“Aguas con corrientes múltiples” • Poetas del Caribe colombiano nacidos en las décadas de los 80 y 90 • por William Jiménez • Parte I

Aguas con corrientes múltiples
Poetas del Caribe colombiano nacidos en las décadas de los 80 y 90

Por William Jiménez

Creo que fue Cobo Borda quien dijo que la poesía colombiana se encontraba inédita, pienso más bien que se encuentra en la marginalidad, estado que ha sido sumida por las editoriales, y un círculo cerrado que han establecido los poetas del centro, en ese juego de elogios y aplausos recíprocos del panorama literario, de la juerga mediática, del contrabandeo de dádivas del poder, mejor dicho en la periferia de las regiones, como todo hecho político en este país; es allí donde la poesía que se escribe en los departamentos que conforman la región Caribe de Colombia (Atlántico, Bolívar, Cesar, Córdoba, La Guajira, Magdalena, San Andrés y Providencia y Sucre), configura un hecho político entre centro y margen, un radical encuentro de estéticas, recordemos a Verlaine :“El poeta como campo de disputa”, por eso toma relevancia esta selección de poetas nacidos en la década de los 80 y 90 para establecer una lectura insurrecta, cada uno lleva sus tradiciones acuestas (Culturales, musicales, poéticas, etc.) para no cantar la misma tonada, la misma sinfonía desgastada del poema como decoro, la misma pose anticuada, sino que sale del corral, y planta un lenguaje inédito que va más allá del lugar común como región de mar , sol y brisa, de la postal turística, sino en el fulgor del decir “las aguas con corrientes múltiples” como pensó Jacques Dupin.

ELIANA DÍAZ MUÑOZ

Barranquilla, Atlantico (1987). Magíster en Literatura Hispanoamericana y del Caribe de la Universidad del Atlántico. Docente de literatura de la misma institución. Pertenece al Centro de Estudios Literarios del Caribe (CEILIKA). Algunos de sus poemas aparecen publicados en Revista Viacuarenta y Casadeasterión. Ha participado en el Coloquio sobre la diversidad caribeña, en Casa de Las Américas, La Habana, mayo de 2012; en el Festival de poesía de Barranquilla Poemarío, en 2012 y 2013; y en el Encuentro internacional de mujeres poetas en Córdoba – Colombia, 2008.

Leo a Marina Tviestaieva en un aeropuerto

Leo a Marina Tviestaieva en un aeropuerto
leo mientras espero
Tengo veintiséis años
Marina tendría al menos unos cuarenta
cuando se quedó sin hijos
sin marido,
sin amigos
sin nación
pero no sin poesía
La poesía era precisamente lo que no perdía
La poesía es todo lo pierdes:
un botón, una moneda, un billete,
la sonrisa
leo y sus palabras me ahogan
no caben en mi boca
y tengo que morderlas
Las palabras de Marina pesan
saben a bosque y a centeno
Recuerdan los besos torpes que
mi lengua anticipa
esquivo su amargor
Marina duele mucho
en esta hora constante de nieblas
de pasos extraños en lenguas extrañas
¿qué hay entre ella y esta que soy ahora mientras leo?
En esta hora
de vuelos
desprendimientos
desgarros
Amo secretamente a Marina
Soy cómplice de su palabra
Soy tan vieja
-de querer está cansada mi cabeza-

Séneca y las sentencias

Teme a los pequeños dioses
su pequeña medida de justicia:
su piel recordada a la sombra
de un violento resplandor
a la piel irascible que habrás tocado con cierta alevosía
Teme, pequeña,
y deja que un manto de torpeza cubra tu falta
con dulce premeditación

Poemas con batallas
Amo los poemas con batallas
batallas navales
donde la luna desgrana el pecho del enemigo
y fieros cañones avanzan
hasta las bocas pequeñitas
donde los más fuertes
escriben a sus mujeres no volveremos

A veces el mar arrastra sus gritos
al borde ciego de la página
También allí fantasmas
que cantan, combaten, se resignan
y abandonan
el blanco lugar de los estrépitos

Lección de albañilería

Robinson De la Hoz, maestro de obra,
dice
que si una pared se descascara
y va mostrando pronto la grieta
mejor descubrirla
mejor rasparla
mejor machacar hasta la última piedra del cimiento
mejor arrancarle las honduras
mejor desechar la tierra
hasta la mano misma
de un soplo borrarla…
y volver a construir.

