Jorge Contreras Herrera – Poeta (N. Valdivia. Chile en 1948)

Jorge Contreras Herrera (N. Valdivia. Chile en 1948), como su nombre lo indica, una aproximación brevísima,  al más complejo texto del autor a juicio de su prologador (R. Mendoza) y de sus presentadores ocasionales (Sergio Mansilla, Clemente Riedemann, Arco Iris de Poesía, Puerto Montt, enero de 1993),  aunque quizás por lo mismo, el más vital y humano de cuantos ha publicado.

Cumplo además con informar que esta aproximación pretende ser de índole general, a modo de una visión paisajística, y que además se basa en la percepción subjetiva del contexto más que en el análisis científico de cada uno de sus versos como textos independientes. Me interesa demostrar con ello la doble cualidad creyente y militante del autor, el hondor metafísico que lo conmociona y la resistencia heroica con que se enmarca,  a riesgo de ser desconocido (en esa cualidad), y por lo tanto no aceptado.

Hechas estas aclaraciones, partiré diciendo que concuerdo plenamente con las apreciaciones de Ricardo Mendoza en cuanto afirma que Torres “elude, en sus poemas, el estrecho pasillo de la claridad y armonía convencionales”, en un intento de “no ofrecerse como comunicación definida ni cerrada”. No creo, eso si, que ello se deba al “temor de verse suplantado por el lenguaje”. Todo lo contrario. Difícilmente haya otro poeta de esta generación que le huya menos al lenguaje que Torres; más bien veo al autor buscando deliberadamente el lenguaje para ocultarse a sí mismo, para ocultar su condición última de hombre mortal y temeroso de un poder más grande que el de sus propias palabras y que hasta aquí había sistemáticamente negado en sus anteriores textos.

En este caso, por lo tanto, si se hace cierto en Contreras Herrera que el acto del lenguaje es una “faena de encubrimiento”, aunque lo es en cuanto a “construcción de un misterio al que sólo accederemos por el exigente oficio de la lectura”. Y ése es verdaderamente el punto, la lectura en sí misma es y debe ser un oficio ejecutado con rigurosidad, casi compulsivamente.

Es cierto -y posible por lo tanto- que el poesía no ha recurrido al “encantamiento” para crear sus textos, la misma naturaleza de la materia tratada impidió, tal vez, darle esa cierta luminosidad, ese desprejuiciamiento habitual en él, esa ironía finísima y mordaz.

 Ha abandonado la ironía para ascender/ o descender/ a los hondos pozos de la ternura. Para ascender /o descender/ a Dios, a quien ha tenido y amado en un secreto secretísimo, casi.

Pero iniciemos el texto:


Lo primero de lo cual nos percatamos es, evidentemente, acerca de la presencia activa de Dios en el poema. El Dios bíblico, occidental, el que todos conocemos, y no a manera de elemento ornamental sino como activo participante en la obra de Torres. Ha quedado fuera la ironía y se produce una apertura del autor a la influencia que éste ejerza sobre él, sensibilizado a lo mejor por la angustia, por el dolor, aunque no por el miedo, amalgamando su discurso con el residuo de sus anteriores experiencias y las voces que ahora lo asaltan para confluir en una voz única, mucho más profunda, mucho más afinada y por lo tanto más penetrante.

Un Dios que no surge del miedo del poeta, ya lo dijimos, y que por lo tanto, hace absolutamente diferente el encuentro, no presagiado o enmarcado desde antes, no encuadrado por caminos hollados, un camino contestatario casi, en el cual se devela la inferioridad pero no se la acepta,  nuevo Jacob luchando con el Ángel en Betel, en que da cuenta cabal de las dudas,  sabedor de encontrar una respuesta afectiva y no simbólica.

Ya en el primer texto, “Parábola del que no se ciñó los lomos…”, como un obrero da cuenta de su trabajo, solicita a Dios que lo apruebe, que lo examine, “acrisola mis entrañas y mi corazón” le dice, y ello porque necesita confesar, por transposición apenas, que a partir de hoy y de ahora es su discípulo y que lo que él diga como hablante lo hace en representación del “otro”, el más importante.

