Poesía Argentina – Silvio Mattoni

Silvio Mattoni (Córdoba, Argentina, 1969). Es doctor en letras por la Universidad Nacional de Córdoba, donde da clases de Estética. Publicó los ensayos: Koré (2000), El cuenco de plata (2003), El presente. Poesía argentina y otras lecturas (2008), Bataille. Una introducción (2011), Camino de agua (2013) y Música rota (2015). En poesía, sus últimos libros son: La división del día. Poemas 1992-2000 (2008), La chica del volcán (2010), La canción de los héroes (2012), Avenida de Mayo (2012), Peluquería masculina (2013) y El gigante de tinta (2016). Recibió, entre otros, el Primer premio de Ensayo del Fondo Nacional de las Artes en 2007 y en 2012, la Beca Guggenheim en 2004. Es investigador del Conicet. Tradujo numerosos libros de literatura, filosofía, antropología y psicoanálisis.

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Del libro El gigante de tinta, 2016.

Esta noche

Las reuniones de amigos de sus padres
o las fiestas de cumpleaños familiares
les ofrecen un teatro y en las horas
previas se ponen a ensayar canciones
inglesas. Francisca organiza los arreglos
vocales de las tres sopranos con distintos
matices tímbricos. Margarita se aprende
los acordes sencillos de guitarra
con su acústica nueva que sabe agarrar
inclinando la cabeza, dejando caer
un poco el pelo claro. Las dos mayores
tienen años de actuar, de mirarse crecer
pero Angelina innatamente asume
el papel que le toca, afina su viejo
violonchelo, que heredó, lee las notas
también del bajo eléctrico por si acaso
les den un giro rítmico y marcado
a las canciones. Se enchufan, se desenchufan
mientras nosotros hacemos la cena
o vamos a comprar lo que hace falta
siempre. Y a la noche, cuando han llegado
más de veinte amigos, conocidos, alumnos
o turistas literarios, Francisca anuncia
por el micrófono con su voz persuasiva
de sólo diecisiete: “Vamos a tocar”.
El piano de la mayor desarrolla el tema
pero las cuerdas de sus hermanas profundizan
el sentimentalismo de la letra
alzada desgarradoramente en canon:
“Dame un segundo, tengo que ordenar
la historia. Mis amigos se fueron. Mi amor
me espera del otro lado de la mesa.
Se nublan los anteojos y preguntan
por una cicatriz, el hueco del sentido
no correspondido o la ausencia que seremos
en pocas décadas”. Invento todo aquello
que el inglés me niega, excepto el estribillo
lacerante, agudamente suplicante.
Lo espero, pero el relato sigue y dice:
“Entre el alcohol, las sutilezas, las grietas
de mis faltas sin disculpas, ya sabés
que me esfuerzo en inventar soluciones
imposibles. Y cuando se termine
la fiesta, deprimido, te voy a llevar
a dormir”. O algo parecido; el ritornelo
es éste: “esta noche somos jóvenes,
incendiemos el mundo ya, podemos
brillar más que el sol. Sé que no soy
todo lo que tenés, supongo, pienso
encontrar otros modos de caernos.
Volvieron los amigos. Brindemos porque ya
encontré a alguien…” Suben las voces claras
estirando las sílabas, los diptongos vocálicos
de nuevo: “Esta noche somos jóvenes,
incendiemos el mundo… El humor
está conmigo, no tengo por qué
escaparme, que venga alguien esta noche”.
Si entendiera el inglés, me sorprendería
aún más cerca del llanto ese llamado
al cielo oscuro que encienden mis tres hijas:
“No llegaron los ángeles, nunca, pero
puedo escuchar su coro, que venga alguien
esta noche, somos jóvenes”. Un amigo
poeta me comenta que la frase
no se aplica a nosotros. Angelina
mueve el arco y el violonchelo llora
porque el momento de máximo brillo
está siempre muy cerca del final.
A esa declaración de los derechos
de chicos que se encienden por instantes
le dicen “diversión”. Pero los que brindamos
pasamos ya la parte que subía
del camino dantesco. La noche que prendimos
se parece a un recuerdo, aunque las sílabas
“nai-ia-ia-aaai”, que estiran el final
de la palabra “noche”, la convierten en vela
intacta, blanca y fría, para después.
No somos jóvenes, nadie va a venir
a buscarnos. La lágrima escondida
en la cara de un padre se transforma
en cera. Las tres van a ascender dentro de poco
a las desdichas de la autonomía
y yo las tapo con algo de silencio
para que no se apague esta noche, “tonight
we are young”, brillen más, préndanse más que el sol.

Convalecencia

Antes del viaje veraniego cae
en el extremo de mi hombro derecho
un puntazo profundo como si alguien
enredase los hilos ignorados
entre el brazo y el pulgar, que ahora
duerme contra la birome y el índice
para escribir de nuevo lo que huye
después de un período recargado
cuando no se veía un final nítido
sino treinta noches interrumpidas
por el dolor. Pero se hizo de día,
volvimos, me tocó una larguísima teoría
de chicas de celeste, que me salvaron
de los cuchillos médicos. Mientras pasan de nuevo
las manos que retuercen y acarician
debo escuchar el kitsch de melodías
pegajosas. Pero hasta esos amores
inverosímiles e hiperbólicos me afectan
levemente. Mi hernia es la señal
de la muerte. Podría despedirme
de cada ser hablante, sus historias, sus tenues
deseos insignificantes, mis oraciones
que percuten en silencio debajo del absurdo
ritmo radial. Ojalá que pusieran
algo en francés al menos, la joven parca
que llora en las callecitas provincianas
de París, deslumbrada por la noche
que centellea de pánico. ¿Qué reflejos
antiguos llegaron hasta su canción bastarda
que habla de autos y latas sobre los adoquines
anteriores a mí y a mi país? Se habrá
despedido de la mejor edad, como la noble
pompeyana que corre bajo la lluvia
de cenizas a buscar a su amante deportivo
y queda calcinada para siempre en sus brazos.

