Después de la ceniza de Marisa Martínez Pérsico | Lucas Margarit

Quizá podríamos comenzar con una pregunta: ¿Cómo detenerse en cada viaje y estar a la expectativa de la palabra? El libro Después de la ceniza de Marisa Martínez Pérsico reúne una serie de poemas donde el movimiento del cuerpo, la traslación de un paisaje a otro cobra sentido en la memoria, en una manera de recordar el territorio que se deja atrás y enfrentarse a un nuevo espacio que hay que asimilar. ¿Qué paisaje abismal se recuerda? ¿De qué modo la observación es también un cuestionamiento acerca del objeto percibido? Es allí donde las miradas entre quienes participan de una experiencia, un tú, la hija o la misma poeta, se entrelazan e intercambian formas de percibir un mundo fragmentado, indecoroso a veces, un mundo en guerra y un estado de fluidez y de no permanencia.

Es la voz del poema que quiere detenerse a pensar y reconstruir parte de una vida, un cuerpo que recorre dos geografías que se van diseminando, como un movimiento pendular, hacia dos experiencias: la del territorio familiar, íntimo y cercano y la del territorio extraño que que se aleja y se acerca para devenir en el nuevo entorno de la mirada íntima. El primero territorio es América, el segundo Europa, cuya frontera parece diluirse por la estructura de “pasaje” e indeterminación que el libro nos propone.

Un pasaje múltiple: del pasado hacia un presente, de un espacio a otro, de una mirada a otra, de una indagación a otra. La poeta se presenta como una observadora inquietante que parece escribir y tomar notas en cuadernos mientras se traslada de un lugar a otro buscando una perspectiva diferente cada vez del paisaje roto y melancólico de un momento pasado que se superpone con el presente y de manera reflexiva y tenaz lo supera. Una tensión que a lo largo del libro va interpelando al lector para que el recorrido sea siempre una suerte de despedida de un poema hacia otro.

Podemos sospechar tal vez que todo primer poema de un conjunto nos permite entrever una poética. Allí las primeras marcas de lo que será el ritmo y la composición, los temas y la perspectiva del libro tendrán lugar. Así, “Lenitivo” podría funcionar como una llave de entrada para poder pensar esta noción de pasaje que Marisa nos propone, donde pone en evidencia la fragilidad y la falta de perdurabilidad de las cosas del mundo, incluso de la mirada hacia esas cosas. Siempre hay una elección de los objetos que se rescatan, incluso en su misma fragilidad.

No hay
como leer cartas de amor de otras épocas.

Esto también pasará.

Todo está en movimiento, todo pasa como sucede con el camino de un peregrino, siempre es la despedida que, como gesto, nos reduce a un determinado juego con el tiempo. Del mismo modo pasan los pinos cuando son observados desde la ventana del tren en marcha, así comienza el poema “Dunav Sava”; incluso, al cambiar de perspectiva sucede algo similar al detenerse y sentarse “a observar despedidas / en la estación de autobuses”, lo cual no es sólo un modo de ver cómo se aleja aquello que observamos, sino también la reduplicación de la experiencia del viaje y la separación en aquellos que son el objeto de observación de la poeta. Es imposible la detención y por eso mismo, el desarraigo se repite una y otra vez, en cada poema, en cada forma de ver.

Es por ello que leemos también Después de la ceniza como un libro de viajes y de desarraigo continuo, como un recuerdo que señala que siempre se escribe lo que ya ha pasado, lo pretérito que se proyecta en el nuevo pasaje del poema, lo que se recupera parcialmente de la pérdida que implica toda despedida.

Así, podríamos esbozar la casi homofonía entre “paisaje” y “pasaje” para señalar una marca de estos poemas que van constituyendo un mapa de recorridos por dos mundos, por varias miradas y por los cuerpos que atraviesan los espacios y la distancia. ¿Dónde ubicarnos frente a tantas despedidas? Quizá el poema sea (o intente ser) la anulación de las distancias entre el antes y el después, entre lo familiar y lo extraño, incluso en el paisaje que connota lejanía y la palabra cercana. Anulación que destaca “Poema al 12 de octubre que ya no es” donde dos miradas de la historia y dos tiempos coexisten en un presente que intenta proyectarse hacia otro tiempo sin anular las diferencias. Como aquella “Poética ambulante” que también nos señala ese desarraigo de la vuelta siempre a otro lugar y, claro está, la vuelta siempre al poema que se re-escribe.

Volver,
siempre venir de alguna parte,
invocar el ritual
de la mudanza.

¿Qué paisaje se puede reconstruir luego de las cenizas? Cuál es el paisaje que permanece en ese volver indefinido del poema, porque la escritura se aparta del territorio para ser ella misma territorio, y es en esta ecuación donde los poemas de este conjunto revelan los diferentes recorridos y peregrinajes para, de este modo, ir conformando un mapa inabarcable, que vuelve siempre a la palabra. Una mudanza de un lugar a otro que siempre concluye en el poema como un consuelo, a veces vacío, de la nostalgia.

Porque también el tiempo es un personaje que reduce todo, incluso la experiencia, a despojos y cenizas. Es el “tiempo-daga” que nos obliga a estar continuamente despidiendo y mirando de lejos cada uno de los objetos que elegimos alguna vez. Y en este punto, en la poesía de Marisa, lo que es y lo que fue se funde como una superposición de miradas, valores, deseos y nombres presentes y ausentes. Como una especie de argumento o fórmula para intentar conjurar esa daga que devora y nos sumerge en su inmenso movimiento.

Después de la ceniza de Marisa Martínez Pérsico, Buenos Aires, El Suri porfiado, 2017, 49 pp.