Poesía Argentina – Jorge Aulicino / Mar de Chukotka (inédito)


Jorge Aulicino nació en Buenos Aires en 1949. Estación Finlandia (Bajo la Luna, 2012) está integrado por 13 libros editados hasta 2011 y tres que permanecían inéditos hasta entonces. Publicó luego Libro del engaño y del desengaño (En Danza, 2011), El camino imperial (Ruinas Circulares, 2012), El Cairo (Del Dock, 2015) y Corredores en el parque (Barnacle, 2016). Tradujo entre otros a Pier Paolo Pasolini, Cesare Pavese, Giusseppe Ungaretti, Franco Fortini, entre los clásicos del siglo Veinte italiano, y entre los nuevos poetas a Antolella Anedda y Biancamaria Frabotta. En 2015 publico su versión de la Divina Comedia de Dante Alighieri. Ese año recibió el Premio Nacional de Poesía.

[Mito VII: El hielo]

Sólo mi mano tendida hacía ti, doctor Frankenstein,
cuero pálido, un pedazo de papiro sin musgo ni río,
mi mano, una torpe posibilidad, una tormenta apagada,
bruma ocre o un gallo muerto en la grisura de un invierno, en el barro.
Expiraste en los camarotes de Walton y exististe, si exististe,
en lugares así, sentinas, corredores, túneles, el ático, los techos
a los que subiste a buscar el rayo. No tu sonrisa respetada,
tus amables gestos, tu labia. Un fantasma fuiste
y fuiste nada, y me hiciste de pedazos, como son todos los hombres,
de ciudades al garete, de la Atlántida, de un naufragio,
de alcantarillas y ratas, me hiciste como Robinson su casa,
con restos, con el azar de los pedazos.

Te traje hasta el polo con un reguero de sangre, crucé Europa, la vi hundirse,
para que vieras que si Dios ríe en algún lado, ríe aquí, como lo vio London,
en el inmenso hielo, donde las figuras desparecen, donde la bruma hace probable
que tú seas una sombra y yo la sombra de una sombra. Y nunca nadie
haya sido nada, sino gotas sobre una hoja, sino ojos vistos en el mar.

 

[William Carlos Williams]

Soy el intelectual más prestigioso de la cuadra.
Querría tener un De Carlo 1960 para estacionarlo
frente al Hospital de Infecciosos, donde pudiera verlo
desde la ventana trasera de mi departamento,
los asientos atestados de libros y bolsas de suero.

El De Carlo es blanco como la ballena,
como mi heladera.
Todo flota
lejano y fascinante
en esta hermosa ciudad.

[Ahab]

¿Qué hiciste de tu vida, muchacho?
Me has seguido sin que te ofreciera nada
excepto un moneda clavada al mástil
y un rito. Sabías que la vida,
contrariamente a lo que afirman en las tabernas puritanas
no pasa la cuenta, no reclama:
todo está sujeto a las mareas de tu libre hacerte o destruirte.
Por eso he preferido el demonio,
así sea un demonio blanco en mares cálidos.
Como si hasta allí hubiese navegado el ártico
y nosotros detrás.
Lo he dicho: percibí su blancura como una injuria,
como un muro detrás del cual puede no haber nada,
pero qué importa.
La nada que ocultaba no era el objetivo: el objeto era
el propio límite blanco.
Quise destruirlo con mi mano, yo que hubiese golpeado
el rostro de Dios si se interponía.
No el gozne, no la grieta: el golpe.
Y atado al arpón por el hilo de algún nervio,
soñé deshielos, despeñaderos, la catástrofe como política.

Mas no resultó, tú, el que se deja llamar Ismael,
estabas ahí para dar fe,
escriba del vacío de una testa
y de una cicatriz real,
desde la ceja a la femoral.

POESÍA ARGENTINA / BUENOS AIRES POETRY, 2017.