Gabriel Chávez Casazola: “Somos lo que recordamos y, por eso, recordar es ser” – Por Morgan Harden

 

Un día del pasado mes de abril mi alumna Morgan Harden defendió con éxito, en Kenyon College, su tesis de honor en literaturas hispánicas “Entre los dos cielos: Estudio y traducción de la obra poética de Gabriel Chávez Casazola”. El trabajo incluye un riguroso ensayo sobre la hibridez, la transculturación y la apropiación en la poesía del boliviano; unas agudas notas sobre la traducción descolonizadora que sirve como poética; y la precisa y creativa versión en inglés de la fundamental antología del autor Cámara de niebla. También es parte del trabajo de Harden esta entrevista, que entre otras cosas muestra el generoso apoyo que Chávez Casazola dio a una estudiante, que si se lo propone puede ser pronto una brillante traductora de nuestra poesía.


Víctor Rodríguez Núñez

¿Cuándo y cómo empezó a escribir poesía? ¿Qué le motiva a continuar escribiendo?


Crecí en un vieja casona llena de libros, muchos de ellos de poesía, en la antigua capital de Bolivia, Sucre; una ciudad que entonces, hace 40 años, era tradicional, recoleta y pequeña, propicia a la vida interior. Soy hijo único y mis hermanos y mejores amigos fueron los libros, que me acompañaban en el gran huerto familiar, que era mi paraíso privado y es hoy mi paraíso perdido.
De niño leía novelas de aventuras y lo que llamaban clásicos juveniles: Verne, Stevenson, Dumas, Melville, London, Twain, Dickens, Swift, Salgari, Defoe… La poesía vendría más tarde, pero recuerdo que ya entonces mi abuela Tula recitaba o decía de memoria varios versos, que yo retenía por su musicalidad.
Además, en las vacaciones de verano y de invierno llegaba a casa la hermana menor de mi madre, Matilde Casazola (1943), que es una de las poetas más importantes de mi país y la compositora boliviana más destacada en la actualidad, que ha llevado la música popular hacia la llamada “canción poética”. Ella ensayaba largamente en la guitarra las canciones que había compuesto o las que preparaba para sus recitales y yo la miraba y escuchaba, extasiado. De esas canciones, muchas eran musicalizaciones de sus propios poemas o de los de otros poetas. Aún quedan en mi memoria sus versiones (y los versos) de “Mascarón de proa” de Pablo Neruda, “Aire de nocturno” de Federico García Lorca y “Verano” e “Idilio muerto” de César Vallejo, así como una conocida canción suya, cuya letra yo sentía que dialogaba conmigo (ella misma lo confirmó hace poco), titulada “El cuento del mundo”.
Sucede que mi familia materna es un linaje de artistas y escritores, públicos o de la “poesía secreta”; por eso, supongo que fue casi natural que, más temprano que tarde, a mis 16 ó 17 años, echara mano de los libros de poesía de la biblioteca y comenzara a escribir casi espontáneamente, primero poemas de corte místico, pues descubrí a Dios en la adolescencia, en una crisis sobre el sentido de la vida y la realidad de la muerte; y más tarde, como suele ocurrir, poesía de amor y desamor.
Por entonces gané un concurso de poesía y ya en la etapa universitaria –tras haber leído a Jorge Luis Borges, Óscar Cerruto, Eduardo Mitre (estos dos últimos de Bolivia) y otros poetas que me influyeron, entre ellos los estadounidenses Walt Whitman y Emily Dickinson– empecé a trabajar la poesía con mayor seriedad y asiduidad. Comenzaron a publicarse mis textos en los escasos suplementos de literatura que existían en la prensa boliviana, pero que eran más numerosos que los actuales. Así, hasta que en 1999 publiqué mi primer libro de poesía, que considero de aprendizaje, y me embarqué en este sendero hasta llegar a donde me encuentro ahora, feliz de escribir poesía y desafiado a hacerla cada día con mayor pasión, dejándome llevar por el mundo y dejando caer, a mi paso, unas palabras que apenas esperan tocar, conmover, a mis lectores.

