Poesía Argentina – Elena Anníbali

Elena Anníbali nació en Oncativo, pcia. de Córdoba, en 1978. Es Licenciada en Letras Modernas, Facultad de Filosofía y Humanidades, U. N. C.
Lleva publicados los siguientes libros: Las madres remotas (2007, Ed. Cartografías de R. Cuarto), tabaco mariposa (2009, Caballo Negro, Córdoba), El tigre (2010, EDUVIM, en la categoría relato); La casa de la niebla (Ediciones del Dock, 2015). En prensa: Curva de remanso (Caballo negro).
Actualmente vive en Córdoba capital y se dedica a la docencia universitaria y a la investigación.

Lesbia o la isla

Una vez que habíamos recogido madera de resaca, hecho un fuego
y colgado nuestro caldero como un firmamento,
la isla se quebró por debajo de nosotros como una ola.’
(The disappearing island– Seamus Heaney)

I

Es posible que jamás encontremos la salida:
Ariadna era frágil y murió hace mucho tiempo,
antes de los satélites y de la pasión de Cristo.
Había dejado un camino de migas de pan,
su cabello, de un rojo violento y occidental,
la leve huella que acabó donde empezaba el Minotauro.

II

Mirábamos al Sur, a veces,
donde Lesbia creía ver naves, peces brillantes,
y otras formas grotescas del espejismo.
Un pájaro enorme de hierro.
Instrumentos para contar el tiempo inasible.
Animales, lenguas y frutas que el oráculo no lograba descifrar.
-Es este sol, Lesbia, y el mar tan infinito y azul-.
Volvíamos a casa, entonces,
a podar las vides que se enroscaban, vivas, en los templos,
como las víboras que, en el Nilo, hacen gemir a las mujeres.

III

Sentados aquí, mirando esta lluvia,
jugamos a los pájaros ciegos
y nos anduvimos el cuerpo con las manos.
El vino parece más dulce,
Y Hestia preside el fuego.
¿Qué hay de vestal en tí, Lesbia,
que se aclara tu frente al invocarla?
¿En qué otra vida paseaste los negros ojos
por estas habitaciones consumidas por el tiempo?

IV

El cielo se ha llenado de presagios.
Aquí abajo las flores maduran en violentos amaneceres
y nos llegan noticias de un Odiseo atado a su mástil,
ciego y sediento.
Bajo la negra nave cruzan sirenas,
un submarino alemán,
y algunos sueños, en donde todo tiene lugar.

(de Las madres remotas, 2007)

Madre

Mi madre, la Esquiva, la Lejana,
la perra blanca con sus tetas de leche,
con sus dulces venas azules agigantándose en la noche de la fiebre,
trepando las paredes para chupar mis sombras,
con su hermoso pico rosa, con todos sus brazos.
Mi madre tiene saudade de las ciudades que ha dejado atrás,
de donde le viene el cabello negro, suoi occhi de guerra.
Viene levantándose desde el poniente,
una Galatea de las esferas, que rueda sobre el mundo,
que lo impregna brevemente de sus perfumes,
y desde entonces, nada existe, sino su raza mezcla de bestia e inglés,
nada, sino sus cacerolas trashumantes, sus estropajos,
las vendas con nuestra sangre que guarda como sudarios.
¿Será ella ese violento olor a almizcle que anuncia la mañana?
¿Dónde se anuncia su heredad en mi cuerpo?
Y a partir de la pregunta aparecen las cicatrices, las alas,
la sal bajo la lengua, ese como olor a humo y a calandria,
y todo el resto, todo, como una triste Barataria de sueños.

(de Las madres remotas, 2007)

en el pavimento

en el pavimento queda
por la tarde
la sangre seca
de las perras en celo

algunos
las agarran del cuello y las hacen morir:
no soportan la libido gloriosa
que alborota los machos
los mechones de pelo en las puertas de alambre
el olor rijoso del orín
en los carteles de las tiendas

las perras son dóciles al entrar
en las bolsas de nylon
obedecen y se pliegan al tamaño
enarcan los huesos
se acomodan a la muerte
al silencio

conozco esa mansedumbre de haberla ejercido

basta tocar la marca roja en el cuello
para evocar soga y dueño
pero yo mordí la mano
y ahora tengo esta libertad
grande
en que me asfixio

