La ciencia de las despedidas | Adalber Salas Hernández

Adalber Salas Hernández, 1987. Poeta, ensayista, traductor. Autor de los poemarios La arena, el vidrioExtranjeroSuturasHeredar la tierraSalvoconducto (XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita, Pre-Textos, 2014); Río en blancomínimos y Materia intacta. Asimismo, ha publicado los volúmenes Insomnios. Ensayos sobre poesía venezolana y Estábamos muertos y podíamos respirarPaul Celan, escritura y desaparición. Entre otras, ha publicado traducciones de Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Mário de Andrade, Hart Crane, Hector de Saint-Denys Garneau, Pascal Quignard y Yusef Komunyakaa.
Junto con Alejandro Sebastiani Verlezza editó las antologías Poetas venezolanos contemporáneos. Tramas cruzadas, destinos comunes y Destinos portátiles. Poesía venezolana reciente. Forma parte del comité editorial de las revistas Poesía y Buenos Aires Poetry. Dirige la colección «Diablos danzantes» en Amargord Ediciones. Cursa estudios doctorales en la New York University.

XII
(Leibniz, mon amour)

En alguno de los mundos posibles, los árboles
pesan menos que la suma de todas sus hojas,
el tiempo se mide en parpadeos y la gente
pasa largos ratos cada noche deshilvanando
la luz para que amanezca. La antropofagia
se ha vuelto la única forma aceptable del amor.
Pero solamente en el mejor de los mundos
posibles hay quienes pasan las madrugadas
en vela buscando el modo de hacer la pena de
muerte más eficaz, menos engorrosa para los vivos.
Hasta han escrito una lista con sus objeciones:

1. La silla eléctrica gasta demasiada energía. Los
edificios cerca de la cárcel se quedan sin luz
durante las ejecuciones. La gente de los alrededores
se queja del humo y el olor a carne quemada.

2. El fusilamiento despierta a los vecinos. Algunos
incluso se han asomado a sus ventanas, pistola
en mano, para responder al fuego.

3. La guillotina requiere cloro, desinfectantes,
trabajo de conserjería. No hay presupuesto para
contratar tal cantidad de personal.

4. El verdugo casi nunca encuentra la vena
al primer intento. La inyección letal tarda
demasiado en hacer efecto: el condenado padece
durante horas, creando toda clase de problemas
de marketing y recursos humanos. Además, las drogas
desaparecen misteriosamente del depósito.

En este mundo se saben torpes: por eso muchos
demandan el chasquido tranquilizador
de la tráquea que se quiebra en la horca: rostro
deformado por la hinchazón, lengua colgando, gruesa.
Sepultan a los ejecutados con piedras en la garganta
para que no protesten. Duermen relajados porque no
comprenden bien el modo en que comercia la muerte,
qué pide a cambio de sus servicios, cómo no se
deja domesticar ni dice a nadie cómo se llama –porque
no puede, porque su nombre es una sucesión continua e
indefinida de puntos estirada sobre un plano, nada más.


XIII

Viajamos: es el espacio que nos deletrea.
Si hubiera un dios que velara por nosotros, un
dios para los tránsitos, las bifurcaciones,
las desviaciones, debería ser entonces un dios
minúsculo. Mientras miro por la ventana
del tren cómo se escapan los edificios, niños
que corren asustados, imagino ese dios cuyo
nombre sería un misterio porque inadvertidamente
lo habría dejado en el asiento de un avión.
No tendría ritos ni templo, no ofrecería consuelos
ni pruebas, no elegiría tribu alguna. Nadie le
daría una palabra en maitines o completas, sus
oraciones serían las madrugadas en blanco
pasadas en estaciones de autobús o en aeropuertos,
con la respiración enlodada porque a esa hora
llueve en los bronquios. No conversaría con otros
dioses que, de todos modos, tampoco existen.
Apenas diría su canción a quien con él fuera.
No castigaría el robo o el adulterio: sabría
que todo camino es un robo y toda palabra
un adulterio. Tendría demasiados hijos como para
escoger a uno que lavara nuestros pecados; en
cambio, nos forzaría a migrar, como si se pudiera
absolver la distancia de su vastedad, de su miedo.
Andaríamos tanto, que ya sólo se nos podría
reconocer desde lejos. Su única función consistiría
en encargarse de que los relojes siguieran trabajando,
para que las partidas ocurran, para que no
se filtrara aquí la eternidad. Sería el dios de los
vuelos retrasados, las taquillas cerradas, el olor
a orina y semen dormido de los baños públicos.
Haría de mí apenas cuerpo entre los cuerpos, ya sin
el suplicio de la abstracción. Cambiaría mis ojos
por carbones amargos, volvería mis manos animales
remotos. Me reduciría a la certeza geométrica
y voraz del movimiento. Me mostraría que la
vigilia no es un estado, sino una tarea de destrucción.

