El porvenir de los muertos / Rémora | Sebastián Riestra


Sebastián Riestra nació en Rosario en octubre de 1963. Es escritor y periodista.
Publicó El ácido en las manos (1991), El porvenir de los muertos (2002), Clitoriana (2003), Romero (2004), Lunita rosarina (2010) y Rémora (2015). Fue incluido en la antología de la poesía rosarina La única ciudad, realizada por Eduardo D’Anna (1992); Autopista, volumen que reúne a escritores de Córdoba y Rosario (2010), y la antología de poetas argentinos La Plata Spoon River (2014).
Ha participado en numerosas lecturas, coordinado ciclos y dictado talleres en su ciudad, Buenos Aires, La Plata, Córdoba y la provincia de Santa Fe.
Intervino, entre otros eventos, en el Festival Internacional de Poesía de Rosario y el Festival Internacional de Poesía de la Feria del Libro de Buenos Aires.
Se desempeña como prosecretario de Redacción en el diario La Capital, donde también es editor del suplemento Cultura y libros.
Integró el staff de las revistas Facundo (Rosario) y El Jabalí (Buenos Aires).
Ha realizado y conducido programas de radio que tuvieron como eje a la música clásica y el tango.

Bienvenida

Ha comenzado el leve
tiempo del otoño. Humeantes

tazas de té,
música, libros

y nostalgia
por el tabaco: de eso se alimenta

en estos días
el alma. (A tu ausencia,

querida, alguna vez
la sustituirá

la ausencia de vida. Ah,
cuánto

hace que anochece). La mesa
ante la ventana,

las hojas
profundamente blancas, el lápiz

que espera a la mano
y más allá, desnuda, la ciudad:

el otoño, padre del alma,
ha comenzado.

(De El porvenir de los muertos)

Down and out

Está otra vez vivo
y sabe: ya no es
lo que fue. Lo que fue no despertó
con él esta mañana. (Está

–otra vez–
vivo y busca
alrededor con la mirada
el viejo fulgor del mundo:

no queda nada. Todo
lo que se ve son restos,
huellas, estelas,
fotos, botellas

semivacías, sábanas
transpiradas. Lomos
de libros muertos
se alinean en el alma).

Está otra vez vivo, pero
cuánto cadáver anda
cuando camina descalzo
rumbo a la cocina helada!

(De El porvenir de los muertos)

Imperio nocturno

La muerte ya no es
lo que era. Otras tardes (muy

lejos) creímos, ah, en los cadáveres
orgullosos

y desbordantes
de porvenir. No de nuevo: ellos

también fueron derrotados, como
nuestra juventud

por el avance
del tiempo y mi espíritu

por tu clítoris. La muerte, ay,
ya no es más que más vida.

(De El porvenir de los muertos)

Sanctus

Helada
ciudad, mundo de ausencias
bajo la luz de la luna. (Las calles

se tragaron los cuerpos; las voces
ya no se oyen más. Lo que queda
en el alma son huecos

que van a llenarse de sangre). Camas
deshechas y vacías, escritorios
cubiertos de polvo: todos han partido

de los bares
donde sigo sentándome a fumar
en las tardes inútiles de invierno

viendo cómo pasa la vida.
(Caras y mujeres
me son desconocidas; tampoco hay libros

abiertos sobre las mesas). Ciudad
abandonada, mundo de ausencias
bajo la luz de la luna. Fantasmas

del pasado
caminan por tus veredas
y el amor aún pasea

bajo los árboles perdidos. Estoy
aquí. Abro los ojos
y te encuentro. Estás

allí. Tiendo otra vez
las manos, aunque vaya a tocar
la pena.

(De El porvenir de los muertos)

Arroyito

Patios de provincia
de rojo embaldosado,

qué circunspección
ilimitada los habita. (Maceteros

llenos hasta el borde
con malvones

y albahaca puesta en oxidadas
latitas, perros mansos

dando vueltas, viejas
sillas que alguien dejó al sol

y un zumbido de moscas
en la tarde blanquecina: calor,

olvido, asuntos
levemente innecesarios

y la breve turbulencia
de una falda

antes de que todo haya caído.
No es así; ya

no es así. A qué lugar
del mal fue todo eso). Patios

de barrio, sitios lentos
de la larga luz

de infancia, amadas
extensiones que baldeó

mi madre, descalza,
los domingos, y se llevó

una noche
con ella para el cielo.

(De El porvenir de los muertos)

Último paisaje

Lentitud de los paseos otoñales
por las calles sometidas a la pena.
Bajo los fresnos crece

la soledad, y parece
que no hubiera nadie en la ciudad
donde una vez brilló, en el cielo

de abril, la luna llena. La sombra
de una ausencia
en los patios del corazón.

Malvones decapitados
por manos suaves. Lluvia que golpea
sin cesar las ventanas

y un olor persistente a final,
a roto, a celeste
asesinado por los años. San Luis

y Alem, tarde
fatigada. Los eucaliptos
perfuman el viento

y las uñas del amor, entre las tiernas
nubes, abren
sin ruido el pecho de los pájaros.

(De Rémora)