Tratado del tiempo y la caída

Piensa en una mano de siglos que te cruce la espalda
en un vientre que se abra
con profundidad y eco
Luego, pregunta por el tiempo
que abraza la caída:
una línea huérfana de puntos donde sostenerse

Te colman la boca
palabras de ceniza

AYRA ALEJANDRA IZQUIERDO LÓPEZ

Nacida en Cereté-Córdoba, 1994. Poeta y licenciada en Español y Literatura de la Universidad de Córdoba. Directora del taller literario “Raúl Gómez Jattin” de Cereté. Poemas suyos han sido publicados en la revista “Junta Letras”, en la antología 2011 y en la antología “Nuevos narradores y poetas del caribe colombiano” de la Red Nacional de Escritura Creativa RELATA del Ministerio de Cultura, en la revista Mallarmargens de Brasil, donde fueron traducidos al portugués; así mismo, en varias antologías del Encuentro de Mujeres Poetas de Cereté. Ha participado en diferentes talleres y encuentros literarios en el país, como también miembro activo del ENCUENTRO NACIONAL E INTERNACIONAL DE MUJERES POETAS, evento que reúne a destacadas voces de la poesía nacional e internacional.

SOSPECHA

No es grato ver la miseria de verdes y frondosas hojas.
Tampoco deseable vivir bajo estas ramas de acero y cuchillos
que apuntan a la vergüenza.
Un pájaro lejano vislumbra la pena encerrada;
es lamentable verlo caer sobre sus alas.
La mañana acabó con el vuelo de brazos
que dormían sospechando el ruido eterno de la alondra.
La culpa y la esperanza llenan el vacío.
Es infalible que soñarán en almohadones con plumas diferentes,
ciegas ante razones y al fin juntas…
Es visible ahora esta única y desatinada manera.

DESDE LA VENTANA

Desde la ventana puedo atisbar la brisa nocturna que reposa en el cemento.
Sé de su cansancio y me apena el poco sudor de mi frente.
No conozco de los pasos que recorren el jardín de esta casa;
Presiento que las flores, por su gesto,
Extrañan las espinas que mutilaron sus cuerpos.
Ahora hay una esquina del patio que ignora otros espacios,
Porque ha muerto, al igual que el jardín, en su propia sangre.
La mañana envejece y no trae algo distinto,
Me ha engañado diciendo que es un nuevo día y me procura menos tiempo.
Soy un ojo en el mar,
Puedo ver la humedad de otras aguas.

I

¿Desde cuándo el miedo dejó de esconderse tras las sombras del espejo?
Me pregunto mientras el mar balancea sus muertos
y humedece las orillas de mis pies descalzos.
¿Hasta dónde puede llegar la máscara de un acto sin provocar daño?
Los ruidos más intensos son los más silenciosos;
No porque la marea de estas aguas sea a veces leve
Y cuando le apetezca turbulenta,
Sino por sus pocas huellas en la arena
a pesar de tanta tempestad.
¿Será que la guerra es un invento y yo uno de sus muñecos mutilados
por la idea creada de otros?
Es posible que esté viva, pero cargando con un peso ajeno
Entre mis manos de algodón.
Tal vez sea yo el invento, y la otra: la ingrata,
La indolente, la mezquina, acapare hasta la voluntad
De los títeres que completan la escena.
Hay una sola cosa que no he comprendido:
si soy la sombra del espejo, la máscara
Y un muñeco que ha pedazos lo ha perdido todo,
¿quién acabará mi voluntaria y feliz muerte?

II

Las hojas se alimentan de aire
Y cada árbol despierta con la agonía de su propia raíz.
Dura es la tierra que soporta mis ramas
Y grande es la huella del oxígeno
que se ha perdido en el suspiro que deja ese viento.
Encontrar la luz de este camino tal vez sea
El final de la duda,
Pero después de eso, ¿qué nos queda?
¿Acaso las inquietudes habitan en la cúspide
porque nos sostiene la existencia a la inversa?
Es cuestión de mantener la apariencia implacable que nos blinda,
Sólo de esa manera enfrentaremos la opacidad de los demás rostros.