XIV
(Strange fruit)

Los peces no hablan: es bien sabido. Atraviesan
callados el cielo invertido del mar, sus
pendidos como pensamientos ajenos, colgando sobre
la noche boquiabierta. Se dice que no cantan porque temen
que la voz escape, se deslice hasta la superficie,
donde se quedaría flotando, durmiendo el sueño de
las algas. Cuenta Pierre de Vaisière que en junio de 1724
un barco esclavista atravesaba esas voces morosas
camino a Santo Domingo. Llevaba en bodega alimentos en
conserva, agua dulce, ratas y gatos para comerse a las ratas,
y una mercancía humana que sumaba los trescientos. Olía a tedio
y disentería, a cuerpos amontonados, lamidos por el salitre. A
medio recorrido, el capitán empezó a sospechar que dos
esclavos, un hombre y una mujer, planeaban un motín. Para
curarse en salud, decidió hacer de ellos un ejemplo. Frente
a todo el barco, hizo que a ella le pelaran los miembros
a cuchilladas – murió con los huesos enronquecidos de
tanto gritar. A él, después de tajearle el cuello, ordenó arrancarle
el corazón, el hígado, las vísceras para que fueran picados
en exactamente trescientos pedazos. Abierto, expuesto,
sus brazos y piernas guindaban, moviéndose con el vaivén
del barco. Podía verse el árbol tembloroso que llevaba por
dentro, allí donde el cielo hundía sus raíces rojas.
Cada esclavo recibió uno de los trozos, carne
de su carne perdida. Cerraban la boca como
el mar se cerraba alrededor del barco, boca sin
garganta, sin labios ni encías. Los cuerpos fueron tirados
por la borda. Los recibieron los peces que, en realidad,
no hablan porque son sordos. Los vieron caer y no
se atrevieron a interrogar los ojos en blanco, las hilachas
de piel, las entrañas súbitamente libres. No preguntaron
sus nombres y, por eso, tampoco los sabemos nosotros.

XV
(Historia natural del escombro: cabezas)

La cabeza de Juan el Bautista esculpida por Rodin
en 1887 besa el plato sobre el cual descansa, como si
fuera un espejo o una ventana desde la cual se ve
el otro lado de la vigilia. De sus labios no cuelga
una sola bendición más: está cansado de hablar.
Ahora escoge sus palabras con cuidado, pero
necesita que alguien las extraiga de su boca, donde
están escondidas aguantando la respiración. En
su cabello blanco, veteado, se adivina el mar.

*

Frederick Wilhelm Murnau nació en 1888 y murió en
1931. A finales del año 2015 su cuerpo fue exhumado y
su cráneo removido en un cementerio ubicado cerca
de Berlín. Las autoridades creen que los ladrones mutilaron
el cadáver con el propósito de realizar algún ritual. Pero
ese rostro descarnado sólo puede hablarles del sonido
minúsculo que hacen los gusanos al devorar la carne,
cuando realizan su antigua tarea sacramental. Y del
silencio que se hace luego, la arena alojada en las
cuencas vacías y las fisuras, cada grano un punto de
noche sin domesticar. El tedio es lo único que se parece
a la eternidad: hace su trabajo con genuino amor por el detalle.

*

Contrario a lo que cuentan las historias, cuando
despedazaron su cuerpo y dispersaron sus miembros,
no lanzaron su cabeza al río. Decidieron conservarla
en un altar rudimentario: ahí estuvo por años,
pálida e hinchada, ojos en blanco, sangre endurecida
y oscura donde hubiera debido empezar la garganta.
Gente iba a verla desde lugares lejanos para hacerle
preguntas; esperaban que profetizara o cantara, que
ofreciera acertijos como monedas de un país
que nadie ha visto. Casi borrosa, la cabeza de
Orfeo no entona canciones, pero no por eso deja
de entregar algún prodigio: de la comisura de sus
labios brota, día y noche, un hilo de baba tenaz.

Extraído de Adalber SALAS HERNÁNDEZ, La ciencia de las despedidas, Pre-Textos, 2018. 

ub. la cruz del sur