Piedras preciosas / Antitierra – de Valeria Tentoni

 

Fotografía de Matías Gutiérrez

Valeria Tentoni (Bahía Blanca, 1985). Se graduó como abogada. Es periodista y escritora, vive en Buenos Aires. Publicó los libros de poesía Batalla sonora (Manual Ediciones, 2009), Ajuar (1º Premio Concurso Editorial Ruinas Circulares, 2011) y Antitierra (Libros del Pez Espiral, 2014/ Neutrinos, 2015/ Liliputienses, 2016). Publicó los libros de relatos El sistema del silencio (17 Grises, 2012) y Furia diamante (Leer es futuro, Ministerio de Cultura de la Nación, 2015). Participó como guionista de El abrigo del viento, de Romina Haurie (Lupa Productora, 2013). Fue incluida en distintas antologías, como Voces -30 de jóvenes narradores latinoamericanos (Ebooks Patagonia, 2014) y Penúltimos. 33 poetas de Argentina 1965-1985 (UNAM, 2014).

De Antitierra

El amor es un toro mecánico del que nadie se baja con elegancia.
Una atracción de feria
abandonada,
desafiando la intemperie.

Todos se paran frente al toro y se dicen
Yo puedo con él. Todos, sin excepción, confían
en sus talones
y se montan a la violencia eléctrica
de su lomo. Confían todavía cuando el movimiento
se inicia,
como si una mano poderosa e invisible
echase una ficha al aparato
sin previo aviso.
El clic metálico se recorta en el sonido,
una topadora minúscula
derribando
al silencio de un empujón. Entonces todo comienza, y ya
no hay manera
de emprolijar el cuerpo, esa forma
de la que antes creíamos tener dominio y que ahora
se nos revela
como si hubiese estado esperando su turno
comiéndose las uñas
desde que le pusieron nombre.

Si yo fuese un ratón
preferiría
perder mi cola en la trampa
antes que mi queso.

Una y otra vez.

Yo me saco esto que traigo
y te lo dejo
como dejan algunos perros
pájaros muertos en la puerta de sus dueños.

Con inocencia y con exceso.

Estaba por escribir un poema de odio
pero me tiré un poco en la cama
no atendí el teléfono.
Pensé el asunto:
decía cosas que tenían que ser dichas
todos los versos que se me ocurrían me parecían brillantes
encajaban bien, se movían bien,
las palabras eran tiburones embadurnados con aceite en mi cabeza,
aparecían, una detrás de la otra, dictadas por una supernova
me decía sí, ahora me voy a levantar
y voy a escribir esas líneas definitivas de venganza
y bronca y dolor y repulsión y venganza
y todo va a estar bien después, el poema
va a curarme, va a quedar ahí
como una cicatriz humeante,
va a hacer por mí ese camino. Me voy a levantar y el poema
o si no es eso por lo menos levantarme.
Pero me quedé dormida.

De Piedras preciosas (inédito)

Leyendo en el balcón
me acomodo al sol, persigo su favor

un molde
al que debo pleitesía.

Laminada por los rayos que recién ahora,
a fines de agosto, pueden alcanzar estas cosas,
me organizo alrededor de esa luz

serpiente,
advierto el frío
y me mudo al hachazo blanco
un centímetro por vez.