SOMBRA DE LA ILUSIÓN

El fugaz acompañante deja a la piedra
ausente de su más hermosa esquirla.
La gota de piedad que penetra hasta su más
infinito punto de emoción muerta,
deja algo de ganas.
De qué?
De sentirse solo entre tanto mundo,
aunque desee,
con todo el cuerpo y los ojos,
estar al menos con ese pedazo
de dura agonía que es;
con ese enfermo vicio de no querer
ver una última imagen de su sombra,
marchita ahora,
por la nueva ilusión.

ESPERA

Sigo el camino de las hojas y aún no encuentro otro árbol que me refugie en su sombra.
El sol es ahora un abismo que salva los gestos y condena la palabra.
Ser muda es lo único que me mantiene en la sequía del verano.
Estar a la espera se ha convertido en la humedad de mis raíces…
Soy árbol y busco árbol. Quiero agua pero encuentro lagos secos que también esconden su sed.
Sólo puedo extender mis ramas, recibir la fuerza del viento y darme cuenta que no es fácil estar viva con el peso de estas cenizas que me habitan.

ANNABELL MANJARRÉS FREYLE

(Gaira, Colombia. 1985). Periodista, poeta y narradora. La Gobernación del Magdalena le concedió el primer lugar en poesía y el segundo en cuento en el Concurso de Poesía y Cuento Joven 2013. Es Premio Nacional de Cuento Bueno y Breve, de la revista El Túnel, de Montería, 2015, certamen que ganó con el texto El hombre en su jaula. Autora de tres poemarios inéditos: Espejo Lunar Blanco (2010), Óleo de una mujer acosada por el tiempo (2013) y Animales invertebrados (2017); este último trabajo ganó el premio internacional de poesía Voces Nuevas de Ediciones Torremozas (Madrid, España), 2018. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, al catalán, al francés y al italiano, y figuran en diversas antologías nacionales e internacionales.

Una soledad anfibia

Una mañana puede desprender
las cáscaras de la que ayer suspiró y lamentarse bajo las sábanas.
Se pone de pie una máquina de carne sin el fantasma orgulloso,
renunciando al sueño unos minutos más
bajo las sábanas, bajo el tapete, bajo una culpa desconocida.
Al lado, en la mesa de noche,
una tacita sin té ni tinto te abre los brazos y dice:
“Sube la roca hasta lo más alto, pequeña Sísifo”.
Sabes que a nadie servirá ver una roca en la cima
pero los dioses obligan.
Sobrescribir tu nombre encerrándolo en un círculo
no devolverá a la que ayer suspiró.
Tu nombre es tu vestido,
tu apellido, tu chaqueta:
Annabell Desnuda Manjarrés Freyle.
Y, por supuesto, tus zapatos no son tu destino,
pero pueden andarlo.
Has visto adormecer el tiempo,
oh sí que lo has visto:
el cuerpo virar hacia un rincón,
en el intento de reconstruir los discursos de la que ayer suspiró.
Y quien hoy suspira suplica dormir todas las ganas de volver
y adormecer el deseo infantil
proyectado en sábanas acogedoras
e ilusiones portátiles.
Sería más fácil acostumbrar el deseo a lo próximo o aniquilarlo
para que los días de agua o de tierra sean excelentes.
Tender la cama, en todo caso,
será como vestir el nombre
de quien a solas recibe tu cuerpo.