(de tabaco mariposa, 2009)

hiroshima

paul w. tibbets pensó en lo innumerable que se volvería agosto
si lo dejaba crecer
desarrollarse
soportar el vapor inusual de los damascos
los graves gestos de los transportadores de agua
el rojo muy rojo de las frutillas de la isla de honshu

paul w. tibbets concluía
si una mariposa bate las alas
en el renegrido pelo de una mujer japonesa
puede que mañana caigan dos o tres imperios
y acariciaba los perros de uranio

los insectos dorados de ácido se dejaban caer en el ozono
los partos de esa mañana se atrasaban por las sirenas
a las 8.05
y el mundo que iba apareciendo entre las sombras
murmuraba la oración de la mañana
y cada vez más rápido algo respiraba dentro del estómago del enola gay
algo que era un dragón de mil cabezas y una
agitándose multiplicándose
ahogándose muy dentro de sí
asfixiado de fuego

entonces algo remoto
ocurría en un extremo de la isla
un pájaro sacudiendo el plumaje brillante
sobre el hondo silencio
porque volvía a despuntar la raíz del tiempo
y a las 8.10 wong nacía
wong que era pálido y tenía dos manos
y lloraba de veras sobre la cama de hospital
y había un festejo de su madre con dos pechos de leche
luego los cereales giraban con el viento
bailaban esa danza última con las nubes y la tierra
algo de girasol y azucena teñían los jardines
a pesar de la sangre y los desperdicios
de los soldados americanos que morían con una muerte japonesa
porque en la muerte todos cerraban los ojos de la misma manera
y algo llegaba al borde de su gestación
little boy naciendo como wong
aunque del otro lado de wong
la parte negra de la vida
la que caía a las 8.15
la que formaba la rosa negra de los tiempos
la que arrasaba con el aire a través del aire
la enorme lágrima
en rosa en negro en rosa
hiroshima muriendo
hiroshima grave oscura aullando al cielo

(de tabaco mariposa, 2009)

VI

muchas veces fuimos pobres
no había dinero para ropa o música, pero
el taladro magnífico de dios
caía contra la mañana

las palomas se desbandaban
como si vieran
la comadreja o el halcón

un pedazo de mí entraba en la amargura
como en el pozo del molino
donde la serpiente infectaba
el agua de beber

yo tenía pocos años y ya era
rigurosamente anciana

sabía que el altísimo podía aplastarme la cabeza
enfermar nuestras ovejas
quitarnos el verano, la poca dicha

pero igual miraba siempre para arriba
y bajito decía
que sí, señor, venga a mí la destrucción
lo que deba venir
soy tu surco, señor,
soy tu surco


(de La casa de la niebla, 2015)

la mosca entró en el ojo de mi padre, comió
todo el esplendor
la luz

donde antes había un hombre de 86 kilos arando el campo
ahora hay un trapito

si lo arrojás al viento, vuela
y es
una semilla de la rabia
largando sus uvas amargas
sus tristes uvas para el hambre
del diablo

llevo su sangre en mi sangre

perdónenme

(de La casa de la niebla, 2015)

Se deshace, en agua, la niebla

¿así, mi palabra?
¿así la boca desdentada
la antigua boca oscura
hacia donde toda lumbre de mí
apunta?

lumbre, ramita prendida,
palito de estrella
para el río hormigueante
de la noche?

¿te alcanzó el cuerpo, el grito,
los faros del auto,
el conocimiento de la sangre y los caminos
para entrar a la cueva y decir
Aquí el hombre
Aquí la mano del hombre
Aquí el desespero de ver?

¿entraste?

chiquito, agachado, siendo
de a ratos
mono ángel lagarto

pero
entraste?

te esperaban tus muertos
tu Eurídice
los carteles equívocos
el seco parloteo de tus sueños?

tus sueños
con su encendida serpiente
con las ruinas del dios de tus ideas
el pasto quemado, la leche
del tiempo derramado
en el azul del azul?

pero
entraste?

como si nada, empuñando
por toda llave la niebla
la ceguera, corrompido porque
el habla precede al habla en la mentira
el engaño?

qué ha sido la poesía sino
una larga pregunta, desgarro?

nacemos a ella como la húmeda cría para las hambres
del tigre

insignificancias, rastros de un grito viejo,
eco de las luces que emanan
los pantanos

¿y qué viste allí, más
que el contorno del cuerpo
viniendo de la noche
a la noche?

cuerpo solito, imperfección
de la imagen
gólem

no se puede abrir una puerta

no se puede abrir una ventana
sin pagar el precio

(de Curva de remanso, en prensa)

-poP