El poema negro • Claudio de Alas


El mito del poeta Claudio de Alas (Jorge Escobar Uribe, según su partida de nacimiento) comenzó el 5 de marzo de 1918, día en que se suicidó de un tiro en la casa de un amigo pintor inglés, Stephen Koek Koek, en Banfield, en los suburbios de Buenos Aires.
Había llegado a la capital argentina en diciembre de 1917 “a vencer o a perecer”, procedente de Chile, donde su obra había encontrado eco con varias publicaciones y un premio. Pero la suerte le fue esquiva desde un inicio en Buenos Aires y no dudó en matarse con apenas 32 años.
De Tunja, capital del estado de Boyacá en Colombia, su derrotero previo lo vio pasar por México, América Central y Perú, según su compilador testamentario Juan José de Soiza Reilly.
Poeta maldito, De Alas nos remite a Edgar Allan Poe y Baudelaire, así como también a Rubén Darío. El cansancio de Claudio de Alas recopila sus trabajos poéticos, de los cuales presentamos aquí dos textos.


El poema negro

Cuando moría, me enlazó en su brazo,
cual un reptil de palpitante raso;
y con voz afiebrada y lastimera,
me dijo que cual última terneza,
y en recuerdo de toda su belleza,
me dejaba su blanca calavera…

Que robara a la hambrienta sepultura,
ese último jirón de su hermosura,
que una lívida amante me sería,
y en mis horas, alegres o de duelo,
su alma, descendiendo desde el Cielo,
al través de sus cuencas me vería…

Pasa el tiempo… El ave silenciosa
del recuerdo voló sobre su fosa,
llamándome a cumplir aquel pedido,
que cual lúgubre flor de sus amores,
me dejó en los postreros estertores,
temerosa a los lutos del olvido.

Y era una noche. Oscuridad y viento;
la lluvia desgarrando el firmamento;
batida en sus ramajes la espesura;
los jardines tronchados y barridos;
y del mar, el estruendo y los rugidos,
resonando a lo lejos con pavura…

Ardiente el corazón, los miembros yertos,
escalé la muralla de los muertos;
y pensando en la súplica postrera
de esa lívida novia del Misterio,
me perdí en el profundo cementerio,
porque iba a robar su calavera.

Por las calles desiertas y medrosas,
buscando en los letreros de las fosas,
llegué hasta su sepulcro solitario.
El viento en los cipreses sollozaba,
y la lluvia, furiosa, me azotaba,
cual queriendo arrojarme del osario.

De una lámpara sorda, bajo el brillo,
su mármol quebranté con un martillo.
Cual fatídico abismo, negro y hondo,
de la tumba la puerta entenebrida
abierta contemplé… De entre su fondo,
brotó una bocanada corrompida!

Y en lo profundo de la negra caja,
entre blancos jirones de mortaja,
la miré desleída y pestilente:
sepultadas sus formas y sus manos,
entre olas hirvientes de gusanos
que tragaban su carne lentamente.

En sus sienes, mechones de cabellos,
sus ojos ¡ay! como ninguno bellos,
convertidos en cuencas pavorosas;
en su boca, que fue roja granada,
una muda y horrible carcajada,
y su pecho en piltrafas asquerosas…

De su belleza, que radió cual astro,
no había allí tan siquiera un rastro.
Era un informe y corrompido andrajo.
La miré contristado, mudo, inerte:
medité en los festines de la Muerte,
y me hundí en el sepulcro abierto a tajo.

Temblorosas, tendiéronse mis manos
al inmenso hervidero de gusanos.
Busqué de la garganta las junturas:
nervioso retorcí… Hubo traquidos
de huesos arrancados y partidos…
hasta que hollando vil las sepulturas.