Una desempleada

Caen de los árboles gotas de las lluvias de ayer.
Sentada en una banca oigo la conversación
ilustre de los pájaros.
Busca oficio, dicen mis colegas serviles y encorbatados:
No todo lo que tiene garras vuela, respondo.
Las nubes de Santa Marta esconden el sol en Escorpio
mientras la luna es una impostora:
la tuerta y felina mirada de la noche.
En mi espalda se arrugan unas saladas plumas de ángel:
deberían saber del torpe crepitar de estos tiempos.
Sigo esperando, sin suplicios, una ayuda mundanal.
La nicotina prometió calmar la imaginación,
los albores indigestos.
He perdonado al cielo por esconder el coraje de noviembre,
he levantado la mano a todo signo de autoridad.
Para absorber la alegría del viento
no basta con bostezar:
es más honesto creer en las motivaciones del aire,
en el periódico levitando en la Calle Veinte,
en el danzar de los trupillos en una plaza testimonial.
Doblemente eficaz para saltar las aguas negras,
gano tiempo raspando
los números de mi cédula como en una lotería.
Esta ciudad en remojo niega
el juego tramposo de mis afanes.

Ciudad del tiempo perdido

Compartiremos el desayuno con las moscas
leeremos los titulares rojos y los amarillos
juntaremos nuestros odios frente a un pick up
devolveremos al mar lo que la vida nos trajo
construiremos sobre pesados sueños
excusas de fantasía
nos levantaremos a ocupar lugares
y claudicaremos ante las sátiras
procrastinaremos hasta que la vejez nos agrie
añadiremos sabor a lo que nos sabe a certidumbre
responderemos No sin que nadie al otro lado nos pregunte apenas
olvidaremos el solsticio por obviedades
nos alzaremos para ponernos la camisa
preguntaremos a Dios por qué el domingo y no el lunes
escupiremos al suelo palabras redentoras
amaneceremos sin saber para qué o hacia dónde
haremos ruido sin decirle a nadie
almorzaremos la carne blanda de una vaca anónima
soñaremos con símbolos inútiles
desconoceremos para siempre su significado
volaremos sobre las ruinas de la tradición
escucharemos canciones repetitivas
bailaremos tales canciones hasta perder el gusto
caminaremos distancias preconcebidas
ayudaremos solo al que nos ayuda
oleremos de las flores su fragancia sobre la mesa
lamentaremos la sobriedad en fiestas decembrinas
sacaremos de la nada nuevas promesas
las sepultaremos en un libro al consumarlas a medias
enmoheceremos la noche con sueño prematuro
estrellaremos contra las rocas el futuro de hijos ajenos
venceremos el tiempo remojándolo en cerveza
“cooperaremos incondicionalmente con lo inevitable”.

He perdido las palabras…

He perdido las palabras.
Ya no las sujeto en mis puños.
Se me fueron en una mala impresión
y con la salud de un cerebro sin verdes lagunas.
Ahora no tengo cómo interpretar este encierro.
¿Cómo traducir la fluidez?
¿Con qué defenderé la alegría cuando abundan
los poemas tristes?
¿Cómo nombrar la indignación?
¿Dónde están las palabras cuando la sorpresa
me trae valles amplios, alegorías de libertad y
tierra negra para sembrar mis terquedades?
¿Podré acaso enumerar mis obsesiones?
¿Dónde está la palabra en castellano
que limite con los bordes de la palabra “imposible”?
¿Es la palabra “sueño” la llave, la puerta, la ventana?
¿Son las palabras la piel donde duermen los descubrimientos?
¿Por qué se han ido adonde no he podido ir a recogerlas?
Esta parálisis es por no poder utilizarlas.
Están allá, en alguna parte, conversadas, transgredidas,
sepultadas en manuales técnicos, en libros novísimos
o en algún entierro sufí.
¿Por qué no las retengo en la mente, en los ojos, en mi pelo
que tanto me habla mientras duermo?
Se me han ido las palabras en numerosos exilios,
me abandonan y las lloro.
Ruego por ellas,
ruego golpeándome la cabeza.
Me culpo como una víctima insegura de su tragedia:
me culpo por haberlas olvidado.

Presagios desafortunados

Se me aproximan vientos que derribarán
las jactancias de aves peregrinas.
Se me aproximan como hordas enemigas
o como la neblina buscando
el oxígeno templado que aún soy.
La naturaleza va cayendo
al abisal que abona la suerte de la tierra.
Y todo cuanto observo cae
como hebras de mi pelo en el sifón,
o como las fragilidades de enero.
Ya no soy más la flor ruborizada y húmeda,
con sus pequeños mundos cristalinos
rodando sobre los pétalos.
Ahora solo está la calle movediza,
con un mecedor esperando en la carretera
las tonalidades del destino en el semáforo,
y esta sensación espesa
de temeroso lenguaje.
Presumo que es sucesivo.
Otro terreno dudoso que sube el asno
con ingenua perseverancia,
y que en medio del camino
sabrá desplegar sus alas de dragón:
como las gárgolas,
que todo lo ven y nada saben.
Porque al llegar a la meta
quemará puentes y olvidará trochas,
para no verse nunca vencido
por la tentación de regresar.