¿Hay algunos temas que se mantienen a través de sus libros?


Es difícil hacer vivisección del estilo propio. Sin embargo, a partir de lo que he podido recoger de los críticos y poetas que la han comentado, mi poesía suele ser definida como una “poesía de la memoria” o “poesía de la emoción”.
Aunque no busco deliberadamente hacer una “poesía de la memoria”, tal vez ella sucede –me sucede– en la medida en que escribo porque hay olvido, porque hay dolor y porque hay muerte. Pero también, y este es su maravilloso reverso, porque escribo para reafirmar que hay vida, sentido y belleza. Y al escribir, certifico que existe la memoria que da cuenta de lo uno y de lo otro, de la luz y de la sombra que habitan dentro nuestro y entre las cuales habitamos cual nuevas eurídices.
Me obsesiona pensar en que si una diminuta vena se rompe en nuestro cerebro y perdemos la memoria, dejamos de ser quienes somos. La memoria nos constituye como personas, nos otorga historia personal, pasado; en suma, identidad. Somos lo que recordamos y, por eso, recordar es ser. Olvidar es una forma de morir, y muchos poderes en el mundo quieren que olvidemos. La poesía, como una forma de resistencia de lo humano, nos ayuda a recordar y, por tanto, a ser.
En cuanto a la definición de mi poesía como “poesía de la emoción”, asumo que nace de la sensación que provocan mis poemas al leerlos. La gente que los lee (o escucha) suele decirme que queda emocionada, conmovida por mis poemas, en especial por los más extensos. Tampoco persigo crear esta sensación de manera intencional, pero me interesa mucho que la poesía puede ser relevante para sus lectores, no un mero juego de palabras, un artificio del lenguaje. No me atrae ese tipo de poesía, ni aquella que es fría, demasiado cerebral e incapaz de conmover. En mi criterio, toda obra de arte, todo poema, deben transformar, así sea un poquito, a la persona que los recibe. Si después de leer un libro mío las personas siguen siendo las mismas, podría decir que estoy fracasando como poeta.
En cuanto a los temas, mi poesía aborda a menudo aquellos que podríamos llamar trascendentales –el bien, el mal, el sentido (o falta de sentido) de la existencia, la razón de ser de la felicidad y del dolor, la razón (o sinrazón) de que estemos en el mundo, etc.- pero busca hacerlo de manera sencilla, cotidiana, poniendo a Dios “entre los pucheros”, como decía Teresa de Ávila, y al mismo tiempo elevando los pucheros hasta Dios.
Encuentro –y otros han encontrado– dos niveles de lectura en mis poemas. Uno más intelectual, para quienes tienen ciertas lecturas y pueden hallar sentido a determinados guiños o referencias que hago a los libros, la historia o el cine (que está muy presente en mi trabajo poético); y otro más horizontal, que puede pasar por alto estas referencias (trato de que no sean un estorbo, pues nacen de manera natural) y se dirige al hueso emocional de los textos.

Para usted, ¿cuál es el elemento más importante en un poema?


En un poema contenido y forma son una misma cosa, inseparables. El cómo se dice es prácticamente inherente al qué se dice (y viceversa). Cada contenido pide su propia forma. El significado de la poesía es líquido y toma la forma de su continente, el lenguaje, que es a su vez como una arcilla que ese líquido moldea mientras fluye.

¿Cómo es la experiencia de leer un poema, como poeta? ¿Qué busca y qué le interesa?


Busco revelaciones en la poesía (y en el arte). Espero que el poema que leo me permita contemplar algún aspecto de la vida de otra manera, pensarlo o abordarlo de un modo distinto a como lo hacía antes de leerlo. Para que esto ocurra, a un poema le pido belleza y verdad. Una belleza que no se mide con un canon, sino que se siente en el corazón, en el cerebro, en el estómago. Y una verdad que no tiene que ver con parámetros éticos o religiosos heterónimos, sino con la propia lógica de la poesía, que para ser ella misma requiere que el poeta sea descarnadamente honesto y su mirada no tenga filtros; que se exponga a quemarse la retina con la verdad del mundo, que acaso sea la suma de todos sus errores.

