Ruta Dos – de Daniel Calabrese (prólogo de Raúl Zurita)

PALABRAS PARA RUTA DOS

Por Raúl Zurita

Límpidos, heridos y a menudo maestros, desplegados en una de las secuencias más notables de la poesía de hoy, los poemas de Ruta Dos de Daniel Calabrese son, antes que nada, un triunfo de la poesía entendida como un arte no de las palabras sino de lo que nunca han podido decirnos las palabras.
Este libro va trazando un itinerario que es a la vez geográfico y mental, biográfico y metafísico, para alzarse en última instancia como una gran metáfora de la vida, del viaje y, por ende, del extravío.
Inspirado en un paisaje concreto, lo atraviesa una extraña religiosidad, una suerte de nostalgia de un lugar inexistente y de un tiempo al que ya no se regresará nunca, como nunca uno se baña dos veces en el mismo río. Esa radical imposibilidad está en el origen común de la utopía, del sueño y de la desgracia.
Con un lenguaje contenido, preciso, de una belleza que jamás cede al alarde, como las corrientes de esos grandes estuarios que por su enorme caudal apenas parecen moverse, pero que pueden arrasar con todo cuando se intenta detenerlos, Ruta dos confirma que la obra de Daniel Calabrese se cuenta entre las más rotundas y sobresalientes. Junto con otras cumbres, es una ratificación de la potencia y originalidad de la poesía latinoamericana actual, de su impresionante capacidad de renovación, de su magistralidad dolorosa e imponente.

LA ENFERMEDAD

Después de respirar, como lo hiciera Dostoievski,
en la humedad silenciosa
de esos cuartos mal iluminados,
se ponía a caminar sin sentido
por las calles imprecisas.

Caminaba igual que la sombra de Cortázar,
con su tranco voluminoso y aletargado,
y mientras lo hacía
silbaba aquella melodía de Mendelssohn
que tanto usó la resistencia como santo y seña
entre las calles del nazismo.

Después recalaba en algún bar
y detrás de una taza humeante
metía su cabeza entre las manos, como Kafka,
hasta que la hora lo invadía.

Entonces, iniciaba el retorno
hacia la cama con un libro
y ya no tenía ganas de levantarse
por un buen tiempo,
eso que solía hacer Proust.

Al final terminaba como todos ellos:
abrumado por la vida sencilla.

LA NOCHE EN UN BERGÈRE

Ausente del diluvio de voces
que llega
por la espalda,
de cara a los golpes del viento en los vidrios
que reportan la presencia de un mundo frontal,
viajo sentado en esta pesada butaca,
arrastrando la porfía del corazón
por toda la sala.

Encerrado en mí mismo,
como en un vientre mitológico,
soy el viajero de una raza antigua
en la categoría de los vagabundos.

Se pudren los recuerdos, se hastían,
se escapan de la foto.

Pero con falsa torpeza me rodean,
me piden y me piden que sueñe,
que finalmente no me vaya
que no mienta
que no me quede solo con un arma cargada.

SLOW

Una vela está encendida
desde la hora en que salió
la luna llena: 21:27.

Me propuse
una escritura en tiempo real
con libreta, bolígrafo y esos textos
que se van estancando como en una represa.

Pero en la oscuridad,
un golpe se acerca
dos milímetros por día
hacia mi cabeza

CERCA DEL PUERTO

Pasan los camiones.
Se llega a mezclar el humo del gasoil quemado
con la llovizna fresca de la costa.

No hay poemas perfectos
como el sol, como la sombra.

Y menos que hablen de lugares
cercanos a este puerto donde hace frío,
donde se apilan contenedores blindados
para la gente inestable y para las ratas.

Pasan las dos mitades de un perro.
La primera lleva una cabeza normal, asustada,
la otra se disipa entre la niebla y la sarna.
En la estación lo bañaron con parafina,
seguro que fue el tuerto que limpia los vidrios,
quizás le regaló un pedazo de pan
y le ordenó: ¡basta de morderte!

Que no se turbe el sueño de Pound.
Si los clásicos ya tuvieron épocas
de mayor circulación en América,
al menos aquí, cerca del puerto,
entre la maquinaria envenenada
por la mierda de las gaviotas
(donde pasan las mitades de un perro
esquivando esos camiones de carga),
ya nadie hace las cosas perfectas
como el sol, como la sombra.

EL SUEÑO DEL TIPO QUE SOÑABA
CON BORGES

La ruta parece un río de Tesalia,
pensó, parado sobre el puente viejo.
Pero no el auténtico sino
el que Borges soñó en «El inmortal».

El asfalto pasaba lento y arrastraba
un ruidoso tractor y un grupo de casas migratorias
con velas de barcos y cazadores
que, adentro de un sueño rojo,
parecían imágenes recortadas de la noche.

Sea como fuere,
cuando ese tipo sobre el puente mira la Ruta Dos
y sueña con un río de Tesalia
se vuelve inmortal.
Y ese inmortal, uno de tantos,
decide libremente soñar que es Borges.

DE NUEVO HABLAN LOS ÁRBOLES

Saben que los entiendo.
Estaban reunidos en un costado del campo
y al andar
les pisoteamos la sombra.

Ellos hablan bastante claro.
Lo pude averiguar cuando cortaron
uno junto a mi ventana.
Amenazó, antes de caer,
que cuando enterraran al leñador
uno de los suyos llegaría por debajo
para extraer toda la humedad de su tumba.

Saben que los entiendo,
por eso se callan cuando pasamos.
No hablan como Hölderlin,
ni siquiera como Blake, quizás
su voz se parece más a la de Apollinaire:
aprendieron algunas canciones campesinas
en el medio de un silencio agujereado
por las avispas.

Hay que oírlos cuando se acerca el fuego:
es como el antiguo canto
de los esclavos en los campos de algodón.
Aquel mismo leñador bebió el jugo
que chorreaba de la corteza, aquella vez,
y dijo asegurar con eso
la salud para todo el invierno.

Extraído de Daniel CALABRESE, Ruta Dos. Visor Libros, Madrid, 2017.