El canto del Minotauro

Ser un espejo frente a otro espejo,
la virtud de los seres infinitos.
Y juzgarse infinito en el propio reflejo
revela verdades obsesivas.

Certezas que, involuntarias,
abren puertas insostenibles
de las que solo es posible encontrar respuestas
en la generosidad de los sueños.

Es mi deber esperar a Teseo
para dormir las formas de mi angustia
y encontrar, por intuición de un dios,
la puerta de las epifanías correctas.

¡Cómo no entender que los anaqueles
son las ventanas de Creta!
Yo solo sé que es de noche porque me hago viejo
y mis ojos apenas tientan de Ariadna
su mítica belleza.

Ariadna, Ariadna:
tal vez nunca recuerdes
que fui yo el que te liberó
de los laberintos
de una biblioteca de Buenos Aires.

GUILLERMO ENRIQUE PALENCIA MENDOZA

Nació en Valledupar 1980. Licenciado en matemáticas e informática de la Universidad Popular del Cesar. Candidato a Magister en Docencia de la matemática en la Universidad Pedagógica Nacional. Ha publicado en la Antología Yuluka 2010. En la Actualidad trabaja como docente del distrito capital en la ciudad de Bogotá.

LA MALDICION DE LAS COSAS INUTILES

Escribo palabras perdidas
Que van al vals de la nada
Escribo para ganar una apuesta
A los segundos con que la velocidad
De la vida me lleva

Escribo para animarme y mirarme
Como un hijo del tiempo
Extraño o embriagado por las cosas
Inservibles que son proferidas por mi boca
Escribo a mi vieja alcahueta que es la noche
Cuando se viste de su traje de estrella
Cuando por su rostro resbala
La lagrima de la luna

Escribo para liberarme de mí
De la maldición de ser
De la embriaguez de estar vivo
Para un fallido testamento de mis pasos
Para acariciar la silueta del humo
Que huye de una taza de café

Escribo para perder el tiempo
Para esa magnífica sensación
De hacer cosas inútiles
Para darme cuenta que nada
Hago, que estoy irremediablemente
Roto, que a veces mi boca
Se llena de injurias, de palabrerías obsoletas
De trapos de verbos enfermos

Escribo para ver si tienes
Algo de tiempo para perderlo
Conmigo leyendo
Estas palabras que se acomoda a la fuerza
De un rio que me inunda
Y que quiere liberarse de mí
Que quiere salir de la maldición
De mi existencia como estatuas
Defectuosas o carcomidas por mis vísceras
O algo parecido

Escribo a los juegos en que titila
El silencio vestido de ese viejo
Caparazón de la soledad
Escribo para conjurar un presente
Con el que hago figuras de barro
Que luego por la certeza
De la gravedad caen
Y me rio con la seriedad
De no haber hecho nada
De estar mamando gallo
De hacer cosas inútiles.

EL TEATRO QUE INVENTARON…

El teatro que inventaron del porvenir
Fue inaugurado en la delgada procesión de las lágrimas
Golpea nuestras espaldas, padece de la insoportable levedad
De corazones como ánimas baldías

Aquel teatro fue para nosotros una clausura
Un bautizo donde no importa, no se sabe, no interesa
De la travesía de la oruga antes de ser crisálida
O la odisea de un caracol en una selva de Borneo o Sumatra

Somos la invención de la máscara
Unos signos convencidos de una vestimenta de heraldos
Algo así como un sofoco de profecía en la tarde luminaria

Somos el simulacro de una procesión de estirpes de dioses sonámbulos
Que de cuando en cuando se embriagan en nuestras mentes
¿Quiénes nos han convencido de este halito divino?