Su poesía revela un conocimiento vasto de literaturas y culturas diferentes. ¿Cómo confluyen tantas influencias?


Vivo en un país etiquetado como pobre y mediterráneo, enclavado entre las montañas andinas y la selva amazónica en el corazón de Sud América, mal integrado con sus vecinos y entre sus propias regiones, que parece mirar con timidez y cierto recelo al resto del mundo, mas sin embargo es un país muy generoso en humanidad –aquí todavía gozamos de cierta calidad y calidez de vida, de una vida más natural y familiar que en otros lugares se ha perdido- y muy rico en recurso naturales y en diversidad cultural.
Somos hijos híbridos de distintas culturas: todas las que vinieron con la sangre española y las culturas originarias de América, más las que hemos recibido por la educación y por la exposición a los mass media. Eso nos ha enriquecido y debería haber ampliado nuestros horizontes. En mi caso claramente lo ha hecho. He crecido bebiendo de la cultura occidental, me he aproximado con curiosidad y respeto a otras culturas, originarias de América o remotas, y profeso el mismo respeto al pensamiento de un filósofo presocrático, a un poema norteamericano del siglo XIX y a una buena película contemporánea. Soy ecléctico y me siento al mismo tiempo judío y cristiano, griego y romano, godo y castellano, vasco y andaluz, mestizo americano y guaraní, hijo de Hollywood y de Silicon Valley.
Esa mistura soy yo, esa confluencia, esos profundos ríos que convergen en mi sangre, en mi ADN, y también lo que yo he abrevado por mi cuenta, leyéndolo, mirándolo, escuchándolo, existiéndolo.

¿De dónde saca la inspiración para escribir un poema? ¿Los poemas vienen de su experiencia personal?


La idea de un poema –ese destello, ese rapto– sobreviene en cualquier momento. Puedo estar caminando, conduciendo, leyendo, viendo una película, escuchando música o simplemente mirando los árboles y el cielo. Me ocurre incluso en medio de reuniones de trabajo. Ese momento, si es posible, tomo nota de la idea o del verso que serán el germen del poema. Si no, trato de retenerlos en la memoria. Más tarde (y este “más tarde” puede suponer horas, días, semanas o hasta meses), en cuanto puedo sentarme con serenidad frente a la computadora, comienzo a desarrollar aquel germen.
Esto no excluye que, a veces, un poema me sea dado de manera total; es decir, que lo visualice por completo, como si me hubiera sido revelado, y lo transcriba luego. Esto también me sucede en el sueño; en ocasiones despierto con el poema ya formado o en avanzado proceso de estarlo.
Los viajes son, asimismo, una ocasión en que me ocurren muchos raptos creativos, en que recibo numerosas suscitaciones de poemas, pero ahora que lo digo, también me pasa en la vida ordinaria. Muchas ocasiones un poema me ha nacido leyendo las noticias del día en el móvil.

¿Cómo es normalmente el proceso de editar? ¿Cómo sabe que un poema está terminado?


Acabo de referir cómo escribo un poema. Habitualmente se queda varios días, semanas o hasta meses sin ser revisado. En determinado momento, al menos una vez al año, destino varios días al trabajo para revisar los poemas de la última etapa. Algunos reciben pequeñas correcciones, que pueden tenerme vacilando días enteros: ¿una coma? ¿un espacio? Otros demandan casi una reescritura, una reelaboración de la idea original, que sin embargo puede ser rápida. Y hay algunos poemas que nacen terminados.
¿Cómo lo sé? Es intuitivo. Uno se percata de que contenido y forma se han encontrado mutua y equilibradamente; de que poniendo o quitando una palabra o un signo, ese equilibrio se romperá y, por tanto, el poema está, al parecer terminado. Esto no quiere decir, por cierto, que tiempo más tarde uno no regrese a ese poema y esa percepción cambie.
Ocurre que no creo que exista el poema terminado, pues sería un poema perfecto, un texto acabado, y ya Borges escribió que la noción de texto definitivo corresponde a la religión o al cansancio. Sí creo que hay poemas que rozan la perfección, aunque la concepción de ésta sea relativa a una cultura, a una época, a una subjetividad o a varias subjetividades.
Pienso que los poemas que más se acercan a la perfección son aquellos que nacen redondos, como dictados por una voz trascendente, listos para ser transcritos por la voz del poeta, apenas un secretario –uno que guarda los secretos– de algo misterioso y arcano. Porque ¿qué otra caso, al fin y al cabo, es la poesía, sino la transcripción, más o menos fiel, de un arcano?

