Poesía Argentina – Mariano Acosta


Mariano Acosta nació en Rosario en 1973. Tiene publicado “Trilogía de agua y un cielo para Andrei Rubliev” y “Trayectos del este”. Es Doctor en humanidades por la UNR. El tema de la memoria y la relación con el paisaje del río Paraná parece una constante, junto con sus pájaros posados en la flora o en vuelo, como una experiencia que se extiende hacia un pasado donde la infancia se disemina trantando de evitar el vacío. La poesía de Acosta recupera episodios que, centrados en un instante, constituyen una voz que va observando el agua, la orilla y la tierra para permanecer inmóvil frente a las preguntas de la infancia.

 

de Epígrafes (inédito)

14

Los plumeritos cruzaban la alambrada

que interrumpía el horizonte y se iban
junto con el aroma del laurel de jardín
llevando las palabras donde había empeñado
la fuerza de mi acento en el deseo
que, abstraído en la roja inercia del aroma,
ahí también se perdía.

Habré pedido azúcar, una tarde
en que aparecieran las langostas amarillas
para ser capturadas al unísono de gritos infantiles,
habré pedido ver el reflejo de mi rostro en el agua
oscura, inamovible, en el profundo pozo
que devolvía siempre la terrible forma de un contorno
cuando yo le ofrendaba mi imagen
o acaso ya esperaba se aplazaran las muertes
que mi silencio entonces presentía.

De un lado yo, sin saber que para esas cosas
existían las lágrimas,
mirando.

Del otro lado, ellos que volaban.

31

Allá verdeando el trigo
acá duermen los perros,
un hueco donde oculto mi espesor
para que no me alcance
un país de noche y de quejidos.

Soporto las caricias, los muñones
de la sombría estirpe que deserta
para no arremeter, para evitar
la patria.

Soplo de polvo en el revuelco iba
en las esperas que anunciaba la tierra
para no armar vacío a cada piel que muere.

No dejar huellas en espesor de barro.

Hipnotizado contra el tiempo andaba
y en su feroz derrota me tendía
coyunda que ata al cieno
bozal del vocablo que mendigo
para decir la siesta.

Cuerpo que ya no encuentro
voz sonando
vuelvo desde el pasado a mi casa que acecha.

35

Soy la resonancia de voces que se pierden mientras sigo
después de aquel agosto
las formas peculiares de los verbos
que alardearon de los canteros, de las dalias.
La fecunda tierra que narraban
me acompaña aún en los oidos
como si fuera el derramarse de la gracia
para cuya eternidad se inventó un dios.

¿Quién, contemplando las estrellas,
imaginó que más allá de la implacable combinación de letras
que al mundo confunde y la muerte recuerda
existía una forma de amor fuera del tiempo?

No hay palabras duraderas para nombrar la equivalencia
entre la eternidad y el fresno y no puedo consolarme en el saber
que si mueren conmigo mis recuerdos
acaso ya no sean verdaderos.

36

Tuvieron que hacer del cielo el país de los muertos
y hablar para contarlos, pero no frente a las órbitas extintas
de unos ojos, sino ante el orbitar del astro
habitando las oscuras honduras sin temer a este mundo
que de todo prescinde y todo va borrando.

Y así fue que ordenaron las estrellas para poder dejarlos, a ellos,
los amados, y ahí volver a encontrarlos con suaves sonidos que tejían
historias que ordenaban la unión de lo disperso:
el Puñal, la Cruz
la lanza de Orión, su infatigable escudo,
la Osa.

Un mapa para que la palabra
llegara hasta la muerte.

de Memoria (inédito)

6


¿Dónde quedaron los Urales que separaron
la magia de la culpa, de la regla
en ese límite en que Drácula advertía
el rojo del Oriente?

Nada quedó de la promesa
más allá de las escarpadas siluetas de los Cárpatos,
que hacía de las asfixiantes planicies de mi infancia
el reino insular de maravillas
por el que hubiese sido capaz de perecer
bajo las fauces de un hombre sin reflejo.

El olor ventral de la aceitera, el silo,
los tanques de petróleo y la llama
que venteaba los gases de la fábrica
fueron los presagios del futuro.
Ejércitos en tierra ahogada de comercio,
la maldición de Helena.

destructora de hombres, destructora de ciudades

Los Urales cedieron su espacio en la memoria
a márgenes de barranca y río;
límite en la tarde a mi paso que termina.
Agonía de saber un sol que desde el Este
no traerá recuerdos de otro mundo.

Poesía Argentina / Buenos Aires Poetry