El entierro de STEVENSON – de Mariano Rolando Andrade

Mariano Rolando Andrade está desde hace días en Apia (Samoa) visitando y recorriendo las tierras en la que el escritor escocés Robert Louis Stevenson pasó sus últimos años de vida.
Gravemente enfermo de tuberculosis, el escritor de instaló en Samoa, confiando en que este clima resultaría más saludable para su enfermedad.
Stevenson era un hombre que creía en el trabajo artístico, es decir en la creación. No tenía la menor simpatía natural por aquellas vagas ideas paganas que se disimulan con el nombre de inspiración. “No tomó opio ni absenta”, escribió G. K. Chesterton en su biografía, “y luego se sentó a esperar que  unas energías cósmicas sin nombre llegaran a su alma de quién sabe dónde. Él era responsable, era cuidadoso, era económico, merecía absolutamente el honroso título de trabajador”.

El entierro de Stevenson

De pie ante tu tumba blanca,
veo el océano que te trajo
y la jungla que te amparó,
las montañas que quizás
te llevaron a Escocia.

Veo a los jefes samoanos
recibir la noticia
“Ha muerto Tusitala”,
que partió del hogar en Vailima
una noche de diciembre.

De pie ante tu tumba blanca,
comprendo tus dos deseos:
ser enterrado en lo alto
del misterio de Vaea
y llevar las botas puestas.

Pocos son los palagi
que han merecido lágrimas
en estas islas y mares
saqueados sin descanso
por las plagas de Occidente.

De pie ante tu tumba blanca,
gran Tusitala del norte,
veo las antorchas y escucho
los brazos de doscientos
surcando la tierra cuesta arriba.

El resto de Samoa se pregunta
“Qué desgracia ha caído”,
y en la morada de Vailima
alguien prepara tu mortaja
y viste tus pies desnudos.

Llega la temida mañana ya,
tus anfitriones te acompañan
y los más fuertes cargan
el ataúd hasta lo alto de Vaea,
la cima de esta tumba blanca.

Apia, diciembre de 2016.