“A la aparición de unas Hojas de Parra” ∼ Nicanor PARRA por Enrique Lihn

Agosto de 1985

Es muy raro ver a quinientas personas escuchando a un poeta una hora y media seguida, sin ninguna deserción, durante la lectura, y que lo inviten una y otra vez a leer algo más, a puro aplauso, después del punto final. Los cantantes de ópera o las estrellas del rock reciben un trato así que, de ser posible, favorecería al campeón de boxeo, al héroe de fútbol, para hacerlos repetir un knock out o el gol del siglo.

Entre los poetas, los aplaudidos se cuentan con los dedos de una mano. Uno de ellos –el dedo índice– es Nicanor Parra, quien salió otra vez con un siete en popularidad, el pasado lunes 5 de este mes, en el lanzamiento de Hojas de Parra, volumen XI /XII de la Colección de Poesía Ganymedes, en el Goethe Institut. El poeta David Turkeltaub se re-estrenó como editor con estas hojas meticulosamente encuadernadas y anotadas.

El día del recital, Nicanor me invitó a almorzar al Torres. De lo que allí me dijo y, después de la lectura, en el Castillo Francés, puedo entresacar material suficiente para una reseña de su último opus. Pues todo lo que dice Nicanor en su acción verbal permanente, se relaciona con lo que escribe y/o hace: “hacemos poesía hasta cuando vamos a la sala de baño”. Parra habla poco de sus versos, pero estos son reelaboraciones o preelaboraciones sintácticas del diálogo vertiginoso que propone a sus interlocutores. Una dialéctica que no deja títere con cabeza, o cabezón con ideas, o seguro, a la postre, de su respectivo sistema de creencias.

Para vencer a Parra en esa especie de lucha lúdica de ideas que se libra por encima de toda opinión pública o corriente, no hay que oírlo. Sordera inveterada en un país acostumbrado a la transmisión de consignas, por una parte, o a que se impartan órdenes destempladas por la otra.

“Antes del leer el Tao Te Ching – me dice- yo era una especie de hoja en la tormenta; pero debo haber sido un iniciado porque, leyéndolo comprendí mis propios poemas. Fíjate tú lo que dice el sujeto que habla en ese libro: “No hay nada superior a la virtud en el mundo”. Bueno, eso no tiene nada de especial. Pero, atención que viene lo siguiente. Punto dos: “Rehuye la virtud porque ella te puede conducir al abismo”. Y ahí te deja el libro. Plantea las contradicciones sin resolverlas, nada de síntesis y antítesis. Tú lees eso y sientes que te están hablando de algo real. El hablante lírico, digamos, no se deja nunca atrapar. Es imprescindible, no fallar. A lo mejor, pensar para contradecir es negarse a entender. Te instalas en una doctrina y todo lo que no hace sistema con ella, deja sencillamente de existir o en la práctica hay que eliminarlo”.

Desisto de traducir el tono de Parra que elude cierto tipo de precisiones y se queda con la agudeza de los tanteos. Al hablar del Tao diseña el modelo de lo que llama su antipoesía. Así, por ejemplo, en Hojas de Parra, la advertencia que sigue: “Nueva curiosidad nos impide muchas veces gozar de la antipoesía por tratar de entender y discutir aquello que no se debe”: o esta Declaración de Principios: “en resumidas cuentas / me declaro fanático total / eso sí que no se me identifique con nada”.

Hay que decir, por otro lado, que Hojas de Parra, con su humor negro, alusiones, parodias y contraparodias, chistes de grueso calibre, apropiaciones declaradas (“Ser o no ser”, una traducción de Shakespeare); listas de chilenismos, (“Murió”); signos extralingüísticos: repetición del signo de la cruz (“Los cuatro sonetos del Apocalipsis”), etc., es un libro de estrategias verbales propias de lo que llama el antipoeta: un Acto Sedicioso. Un equivalente a lo que en la conversación apareció en esta forma: “Y, ¿qué puede uno hacer en un caso así, si los políticos, los especialistas en la sociabilidad no se ponen de acuerdo? – Yo lanzo mis guatapiques, preparo viejas y las hago estallar como puedo”. Una cierta clave e estos textos es, sin duda (parafraseo a André Breton), la enormidad de lo que está ocurriendo en la actualidad chilena y de lo que dicen y hacen los que mandan. En el surrealismo eso tuvo como respuesta el Umor, el sentido de la inutilidad teatral (y sin alegría) de todo”. Parra combina el Umor con el Humor, y la retórica negra, con el blanco del Tao.

Después del recital, llegamos unos cuantos al Castillo Francés. Le dije a Nicanor: hiciste furor en el Goethe. Me contestó: “lo que pasa es que escribo lo que la gente dice. Es un fenómeno de reconocimiento”.

–Y de sorpresa…

–Gracias a la sintaxis. Lo que ellos dicen y lo que yo agrego, entre frase y frase.

 

 


Extraído de revista Cauce Nº 36, Agosto de 1985.