en la línea 64, siendo el resto obra de un revisionista cristiano; mientras que otros consideran que el poema terminaba en la línea 102. El texto en el Libro de Exeter consta de 124 líneas.

El poema ha sido traducido muchas veces por numerosos estudiosos, poetas y otros escritores. Entre 1842 y 2000 se registraron más de 60 versiones diferentes en ocho idiomas. Entre ellas se encuentran las traducciones por Edwin Morgan (1954), Kevin Crossley-Holland (1965), Michael Alexander (1966), John Wain (1980) y Louis Rodriguez (1991). La versión de Pound, publicada por primera vez en New Age el 30 de noviembre de 1911 y subsiguientemente en su Ripostes en 1912, sigue siendo al día de hoy la más conocida de todas.

Numerosos críticos comparten la opinión de que Pound hizo un amplio uso de una traducción formal de los versos de El Navegante realizada por Lola LaMotte Iddings —incluida por Cook y Tinkler en su Translations from Old English Poetry—, publicado por Ginn & Co. en 1902. Algunos han llegado incluso a sugerir que la utilizó como “guía”, y citan numerosos ejemplos de similitudes en la elección del vocabulario entre las dos versiones. Sea esto cierto o no, es, a mi parecer, de poca importancia. Los escritores tienen una tendencia a nutrirse entre ellos y, en el caso de la traducción, comparar diferentes versiones puede resultar esclarecedor. Si una traducción se mantiene fiel al original, es inevitable que la elección de palabras sea similar sino la misma.

La traducción de Pound no está exenta de defectos. Los críticos han citado como ejemplo su traducción del término anglosajón stearn como “stern” (popa) en inglés (que significa la parte posterior o timón de un barco) cuando la palabra stearn etimológicamente es una variante del inglés moderno “tern” (golondrina de mar) aunque puede que se esté refiriendo a otro tipo de ave marina, quizás a una gaviota. Otro ejemplo es la traducción de Pound del término anglosajón byrig como “berries” (bayas) cuando el verdadero significa- do es “dwellings” (viviendas). También tradujo la palabra anglosajona englum (que significa ángeles) como “the English” (eso sería, Angles).

Más allá de estos errores, la traducción de Pound reproduce ingeniosamente el sonido consonántico de la poesía anglosajona. Repite su cadencia en término de acentos y el ritmo de los versos, mientras que al mismo tiempo hace uso de enlaces aliterados frecuentes, en lugar de lo que aparece en la versión anglo- sajona como cesura. (Al igual que toda la poesía anglosajona, la versión anglo- sajona comprende una serie de acentos, cuatro por línea, divididos en la mitad por una cesura que rompe la línea en dos mitades separadas)

NEIL LEADBEATER

 

El oficio del mar

(Siguiendo el rastro a Ezra Pound)

Traducción Adalber Salas Hernández

Intentaré poner en palabras la verdad de mi canción,
que las amarras de esta jerga aten el viaje pasado –

…………………………………….cómo en días trabajosos
soporté pesares a menudo.
He tolerado esos dolores que anochecen el pecho,
embestido con mi quilla el abrazo de tormentos
y terribles oleajes marinos,
…………………………..y con frecuencia
gasté allí una estrecha vigilia, cerca
del casco del barco, mientras se balanceaba
junto a la piel de los acandilados, como ebrio.

Castigados por el frío, mis pies
estaban aturdidos de tanta helada.
Los recorrían escalofríos como cadenas. Ásperos
suspiros labraban la grasa de mi corazón
hasta redondearlo
y el hambre me consumía el ánimo.
Quien no supiera que alguna vez tuve
una vida amable en tierra firme, donde las olas
son un mito,
no sabría entender cómo ahora
he sido destruido por estos trabajos,
entre mares punteados de témpanos,
capeando el invierno, pobre exiliado
privado de mis semejantes.

Anduve cargado de duras escamas de hielo, donde
el granizo volaba. Allí nada escuchaba salvo
el mar arduo y la marea helada –
por momentos los llamados de los cisnes
parecían sonarme en el clamor de los albatros –
aves marinas por todas partes – su ruido era risa para mí,
traía de vuelta el sonido de las tabernas
y las callejuelas que cantan aguamiel.

Tormentas, golpeadas por los barrancos, cayeron sobre la popa
en plumas de hielo – a menudo el águila gritaba
con espuma entre sus alas.