¿Qué poetas han sido más influyentes en su carrera? ¿Por qué?


Encuentro varios niveles de influencia en mi concepción y escritura de la poesía. En un sustrato más profundo y menos consciente está la formación literaria de la que me nutrí en el hogar familiar, que ya he mencionado, donde tuvieron presencia relevante nombres como los españoles García Lorca, Hernández, los hermanos Machado y los americanos Nervo, Vallejo y Neruda, entre otros.
Más tarde, ya en una búsqueda propia, tropecé con Borges y mis compatriota Oscar Cerruto y Eduardo Mitre, cuya manera de entender la poesía fue decisiva en una primera etapa de mi escritura y seguramente sigue siendo constitutiva del poeta que ahora soy. Con Borges comprendí que la poesía es una Ítaca a la que siempre estamos retornando, pero una Ítaca “verde y humilde”, “de verde eternidad, no de prodigios”, y que con ella es posible “convertir el ultraje de los años/ en una música, un rumor y un símbolo”. Con Cerruto, el poder que tiene la poesía de transfigurar todo lo que toca, incluso lo doloroso o terrible, en una fuente de belleza y de reflexión espiritual. Con Mitre, lo propio, pero con esa transfiguración operando sobre las pequeñas cosas de la vida cotidiana, incluso sobre los objetos y los elementos inanimados del cosmos.
Han sido luego varios los autores con cuya visión de la poesía me he identificado más o menos puntualmente durante mi proceso de maduración como poeta. Pienso en una etapa de la escritura de Juan Gelman; en el Enrqie Lihn de Diario de muerte; en Gonzalo Rojas, por su vitalismo caudaloso; en Ernesto Cardenal, por su búsqueda de Dios y de los hombres a través de la poesía; en Mario Benedetti, por su comprensión cotidiana y coloquial del poema; en Cortázar, que aun habiendo escrito poca poesía supo irradiarla y mostrar que debe haber coherencia entre la vida y la escritura; o en José María Álvarez, con cuyo “culturalismo vivencial” mi poesía encuentra algunas afinidades.
Sin embargo, pienso que la visión de la poesía que más ha influido en la etapa ya determinante de mi escritura es la del mexicano Marco Antonio Campos; visión que está cifrada con contundencia en uno de sus más bellos poemas:

Los poetas modernos

¿Y qué quedó de las experimentaciones,
del “gran estreno de la modernidad”,
del “enfrentamiento con la página en blanco”,
de la rítmica pirueta y del
contrángulo de la palabra,
de ultraístas y pájaros concretos,
de surrealizantes con sueños de
náufrago en vez de tierra firme,
cuántos versos te revelaron un mundo,
cuántos versos quedaron en tu corazón,
dime, cuántos versos quedaron en tu corazón?

