Poética y narratividad en “Canciones de los Mares del Sur” (de Mariano Rolando Andrade) | por Sebastián Martínez Daniell

Sebastián Martínez Daniell (Buenos Aires, 1971) es escritor, editor y profesor universitario. Ha escrito las novelas Semana (Entropía, 2004), Precipitaciones aisladas (Entropía, 2010) y Dos sherpas (de próxima aparición). Participó además de las antologías de relatos breves Buenos Aires / Escala 1:1 (Entropía, 2007), Uno a uno (Mondadori, 2008), Hablar de mí (Lengua de trapo, 2010) y Golpes. Relatos y memorias de la dictadura (Seix Barral, 2016).
Este texto fue preparado para la presentación de Canciones de los Mares del Sur en el Museo de la Lengua y del Libro de la Biblioteca Nacional en marzo pasado.

La poesía no es realmente mi campo de experticia. No tengo, de hecho –debo confesar–, un campo de experticia específico. Pero sí he dedicado cierto tiempo al cultivo del campo de la narrativa. Escribí un par de novelas; edito libros: muchos de ellos de narrativa (novelas, cuentos, nouvelles, ensayos narrativizados); también me dedico a dar clases que se relacionan con ese campo de alguna manera.

De modo que cuando empecé a releer Canciones de los Mares del Sur con vistas a esta presentación (es decir, con cierto estrabismo: un ojo puesto en el texto de Mariano Rolando Andrade, otro en el horizonte de un segundo texto, este texto, aún inexistente, subsidiario), una de las primeras escapatorias que se me ocurrieron fue narrativizarlo. Narrativizar un poemario. Este poemario. Ya escrito. Encontrar en él las huellas de un relato oculto.

Y resultó, para mi sorpresa, un ejercicio fértil. Es decir: los poemas de Canciones de los Mares del Sur me fueron delineando una historia, me permitieron ir construyendo un relato. Ese relato, breve, o más bien el esquema, la estructura ósea de ese relato, su esqueleto, es el que quiero compartir. Quizás me pierda en alguna digresión, en algún rodeo. Discúlpenme: son vicios de novelista.

Empecemos por el protagonista de Canciones de los Mares del Sur. Porque este libro tiene un protagonista: el poeta de las manos rotas, se llama. Un protagonista que le es presentado al lector en el primero de los poemas, que se llama justamente “El poeta de las manos rotas”. ¿Qué le pasa a este protagonista en esa primera escena? Despierta. Eso es lo primero que le pasa. Dice el poema:

Desperté una noche
tras veinte años
y entendí el dolor.
Mis manos yacían
destrozadas
a golpe de martillo
sobre la mesa de trabajo

Ahí termina la primera estrofa de ese primer poema. Algunos versos más abajo, mientras mira sus manos destrozadas, el poeta se lamenta:

Ya nunca más
crearé versos, me dije.

Entonces tenemos un poeta que despierta veinte años después (¿de qué? No lo sabemos. No lo dice), ve sus falanges hechas pedazos e infiere que, con las manos así, su vida poética está acabada. Sin manos no hay poesía, piensa. Y eso nos podría disparar un primer indicio sobre el tipo de poeta que protagoniza este libro. Un poeta que necesita las manos para escribir. Otros poetas priorizarían la voz, el oído, la vista, incluso algún punto más indeterminado de lo orgánico (la sede del pensamiento, del sentir, del expresarse). Pero este poeta cree que para escribir se necesita, antes que ninguna otra herramienta, las manos. Es un poeta del tacto, un poeta de la sensibilidad.

Pero sigamos adelante con el relato. El poeta de las manos rotas se desespera porque ya no va a poder escribir, pero de inmediato se ilusiona con algún tipo de curación. ¿Adónde podría ir –se pregunta– a curar sus dedos? Recuperar los dedos es, en este caso, queda claro, recuperar la poesía. Y la respuesta a esa pregunta se la dan sus muertos: un panteón literario que el poeta elige como guías en su camino de sanación. Rimbaud es el primero que responde, antes que nadie: ¿Adónde ir para curar esas manos?, pregunta el poeta. “A los Mares del Sur”, le responde Rimbaud. Después se suman Stevenson, Conrad, Melville, London. Y todos, los cinco escritores muertos, le responden lo mismo: a los Mares del Sur. Sólo en los Mares del Sur la poesía puede ser recuperada.

Así empieza este relato escondido entre los versos de este libro. Un poeta con las manos rotas que, empujado por sus muertos, parte hacia los Mares del Sur con la ilusión de curarse y volver a escribir.