Ningún protector
puede hacer feliz al hombre
que sólo ama su cuerpo cuando lo desnuda
la mano sobria del frío, revelando
al cielo su piel correosa.
No puede entender esto quien,
con vida encantadora,
acata a los burgueses y sus negocios pesados,
lujosos, bañados en vino: cómo me fatiga los oídos
el llamado del océano.

Allí la demasiada oscuridad, la nieve
que viene reptando desde el norte,
el hielo que ensimisma la tierra, el granizo que cae
y luego del maíz, más frío. Lo hice, intenté
quedarme lejos de la costa, arena adentro. Sin embargo
tocó entonces la puerta de mi pensamiento
el deseo de hallarme en altas corrientes,
navegando esta sed entre dos aguas,
atravesando solo el tumulto salado,
rayado de mareas.

Gemí el deseo de mi mente hasta hacerlo desaparecer,
la urgencia de partir, de buscar algún más allá, lejos,
un refugio extraño para quien ya
no se reconoce.
Pues no hay en la tierra un hombre de ánimo elevado
que haya pensado que recibiría lo suyo, lo que le
tocaba en suerte, sin haber sentido de joven
algo de codicia rebelde,
o que no haya considerado su hazaña temeraria,
sin tener nostalgia por el oficio de los mares.

Yo no tenia corazón para el harpa,
ni hallaba gozo en llevar anillo y
cultivar el encanto de la esposa,
ni hallaba placer en el mundo ni en ninguna cosa
que no fuera el tajo de las olas –
es así cómo la nostalgia empuja hacia las aguas.

El bosque se arrebata de brotes, llega la belleza de las bayas,
los campos se engalanan, los campos son trabajados
con apuro: todo esto interpela al hombre ansioso, lo
incita a marcharse –
busca el viaje con tan ansia que sólo piensa
en caminos inundados que lleven lejos.

El gallo llama con grito pesaroso,
canta hacia el verano, carga sobre sí una pena enjuta,
la sangre amarga del corazón. El burgués no sabe,
el hombre prospero no sabe
lo que otros hacen, hacia dónde
los arrastra el amplio vagabundeo, el
anudarse de los caminos bajo
la piel sonriente del oleaje –
……………………………………Así como ahora
mi corazón revienta en su caja de huesos,
queriendo hallarse entre las aguas,
sobre las llanuras de las ballenas, anhelando
deambular lejos. Con frecuencia,
en el refugio de la tierra vino a mí,
ansioso y listo, una gaviota solitaria y gritona,
afilándome el deseo, haciéndome irresistibles
los senderos de los peces, el periplo de
los cardúmenes.
……………………Viendo que de todos modos
mi señor me depara esta vida muerta
de préstamos e intereses, alquileres y terrenos
más o menos cultivables, me desengaño:
ningún bienestar terreno
se ha mantenido eternamente,
siempre sobreviene algo calamitoso como que
antes de que se vaya la marea de un hombre, se vuelva dos
y su sombra se le separe.
Enfermedad o vejez o rabia de espada
arranca el aliento del cuerpo asido por la fatalidad.

Y esto puede suceder a quien sea,
cualquier duque, a cualquier conde,
pues aquellos que hablan ruidosamente
de la vida, presumiendo con palabras
terminan recibiendo el abrazo turbio de la tierra,
impecablemente justo.
Y todo para robar
un poco de aliento ajeno, para que años
después todavía hablen de ellos –
para comprar con el estallido de su vida
risas y elogios de borrachos
que se caen dormidos en los bares.

El día dura poco
y toda la arrogancia de las riquezas terrenales
no puede comprar recuerdos como los de
los reyes y césares del pasado.
Sin importar cuán alegre,
cuán señorialmente haya vivido nadie,
su única herencia serán placeres fugitivos.

Se agota la vigilia, pero aguanta el mundo.
La tumba esconde turbulencia. La espada desciende.
La gloria terrenal envejece y se enceniza.
Ningún hombre dilapida los andares de la tierra
sin que la edad trabaje en su contra, palidezca su rostro,
y se queje canoso, encorvado, recordando amigos muertos,
esos que se debían de antemano al seno de la tierra.
No puede el muerto ya vestir su carne,
ni comer lo dulce ni lamentar lo amargo,
ni mover la mano ni llenar su corazón
con la marea del pensamiento,
y aunque llene su tumba con oro,
sus hermanos, sus cuerpos
enterrados en el subsuelo del recuerdo,
serán su tesoro improbable.

∇ Traducción de ©Adalber Salas Hernández, 2016.