Por otra parte, en cuanto a los poetas en otras lenguas, he leído a muchos, generalmente dependiendo de traducciones, lo que en poesía casi equivale a decir que he conocido versiones de esos autores pero no sus propias obras. De todas formas, ello no puede llevarnos a prescindir de los otros mundos poéticos que abarca la poesía escrita en otros idiomas.
De esos mundos, me he sentido tocado y de algún modo influido por los estadounidenses Dickinson, Whitman, Ezra Pound (un americano absolutamente atípico) y Allen Ginsberg; por los mediterráneos Horacio y Kavafis; por la rusa Anna Ajmátova; por Fernando Pessoa y su voz repartida; por Robert Louis Stevenson y sus Cantos de viaje; y por otros autores en menor medida, como Arthur Rimbaud y Cesare Pavese.
También me parece interesante pensar en influencias que he recibido y que no vienen de los libros de poesía, sino de otros textos, como las Sagradas Escrituras y los Evangelios Apócrifos; de narraciones de Antoine de Saint Exupery, Oscar Wilde, Hermann Hesse y Thomas Mann; de las muchas películas que he visto en mis 45 años; y de las canciones de mis compositores y cantautores favoritos, cuya calidad los sitúa en un nivel claramente poético, como Alfredo Zitarrosa, Silvio Rodríguez, Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat o Luis Eduardo Aute, además de varias otras voces emblemáticas de la canción de autor en nuestro idioma.

En su ensayo, “Estrella en el agua: Poesía boliviana de un siglo nuevo”, usted nota que hay “cierto rasgos en [su] escritura que solo podrían ser de alguien nacido en [Bolivia]” (60). ¿Cómo caracteriza esos rasgos? ¿Cómo aparecen en su poesía?


No creo que las etiquetas nacionales –los países suelen ser fabricaciones geopolíticas- sirvan realmente para aprehender, estudiar o definir la poesía de un conjunto de individuos nacidos en un mismo territorio. Puede ser útil a la hora de hacer antologías, de realizar encuentros, de realizar investigaciones críticas y hacer cortes, pero a la hora de penetrar en la poesía de un individuo, más aún ahora, en un mundo tan mestizo, tan global, se hace cuesta arriba entenderlo desde un rótulo nacional.
Bolivia, por ejemplo, tiene regiones muy diversas. El occidente se asemeja cultural y geográficamente al sur de Perú y al norte de Chile. El sur de Bolivia, al norte de Argentina. El chaco sur oriental, al Paraguay todo, al Chaco argentino y a la región contigua del Brasil. La amazonia boliviana, a la amazonia peruana, brasileña, argentina y ecuatoriana.
A menudo puede haber más semejanzas entre un poeta amazónico boliviano y un poeta amazónico peruano que entre un poeta amazónico boliviano y un poeta occidental urbano también boliviano.
Dicho esto, sin embargo… Sin embargo, crecer y vivir en un país imprime carácter. Hay ciertos modos de ser –empezando por el modo de hablar, el idioma, los giros y especificidades del lenguaje, del habla de todos los días– que nos hacen parte de un grupo humano determinado con el que compartimos estos modos, en cuya cultura nos inscribimos, no exclusiva pero sí predominantemente.
En mi caso, soy un boliviano de un familia tradicional de la vieja capital colonial y republicana, Sucre (lo que podría explicar en parte algunos rasgos de mi poesía: el apego a lo clásico, una cierta nostalgia de mundos perdidos, cierto misticismo católico a lo Marqués de Bradomín o la usanza del “hombre del casino provinciano” que retrata Machado); pero a la vez, desde muy niño, he tenido “sed de cielo”, he pedido como Stevenson sólo el sol sobre mi cabeza y el camino bajo mis pies, y he rehusado durante mucho tiempo ser un habitante sedentario y por lecturas (muchísimas) y por viajes (¡muchos!) y por cambios de ciudad (varios) he tratado de abarcar más, de convertirme en eso que se dice fácilmente “un humanista universal”; ambición de la que mi poesía también, sospecho, puede dar fe.
En cuanto a lo esencialmente boliviano, ya lo anoté antes: un claro rasgo de este país es su sincretismo, su hibridación, su incesante mestizaje entre lo occidental y lo originario, lo remoto y lo cercano, lo propio y lo extraño que se torna propio con el tiempo; lo antiguo y lo nuevo, lo mejor y lo peor. Un cantautor de mi país ha definido a la cultura boliviana actual con una palabra del idioma quechua que no tiene equivalente en español pero se asemeja a melange, a mescolanza: ch’enko, y además ha dicho que somos un “ch’enko total”, una “paella conceptual”.