Y acá quiero hacer una segunda digresión… Recién decíamos que nuestra historia empieza veinte años después. Que el poeta despierta veinte años después… pero que el poema no nos dice qué fue lo que pasó dos décadas atrás, qué fue lo que lo puso a dormir durante veinte años. Ese primer poema está fechado en Buenos Aires, en octubre de 2016. En esa misma ciudad, o en sus alrededores, en 1996, es decir veinte años antes, Mariano Rolando Andrade publicaba Los viajes de Rimbaud, una novela breve en la que se relatan ocho meses en la vida del poeta francés. Así que, por lo pronto, despertar (o estar despierto) parece ser, para el protagonista de este poemario estar acompañado por Rimbaud. Aunque, como dice otro de los poemas de Canciones de los Mares del Sur:

Siempre volvemos a buscar a Rimbaud.
Lo deseemos o no.

Rimbaud es, ahora que La divina comedia ha vuelto a ponerse de moda, el Virgilio y también la Beatrice del poeta de las manos rotas. Es quien lo guía pero es también su faro, el que lo ilumina. “Soy verdaderamente de ultratumba”, escribió alguna vez Rimbaud. Sólo se puede ser de ultratumba en contacto con los vivos. En esta historia, en la historia del poeta de las manos rotas, Rimbaud es más de ultratumba que nunca porque no deja de estar vivo en ningún momento.

Aunque acá se impondría otra pregunta. ¿Es el poeta de las manos rotas Mariano Rolando Andrade? Claro que no. Pero para explicar eso vamos a necesitar de la ayuda de otro de los poetas muertos invocados: Stevenson.

En su curso de literatura europea, Nabokov dedica una clase a El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde. Y demuestra con unos gráficos muy ilustrativos que, contrariamente a lo que se piensa con algo de atolondramiento, Jekyll y Hyde no son opuestos. No es que uno representa lo bueno y el otro la malevolencia. Hyde, dice Nabokov, es una parte de Jekyll, no su contracara. Hyde es lo que queda de Jekyll si le quitamos lo civilizado, lo apolíneo, lo recto, y dejamos sólo aquello que permanece reprimido por la sociedad victoriana: el desborde, lo pulsional, lo irracional. En fin, esta tercera y creo que última digresión es sólo para decir que el poeta de las manos rotas no es Mariano Rolando Andrade. Es una parte de Mariano Rolando Andrade, una sustracción, una sustracción felizmente poética.

Pero me estoy acercando peligrosamente a la poesía y ya dije que de eso no entiendo mucho. Así que retomemos el relato escondido en este poemario. Decíamos que emprende el camino nuestro protagonista: “Ahí va / déjenlo solo. Es el poeta de las manos rotas”, dice la gente cuando lo ve partir. Y el poeta se va. Empieza su viaje por los mares del sur: Yakarta, Ubud, Darwin… Y en un momento, nota un cambio el poeta. Algo se ha modificado. Dice el poema “Travesía”:

Las manos
dejaron de sangrar.
Los dedos
sostenían el lápiz con dolor.

Algo del orden de la sanación ha comenzado a operar. Ya no hay sangre. De a poco las manos rotas del poeta se están regenerando. Y más tarde, cuando el poeta ya está en Melbourne, el proceso, la resurrección, se completa. El poema se llama “Arte de navegar” y empieza diciendo:

Ocurrió una mañana,
las manos habían sanado.

Eso dice. E inmediatamente también dice que, con la sanación de las manos, el poeta ha recuperado el arte de la navegación. Y más aún: a partir de ese momento, el poeta pudo dejarse ir, las distancias se esfumaron.

Con la recuperación de la sensibilidad, la poesía se vuelve oceánica, inabarcable. Porque es también inabarcable la deuda que el poeta de las manos rota tiene ahora que pagar. Los muertos le devolvieron sus manos, le mostraron el camino para que recuperara su don y ahora, que ha recuperado la poesía, deberá recorrer los mares para rendirles tributo. A Rimbaud, por supuesto, y a Stevenson, a Melville, a Conrad, a London… A todos ellos les tiene que ofrendar lo mejor que tiene. Y lo mejor que tiene es la palabra.

El resto del poemario es el diario de ese inmenso y conmovedor homenaje del poeta viajero a sus predecesores. Quizás se entienda mejor al leer “Sandroings”, otro de los poemas de este libro, uno de mis preferidos:

Dichoso aquel
Que puede sentarse a recorrer la arena
Con la yema del índice y el mayor
Para relatar la historia
De sus antepasados
Sin detenerse a recordar
Ni olvidar un solo trazo.

Las manos del poeta siguen su curso en este poemario: hay manos que se hunden en la tierra reseca, hay manos que niegan la muerte de Ofelia en el corazón del Pacífico… la historia –podemos decir– sigue. Pero prefiero detener este relato en esa dicha, la de haber recuperado las manos y con los dedos de esas manos escribir sobre la arena la historia de los antepasados. La historia de Conrad y Stevenson, de Rimbaud y Melville. Me parece mejor terminar este relato en esa dicha, en la alegría del poeta que celebra su reencuentro con la poesía. Que es también maravilla también del lector de estas Canciones de los Mares del Sur cuando experimenta un reencuentro similar. Ahí podría terminar esta narración arrancada a los versos del poeta de las manos rotas, escritos por Mariano Rolando Andrade.