Visitas & otros poemas, de Silvia Arazi

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VISITAS

de La medianera (una novela haiku)

Estamos comiendo en la cocina
cuando se nos presenta una gran cucaracha.
Pensamos en matarla con una escoba,
más no tenemos escoba.
Tratamos de exterminarla a zapatazos:
se nos escapa siempre.
La perseguimos con amenazas y puñales,
la perseguimos con determinación.

Dese lo alto
le enviamos maldiciones, migas de pan,
ortigas, hielo.
Desde lo alto le leemos un sermón sobre el pecado,
un larguísimo poemas del revés.
¡Todo es inútil, todo!

Pensamos que debemos reconocer nuestro
horrible fracaso.
Ella no responde a nuestra persuasión.
No deja de reírse desde sus ojos feos.
Desde su cuerpo negro. Desde allí.
Entonces comprendemos que lo mejor
es aprender a amarla.
Y no sabemos cómo.

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Alejandra

de Claudine y la casa de piedra

Alejandra elevó un sumario de quejas
por no haber sido incluida en mis palabras.

-Están todos menos yo- dice con tristeza verdadera.
Allí están mi mamá, Dora,
León, Marcelo, la Medianera, el Gato.
Todos, menos yo.
Le digo: serás la protagonista de un poema.

Claudine la adorna para la ocasión:
zapatos blancos, cintas en el pelo, boca,
le acomoda el flequillo.
Nuestra Amélie de Palermo, digo,
mientras ella se pierde en los espejos.
Una pollera breve
y una cartera verde. Con postura
afectada, cruza las piernas: jóvenes, perfectas,
bellas hasta el dolor.

Sonríe para la foto.
Me miran sus páginas vacías, rogando
a mis palabras que las cubra de gracia.
Sólo veo ante mí
una muchacha en flor esperando el milagro.

-Vas a ser la estrella de mi poema.

Acomodo el foco, cambio la lente, el cuadro.
Saco un jarrón,
me agacho. Sin buscarlo,
veo lágrimas en sus zapatos blancos.
Pero ella no lo sabe.

No hablaré de sus lágrimas.
Hablaré de la dicha
de una muchacha en flor, y de su espera.

Algo me dice
que será el último poema de mi libro.
El menos bello, tal vez. Y el más necesario.

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CONVERSACIÓN

de La medianera (una novelita haiku)

El sobre blanco late en su cartera
como si fuera una bomba.
La bomba late
como si fuera un corazón.

Mamá, dice Claudine.
Qué gracioso, dice mamá
sin dejar de mirar televisión.
Pero qué gracioso,
qué programa tan gracioso,
qué hombre tan gracioso.

Tengo algo que decirte, dice Claudine.
Tengo algo de qué reírme, dice la madre.

Tic tac tic tac tic tac
(y una música amarilla que viene de allá)

Hay mosquitos, dice mamá.
Hay algo que quiero decirte, dice Claudine.

Mamá: late que late mi sobre con sus noticias pésimas.
Es la muerte. No la idea de la muerte
ni el miedo a la muerte,
sino la muerte de verdad: la puta muerte.
La muerte, ay mamá,
como en las películas.

Es gracioso este tipo, obstina mamá.
Pero qué cara tiene, cara de loco tiene.

Todo se pone negro entonces,
negro y amarillo
como un mundo de taxis.

Tic tac tic tac tic tac

Y el sobre blanco latiendo para siempre
en los abismos de su cartera gris.

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Lugares

de Claudine y la casa de piedra

Ella guarda sus palabras
entre los pliegues de sus lágrimas,
ocultas celosamente
en sobre lacrado,
a su vez,
muy bien guardado
en su cartera negra,
que esconde en cajón profundo
del Gran Placard,
con el que tapa la ventana
hasta cegar el último ojo
de la casa.

Luego se sienta sobre la falda
de su madre,
y escribe versos claros como lirios,
desde esa oscuridad.