Huí miedoso entre las sombras crueles,
creyendo que los muertos en tropeles,
levantaban su forma descarnada
corriendo a rescatar su calavera,
esa yerta y silente compañera
de la lóbrega noche de la Nada…

Eso pasó… fue ayer… Hoy, en mi mesa,
cual escombro final de su belleza,
helada, muda, lívida e inerte,
sobre mis libros en montón, reposa,
cual una gigantesca y blanca rosa,
—que ostentase la risa de la Muerte.—

Sus grandes cuencas, como dos cavernas,
me contemplan inmóviles y eternas.
Atónito, al mirarlas, me figuro
que su alma tal vez huya del Cielo,
para triste, silente y con anhelo,
mirarme allá, desde su fondo oscuro.

Entonces con amor llego hasta ella,
y cual si fuera, cuando viva y bella,
por sus huesos, mi mano se desliza:
siento de ansia el corazón opreso,
y en el instante en que le doy un beso,
me encuentro ¡ay! con su macabra risa.

Y allá, de la alta noche, cuando escribo,
ante su faz sintiéndome cautivo,
me parece que se abren sus quijadas,
y que en frases muy tiernas, temblorosas,
me pide que le diga blandas cosas,
como en noches amantes y borradas…

Y soñando, la veo transformarse
en la bella de entonces, y acercarse…
y sentirme yo suyo… y ella mía…
Más, al instante mi pupila advierte,
que no es sino la imagen de la Muerte,
que me contempla extática y sombría.

Ya llevan mucho tiempo estos amores…
Es ella quién conoce mis dolores,
los sueños todos de mi vida entera…
Ella me da la desnudez que viste,
y yo el cariño de mi alma triste,
teniéndola de novia hasta que muera.

Y cuando rompa de la Vida el lazo,
cual ella a mí, la enlazará mi brazo,
y antes que en mi redor todo sucumba,
le diré como frase postrimera:
—Acompáñame, pobre calavera,
acompáñame, amada, hasta la tumba!…

Y la Muerte así dijo

A Ramón Huneus García Huidobro: al
artista, al pensador, al amigo sin traiciones.

En la cumbre más alta
del fantástico monte,
destacóse la Muerte
y miró el horizonte…
Su siniestra silueta en la tarde resalta,
como trágico engendro de la cumbre más alta
del fantástico Monte.

Nada turba el espanto de sus cuencas obscuras:
de sus huesos desnudos el crujido se escucha,
y prendida a las rocas, desoladas y duras,
mira el choque tremendo de los hombres en lucha…
De la escueta Montaña en el agrio escondrijo,
aparenta la imagen de un feroz Crucifijo
que el terror de la tarde con sus cuencas admira…
Pone oído al combate…
y entretanto que el viento a sus plantas se abate,
se estremece y suspira,

Y la Muerte, así dijo:
“Hace tiempo esperaba estos días triunfales
del festín de la Sangre!
Se asesinan los hombres como fieros chacales
poseídos del hambre…
Nada calma su ira…”

…Y la Muerte, en la tarde, se estremece y suspira.

Mientras tanto la lucha, en el llano se advierto.
El crepúsculo avanza.
Y, prosigue la Muerte:
“¡Cuan feroces los Hombres!
Su pisada, Yo asedio,
y al mirar cómo ruedan, les prodigo el remedio
de mi lívido Beso, acendrado de amor…
¡Cuan feroces los Hombres!
En la guerra alevosa
que a los pueblos destroza,
el cansancio me aplasta…
Mi Guadaña mellada
no resiste una brega
tan terrible v tan vasta!”

Se contraen sus manos y parece que ruega…
Y, exclama en el silencio:
“¡Ya me siento cansada!…”
Y la Muerte, en las rocas, macilenta y colgada,
solloza un desaliento…
A lo lejos rechocan, con furor, las espadas:
y cual eco espantable de la inmensa jornada,
en el Monte blasfeman con angustia los vientos.

Extraído de Claudio DE ALAS (Jorge ESCOBAR URIBE), El cansancio de Claudio de Alas, Ediciones Modernas, Buenos Aires, 1944. Presentación y selección Mariano Rolando Andrade para Buenos Aires Poetry, 2018.