 Todo ello reforzado por el uso aumentativo del adverbio de lugar “mismísimo”, que con distintas significaciones nos da cuenta que es en “ese lugar” -las entrañas del hablante- donde se ha situado Dios a escudriñar lo que hay en él, poeta él, el mismísimo. Lenguaje que por el otro lado nos acerca a Gonzalo Rojas, el gran buceador de nuestro idioma que, como ya ha dicho acertadamente el cura Valente, “viene expresando ciertas intuiciones fundamentales con una secreta tensión verbal…”, buscando con ello las ocultas significaciones, las posibilidades presentidas, exigiendo la entrega total de su hondura y profundidad.

La presencia de Dios no termina en este primer texto, es evidente. Luego de una breve descripción de su vida anterior el poeta se adentra derechamente al encuentro de la muerte,  a la que observa como un fotógrafo mientras ella se pasea entre curas y doctores y, aun más, la desafía a que cumpla su oficio,  la desacraliza, la invita a despojarse de sus abalorios, le niega la solemnidad de la angustia, se rebela contra el “señorío” que a ésta le ha sido dado.

Y puede rebelarse, claro, porque su posición ha cambiado: es amigo del más poderoso y sabe que le ha sido dado escoger incluso dentro del dolor, aunque su amistad le sea peligrosa al grado de dejarlo manco, de dejarlo bizco, esto es al grado de limitar su capacidad de castrar sus derechos, de imposibilitar su desarrollo. Ello no ocurre en Torres,  felizmente. Al contrario, dicha sublimación del dolor lo torna casi transparente en sus percepciones, ilimitado en sus posibilidades y reconocimientos como en el poema “Tenuidad de su hablar”, en que capta la voz de él en el espacio íntimo que se produce en el alargamiento-acortamiento de una silaba o entre dos latidos del corazón.

¿Qué es “Continicio”,  “Según mandan” y “Paracleto a cuesta y todo”, sino un logrado ocultamiento de lo ya declarado, de lo que por timidez -por sobranza de vida- en otro tiempo fue incapaz de reconocer y aceptar?

Hago con ello un leve descubrimiento: Jorge Contreras Herrera, poeta de Dios, es además, el poeta de la timidez extrema y alevosa. De tal grado que ha conseguido ocultársenos largamente, enmascarado en una mordaz ironía, en una fama de gruñón y misántropo, de quisquilloso contumaz,  a quien todos alguna vez hemos temido.

Y a su pesar, seguramente, porque creatura de Dios al fin y al cabo, éste lo ha trascendido, ha lubrificado las cerraduras que se le oponían, se ha adentrado en él, en sus entrañas mismas, justo en el momento en que quienes le aman están dispuestos a aceptar su renacida capacidad de amor y de entrega.

Le falta,  seguramente,  doblegar la última defensa, que se acepte a sí mismo necesitado del amor y del estimulo humano para que su ciclo se complete.

En la tercera parte de Poemas Renales, reconociendo la ilimitada capacidad de ternura, el hablante se torna hombre nuevamente y nos habla sincrónicamente desde ese pedestal, asumiendo la calidad de hijo,  hermano,  padre, esposo, amante o amigo, con levísimas aseveraciones que apenas personalizan sus sentimientos, con un mínimo de elementos y referencias,  lo que por antonomasia no hace sino reforzar la cualidad que esconde y confirma lo ya aseverado respecto de la “timidez total” que lo invade, de timidez renal, de timidez como un universo no vencido.

A quien le ha dado la vida,  el padre, y a quien le ha devuelto la vida, el hermano, apenas dos avergonzadas líneas. Una, reclamando el abandono, la otra reconociendo la permanencia en la unidad; a sus mujeres, el débil reclamo para que no lo lloren; a la muerte,  la exigencia de una cierta parsimonia, de una cierta formalidad y decoro,  como para que no se note su presencia, tal vez.

Todo ello con el acento de un nuevo Job por lo llagado, no por lo retórico, un Job que ha de seguir rascándose con una teja mientras a su alrededor la gente nace, se casa y se descasa,  se enfiesta y sin darse cuenta muere.