Para olvidar la melaza latina,
que es apenas un poblado suburbio industrial
en los sonares ciegos de tenores mulatos,
me acuerdo del flequillo irregular
de la francesa: “Te esperé cien años
en calles negras, blancas y llegaste
silbando. ¿Es preciso amar la vida o mirarla
hasta que pasa?” La pregunta retórica
no tiene respuesta. Amo todo lo que miro
y mientras lo miro pasa. La agudeza
de aquella voz sigue llorando porque “nada
queda de nuestras noches de fumatas
salvo cenizas de la mañana”. Y el momento
en que se abren mis ojos a un llanto inexplicable
es cuando la muchacha se despide del chico
y sabe que nunca más lo volverá a ver
y que la va a dejar como Orfeo en un subte
subiendo escaleras mecánicas hacia el exterior
y otra vida inaccesible. “En el vagón repleto
de vértigos de vida, en la próxima parada,
bajate ya, europeíto”. Me sorprende de golpe
ese epíteto infrecuente. El tren de su metáfora
simple se transforma en calesita
cuya última vuelta trae fatalidad.
En inconsciente verso raciniano, dice:
“Una vuelta de prueba con la muerte al final”.
Las puertas se cerraron definitivamente
en mi pequeño sueño de fisioterapia
pero salgo silbando, casi dichoso, el frío
de un gel de menta y unas manos sin nombre
escribieron mil días en mi espalda.
Deslumbrada por el sol, mi vida sigue
como si nunca, nunca fuese a terminar.

Orión

Traduzco a un autor cruel consigo mismo
que me enreda en sus frases; y le presto
la microfibra azul de tinta china
a mi hijito de cinco, Galileo,
para poder seguir una hora más. Dibuja
en hojas color crema un auto enorme
con más de diez ventanas, luego unos helicópteros
donde están su familia cercana y otros grupos
de amigos y parientes. Cuando me entrega
los diseños terminados, planos monocromos,
la hoja de abajo aparece acribillada
de puntitos azules. “Son estrellas”, me dice.
Y empieza a unir rayitas, gotas, manchas
infinitesimales que el azar dejó pasar
a través de la textura porosa
de sus papeles de trabajo, de a poco va
formando una figura. “¿Qué dibujás?”, pregunto.
“Uno las estrellas para armar a Orión”, me dice.
Así es, asombrado me fijo en el muñeco
que levanta su brazo hecho de puntos azules
y que exhibe orgulloso un cinturón notable.
“¿Pero quién te dijo que en el cielo está Orión?”
“Eso lo sabe todo el mundo”, contesta.
De pronto la poesía se vuelve adivinanza
o el hallazgo fortuito de unas coincidencias
entre las palabras vivas, un cuerpo que crece,
y lo escrito hace años. Porque alguna vez
le mostré la Vía Láctea, el chorro deslumbrante
de luces en la noche de las sierras,
a un bebé que no hablaba pero alzaba
su dedito índice. Escribí lo que pensé
y lo que nunca dije, que allá arriba
había un gigante y que las tres luces
de su cinto inclinado acá en el sur
tenían nombres de mujeres bíblicas.
Ahora él reconocía mi silencio
y junto a la figura de puntos engrosados
por el flujo de tinta suave y firme
empezó a anotar lo único que sabe
escribir, su nombre en mayúsculas de imprenta:
GALILEO. Guardo la hoja para después,
cuando me tire de nuevo a caminar
sobre el agua imprevista de un poema
y trate de evitar el destino que acecha
en el final de una persecución
inútil. Si alcanzo a demorar la picadura
del escorpión, podré recuperar lo visto
con un nenito alzado mirando el nacimiento
de cada estrella. En la computadora
dejo que cante una contralto, busco
el sentido de su voz, la cacería
puesta en lo alto: “Mi corazón está
en las sierras, no acá, está persiguiendo
a una liebre o a un cuis entre las sierras
adondequiera que vaya”. Con la oda
mística de un compositor estonio
dicha en inglés, despedimos la infancia
porque ahora todo nos habla, Galileo.
“Quedaron atrás las sierras del oeste
donde nació el valor, país del precio
exacto; donde sea que me pierda, donde
me lleven los años, seguiré amando siempre
la sierra en que tu dedo marcó el cielo.
Adiós a las cañadas y los valles,
chau bosquecitos y arbustos silvestres,
rumor de arroyos y vertientes mudas.”
Ahora querés jugar, se acabó la hora
del arte. Querés poner canciones
menos opacas, menos trascendentes. “Mi corazón
está en las sierras persiguiendo a un ciervo”
y no espera la flecha del final
ni el aguijón de los ocho minutos
que dura el tema. “En las montañas altas
adondequiera que voy”; que también vaya
entre capas de olvido junto a vos
el hermoso gigante de los cuentos
que sólo atiende y carga a los que crecen.