Cuaderno de Yorkshire • Juan José Rodinás

Juan José Rodinás (Ambato, Ecuador, 1979). Ha publicado Los rastros (2006), Viaje a la mansedumbre (2007), Barrido de campo (2010), Código de barras (2010). Cromosoma (2010), Estereozen (2012), Anhedonia (2013) y Kurdistán (2017). Además, ha reunido su trabajo en antologías personales como Los páramos inversos o 9 grados de turbulencia interior. Recopiló -junto con Luis Carlos Mussó- el libro Tempestad secreta. Muestra de poesía ecuatoriana contemporánea (2010). Publicó como traductor el libro Una rosa natural. Veintinueve poetas norteamericanos. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Poesía Joven La Garúa 2007, el Premio Festival La Lira 2013 y el Premio Margarita Hierro 2017. Actualmente, finaliza un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Leeds. 

 

Estos poemas pertenecen a Cuaderno de Yorkshire (I Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro) – Fundación Centro de Poesía José Hierro. Pre-textos, Poesía, 2018.

Antibalada de un hombre que mira el River Aire

En mi país, las mujeres de helio se elevan por el cielo.
En ocasiones se llaman Dinah o muchacha que extrae
pastillas de los árboles que le crecen en el carrusel del pecho
y los obsequia a la gente que no sabe soñar en globos amarillos.

En mi país, el universo cabe en la mano de un mendigo
que explica su pobreza con la casa que no hay en su mano.
Un carnaval de partículas se mueve sobre su palma.
La gente cruza la calle y deja unas monedas en un cesto.

Aquí, el río Aire no crece para que alguien lo mire
sino porque el tiempo persigue sus detalles en mandalas de nieve,
un dictado de pétalos de agua suspendidos del tiempo.
Aquí, es necesario el orden, la simetría, el equilibrio.

Todavía no dibuja el invierno, pero pueden mirarse varias huellas,
en futuros antiguos, sobre la piel del agua.
Son 8 de la noche y miro las estrellas de incógnita
en un país de amaneceres negros y casas victorianas.

Un pozo y la luz sobre una cancha donde juegan fútbol.
El mastodonte del movimiento eterno
es una ambulancia que se lleva a un inglés a mejor vida.
Al menos así parece ahora que lo sacan del hospital
con un amor secreto y silencioso.

Esto no es un espectáculo. Si te quedara algo de humano dirías:
esa luz del gorrión que come un tiesto de semillas.
¿Cuántas cosas horribles suceden sin que el gorrión se entere?
(Imitaciones de realidad- diría el naturalista ebrio).

Tampoco tú te enteras. Aunque aprecias el milagro de la física.
El otoño en Yorkshire dispone la mente en un papel periódico.
I don’t know how to say this- le digo al vendedor,
señalando un paquete de espinacas.
El Río Aire está a dos cuadras.
Yo camino hacia el puente donde los niños tiran
pequeñas latas hacia la carretera.

El cielo de York (mi historia personal es una rosa de agua)

Hace décadas por aquí pasaba un panadero y era yo.

Y un herrero se lavaba las manos en sangre de girasoles
y se me parecía un poco.

Un señor ofrecía panderos a los niños
y se tropezaba por mirar el cielo y se parecía a un amigo alegre.

El ejército rojo y un obispo ortodoxo bautizaban castores
y muchachas de ojos platinados
y era una fiesta roja como mi propia vida.

Los obreros tocaban una trompeta vieja
y los niños leían libros escritos sobre tréboles de agua.

Sí, todo eso ocurre cuando estoy en silencio.
Alguien recoge un corazón de madera
y lo coloca en mi pecho y me pongo a cantar
como si tuviera trescientos años y un minuto de vida.

Un fin de año en Edimburgo

¿Hay alguien tras esta fotografía?
En lo profundo del sueño, yo permanezco inmóvil.
Busco lo que me queda y es una foto extraña:
los trabajos del frío que propagan la luz del cielo ártico.

Los fuegos artificiales trabajaron
en el oficio del deslumbramiento
mientras yo permanezco inmóvil
(con la cabeza quieta)
y suena la música electrónica de las últimas décadas.

Y un gorrión imagina. ¿Qué imagina?
(Medianoche del mundo, hora ideal para leer periódicos de agua).
Junto a un puente, la estación de trenes
se mantiene cerrada por las noches,
mientras caballos fantasmas atraviesan los rieles.
Allí, nadie puede dormir y caminamos por antros bulliciosos
y pasillos extraños y tiendas de hamburguesas.
No tengo lentes, estoy cansado y pienso
en el museo literario de la ciudad helada:
Stevenson, Scott y, sobretodo, Robert Burns,
el poeta enigmático,
salvaje como las olas,
sorbiendo algún whisky escocés (no demasiado caro).

Los fuegos artificiales silencian un corazón de cristal
mientras las piedras, como botones de una camisa vieja,
dibujan un castillo para mirar el mar
más irreal y absoluto que he sentido.

Una noria gigante me pregunta
si estos dibujos que se rompen tras todas las ventanas
llevan las piezas de mi alma en alguna dirección que yo comprenda.

Esta noche en que piensan que yo soy un mendigo
es quizás la última noche serena de mi vida.
O quizás en el Castillo de Ilusiones de la Camera Obscura
sobre la calle Castlehill, entre juguetes y máquinas,
se queda el fragmento más útil de mi alma:
una foto que dibuja un espectro vacío
que sigue a los caballos, a donde ellos van.

Rapsodia del pub Turk’s Head

Yo solamente he narrado mi estrella.
Mi casa es tu casa y también del viento.
Amargo, nada es mío, excepto:

1. Un campo de trigo en una estrella distante.
2. Bob Dylan acostado en ese campo.
3. Bob Dylan entonando la canción del final de los tiempos.

El médico me dice:
Creo que vives en una escena imaginaria.
Creo que vives en una célula degenerativa.
Como esos productos congelados
que, de pronto, se ponen en el microondas:
y resultan magníficos.
Pero no vienen de ninguna parte.

Cambias de lugar:
¿De dónde vienen tus sueños, sino de esas latas
que alguien abre dentro de tu mente?
Alguien proyecta la estrella: un holograma.
Alguien proyecta la casa.
Alguien proyecta este hombre que escribe
dentro de la casa bajo la estrella: un holograma
que escribe una serie de objetos destruidos.

También tú: a menos que uses una tijera
para explorar tus límites
y deduzcas que puedo estar equivocado.

Llevas una montaña
entre el corazón y la cabeza.

Cambias de lugar:
y la montaña es tu madre
y la montaña termina.

Lloras con la cabeza enterrada
y es irónico:
la realidad es borramiento
de cosas que se pliegan,
mientras el universo se destruye.
Algo que simplemente está tardando.

En la casa, en esta habitación sin casa,
hay un niño que reclama
su lenguaje roto:
lo busca en el lugar donde todo se ha ido.