En el mismo ensayo, describe la “insularidad mediterránea” que caracteriza la poesía boliviana. ¿Piensa que su poesía existe ese mismo espacio de insularidad? ¿En su poesía, trata activamente de desmantelar esa insularidad? ¿Esa insularidad ha cambiado en los años recientes?


Creo que por mi vocación universalista, holística, humanista, muy de hombre del renacimiento (o sea, anacrónica), es imposible que mi poesía no desmantele, casi sin quererlo, esa insularidad.
Pero, sobre todo, busco desmantelar esta insularidad mediterránea en mí mismo, deliberadamente, desde mi otra vocación: la de gestor cultural y editor, organizando encuentros internacionales de poetas en Bolivia; publicando a poetas internacionales contemporáneos en Bolivia (lo que no se hacía antes); ayudando a que la poesía boliviana circule fronteras afuera, de la mano de sus autores. En suma, confabulando de forma permanente contra esa condición insular imaginaria, que sucesivos poderes han querido inculcar en la gente de mi país para aislarnos del mundo y poder gobernarnos con mayor ductilidad.

¿Cómo seleccionó los poemas que aparecen en Cámara de niebla? ¿Cómo imagina la conexión entre las colecciones diferentes?


Escribo poemas sin premeditación de que conformen un libro. Hay temporadas en que escribo mucho y otras poco o nada, en las que aprovecho para revisar y pulir lo ya escrito. Cada tres o cuatro años, siento que me pesa la mochila de poemas y la vacío. Es decir, los releo, corrijo una vez más y comienzo a organizarlos. Aunque, en realidad, siento que son ellos los que se organizan, los que van encontrando vasos comunicantes entre sí, parentescos, afinidades. Así me nace un libro. Verbigracia, para citar mis libros más recientes, El agua iluminada (La Hoguera, Bolivia, 2010) reúne poemas escritos entre 2006 y 2010; La mañana se llenará de jardineros (El Ángel, Ecuador, 2013; La Hoguera, Bolivia, 2014), poemas nacidos entre 2010 y 2013; Multiplicación del sol, que se publicará este 2017, congrega textos de los últimos cuatro años.
Otro proceso es el de las antologías personales, como Cámara de niebla, que en los últimos años me han pedido elaborar algunas editoriales. En este caso sí hay una deliberación, un plan organizado, que aúna criterios estéticos, temáticos y cronológicos, pero siempre tratando de que sean los poemas los que se organicen, los que se elijan recíprocamente, como me ha sucedido con El pie de Eurídice (Gamar, Colombia, 2014), La canción de la sopa (El Ángel, Ecuador, 2014) y Cámara de niebla (El Suri Porfiado, Argentina, 2014; Plural, Bolivia, 2015).
En este último caso, especialmente, he reunido poemas que los lectores y la crítica han valorado, con otros que subjetivamente considero relevantes en mi itinerario poético.

¿Afecta su poesía la experiencia como periodista y escritor? ¿De qué manera?


No tengo una respuesta clara. Intuyo que sí, porque aunque cada ser humano es muchos a la vez –me gusta pensar en la “confederación de las almas”, de la que habló Tabucchi–, ninguno de nuestros yoes es un compartimento estanco, separado de los demás.
He leído y leo mucha narrativa, escribo ensayo y ocasionalmente cuentos o retratos biográficos. Es posible que eso haya influido en que mi poesía tenga elementos narrativos, pero creo que la razón de que así sea tiene que ver más con mis lecturas de poetas narrativos, como Ginsberg, Gonzalo Arango o Ernesto Cardenal.
Igualmente el hecho de haber ejercido el periodismo mucho tiempo, de haber escrito crónicas, entrevistas y reportajes, puede estar influyendo de manera indirecta en mi poesía, en mi forma de mirar e interesarme por la vida cotidiana para poetizarla.
En cierto modo, sospecho que el poeta es –sin quererlo– una especie de cronista del espíritu de su tiempo. O peor (mejor) aún –y esto nos aleja totalmente de periodismo y nos acerca de nuevo a la poesía–: una encarnación sensible del espíritu de su tiempo.
En la novela Entrevista con el vampiro (llevada luego al cine por Neil Jordan), Ann Rice escribe que la caída de un hombre es a veces la caída de un siglo: “Tu caída de la gracia y de la fe ha sido la caída de este siglo”, le dice Armand a Louis. A menudo pienso que eso sucede con los poetas. Somos los caídos de nuestro siglo.