Regresamos a la renovación de ese teatro que anda allí entre los dedos
Que en resumen suele ser la intemperie
¿Y si tan solo este teatro es un ángel que se horroriza?
¿Y si su vuelo es tan solo una verdad colateral de la que huimos?

El espejo de la semejanza nos regresa día a día a la obra inaugural
Cuando el telón sube sus semánticas, en los días que se espejan como muros
Entre cantos santificados por las cenizas
Entre gritos petrificados por la dureza de las lapidas
Sigue el molde agónico crepitante entre la vergüenza de sernos
Un cumulo de ventanas cerradas para el alma

El teatro que pensaron por nosotros tiene algo de faro
De aire envenenado, del molde insufrible, tambien guarda la esperanza
Aunque sea contenida en frascos

El teatro que inventaron por nosotros
Es una épica de la destrucción

CARTA A UN AUSENTE

Señor Rilke

Desde la oscuridad que puebla mis dedos, desde esta insoportable necedad de ángel le escribo esta carta. Le escribo para agotar el destierro de mis heridas, tambien porque no tengo a quien escribirle sino a usted hondamente ausente. Soy un ángel insoportable, no sé si terrible, tampoco si noctambulo y alegórico, solo que tengo ganas de escribirle.

Pienso que la mejor manera de conversar con un coloso es leer la arquitectura de sus poemas, beberlos, agotarlo hasta sentir que las heridas ajenas ya son propias. Usted no tiene como responderme, y tampoco hace falta. Ahora que los tiempos son distantes, que estas palabras necias y este conjuro es un fermento de ebriedad, acomodo de la mejor manera estas palabras para escribirle con la nostalgia de no pertenecer al espíritu de tu tiempo.

Señor Rilke

Ángel o Bruma, olvidada fantasía en algún texto de poesía alemana, hoy agito tu quimera como desnudar un árbol de frondosas púas. En estos tiempos de suicidio generalizado y guerras que se colecciona en condecoraciones militares, ¿Cómo se agitara tu pluma en estos últimos designios de sequía de humanidad abrumadora, de desertificada sensatez? ¿Cuáles serán los nuevos demonios que se revelarían en tu visión? ¿Tendrá la noche ese halito de conjuro? ¿Será tu ángel terrible el paso parsimonioso del ángel de la historia?

Ahora pienso en la tranquilidad del tamarindo que veo detenidamente en mi patio y tambien en la paz de tu alma de no vivir estos tiempos. Ahora en esta soledad con la necedad te invoco con cualquier pretexto de convocar las escrituras secretas de la noche y ver en el sintagma los malos augurios.

Querido Rilke, algo que bebo en tus poemas tiene ese agradable sabor a brujería…

UN ARBOL, UN FRUTO, UNA CASA

Si mi alma
Es un árbol
Que penetra sus raíces
Y crece hasta
Devorar la noche

Mis pobres palabras
Son frutos viscerales
Que estrellan
Sus ánimas
En el desierto
Del papel

Lo siguiente
Es el poema
Una casa deteriorada
Un teatro de
Encuentros
Y desencuentros
Donde palabras
Disfrazadas de arboles
Y siluetas danzantes
Que juegan a la fabula
Del mundo

TEATRUM ABDITUS

No hay llenura con la mascara
Ni un millón de lenguas
Ni todas las manos
Para callar
Ese charco que narra
Una tragedia
Debajo de los pies

Pasa un coloso por las tejas
En horas donde todo es erosión y silencio
Algunos hablan de cuervos
Que te sacarán los ojos

Las tinieblas se visten
Del lujoso órgano de las ideas
Mientras
Las palabras caen
De las lenguas
Como viejos trapos

¿Dónde están las alas
Para pasar ese charco
Invisible?
¿Dónde está
Ese teatro de dientes
Que rasgue el ajedrez
Del odio?

En el escenario
Los besos saben a piedra
Gotean lágrimas rojas
En vírgenes que miran con espanto
Y resbalan grietas luminosas
Por las eternas manchas
Del telón
Todo se ha hecho a obscuras cicatrices
En medio de un ramillete
De sinagogas que insisten
En repetir el mismo Coro.