Su poesía se caracteriza por una combinación de registros, entre coloquial y clásico. ¿De dónde viene esa mezcla de registros?


Como he dicho antes, soy un híbrido por nacimiento y un ecléctico por elección. Sería, por tanto, difícil que mi poesía no reflejara esos mestizajes sincrónicos y diácronicos, esa melange (en todas sus acepciones). Por otra parte, tengo una formación clásica –vengo de una familia tradicional que cultiva la literatura y el arte hace generaciones, me eduqué con jesuitas, crecí lejos del mundanal ruido, más cerca de Bach que del rock, estudié latín y filosofía griega–, pero años después fui en busca del tiempo perdido y en mi juventud viví intensamente mi época, mi contemporaneidad. Es imposible, también, que esa summa no quede impresa en mi escritura. A lo que debo añadir que si bien me interesa mucho el mundo clásico, creo que la poesía actual puede aproximarlo al lector apostando por un lenguaje coloquial, cuidando, eso sí, de no banalizarse ni incurrir en prosaísmos o cursilerías.

Usted tiene varios poemas que hacen referencia a la historia, a través de nombres, datos, o el título mismo, como vemos en “Llanto por los años 50”, “1972” y “1987” ¿Usa la historia como inspiración? ¿Cómo dialoga en su poesía con la historia y el ambiente socio-político?


Alguien ha escrito por ahí que mi poesía es culturalista. No sé qué tan acertada sea esta definición, pero alguna base tiene. La verdad es que yo creo que el poeta escribe desde su aquí y su ahora. Puede intentar prescindir de ese entorno, incluso negarlo, rebelarse contra él, pero todos esos gestos no son más que una reafirmación indirecta. El poeta es testigo de su tiempo y heraldo quién sabe del pasado y del porvenir. El poeta no escribe en el vacío ni desde el vacío. Lo hace desde la memoria, desde la mirada y, sobre todo, desde su ser y estar en el mundo, en este mundo, aunque su reino, al fin y al cabo, no sea de aquí.
Por ello, los ciclos culturales, los cambios de época, las continuidades y las rupturas históricas son de mi interés. Si fueran (o las representáramos como) unos cuadros y las observáramos debidamente, siempre encontraríamos algún poeta caminando y, como quien nada hace, observando, fisgoneando por ahí, no las escenas centrales, tal vez algo que la pintura oculta a nuestros ojos, que está más allá del marco, detrás de la tela o de la propia cabeza del observador.

Un tema central es esta antología es la belleza y su creación. ¿Cómo define la belleza?


No puedo hacerlo. Creo que es, por naturaleza, indefinible. Pero intento aprehenderla en mi poesía.
A veces uno la siente (o la intuye) pasar. Pero siempre es como una brisa: sólo nos deja su olor.

¿Cómo imagina el futuro de la poesía boliviana? ¿Qué espera de los años que vienen?


Tengo esperanza. Creo que la poesía boliviana goza de una rica tradición y de una notable vitalidad. De la mano de la tecnología y de las nuevas generaciones, esa insularidad mediterránea está comenzando a disiparse y la poesía boliviana, esa perla escondida, comienza a ser valorada en el mundo. Las buenas noticias en esa dirección no han cesado los últimos años: publicaciones, premios, viajes. Y yo hago todo lo posible para que no cesen, sino que sean muchas más.
Eso sí, siempre cuidando que el entusiasmo tenga raíces, que no nos quedemos en el activismo poético. Que el gran árbol de la poesía boliviana crezca con sucesivas podas, con gajos nuevos, pero creciendo siempre hacia adentro, no sólo hacia arriba. O mejor dicho, que crezca siempre en dos direcciones: desde la raíz al fruto y desde los frutos hacia la raíz.