Beatniks: Universidad y batacazo • David Viñas

Beatniks: Universidad y batacazo – David Viñas

“La decisión la tomaron los contables de Nueva
York, es decir, los ejecutivos centrales de las
compañías cinematográficas de Hollywood”.
Otto Friedrich, La ciudad de las redes, 1991

Después de estos cortes diacrónicos para ir tratando de contextualizar a Vanasco y a la versión de su viaje a Nueva York, un corte transversal -que opera como una segunda coordenada- facilita, me parece, la puesta en foco de su lugar. Eventuales genealogías y espectros. Se postula, en realidad, un entretejido para leer una tipología por el envés.
Hacia los años ´60 son varios los escritores argentinos que inauguran su viaje-apuesta a Estados Unidos. La mayoría -a la que presiento muy cerca porque se trata de mi generación y hasta de mi campo de imposibles- pertenece al área académica. Quizás el modelo mayor sea Tulio Halperín Donghi, además de Avalle y Arce y de Saúl Sosnovsky, con flecos posteriores que apuntan hacia Adolfo Prieto y Josefina Ludmer. Wichita, Utah mormónica, Santa Cruz en las lomas y entre sequoias, y en dirección a Stanford, Yale o Washington. Ruta y mercado de los prestigios. Ansiedades, demoras y entrevistas. Y cuyo antepasado más notorio, en esta franja específica, es Enrique Anderson Imbert: su viaje-exilio universitario de 1946 reenvía, en filigrana, al de Julio Cortázar hacia el 1950. El trenzado en esta área pareciera irse aclarando.
Pero en la zona académica el riesgo del viaje es siempre menor. O por lo menos, atenuado. Porque a esos recintos más o menos sacros y confortables se suele ir invitado al principio, con un salario fijado de antemano, copioso en general o por lo menos desproporcionado en relación a lo que suele pagarse en las universidades argentinas; con la ventaja de la documentación facilitada en la embajada norteamericana. Y si se reside en Estados Unidos por temporadas, unas diez semanas o un cuatrimestre, se suele ir quedando definitivamente, después de haber dado examen y de cultivar puntualidad y buenos modales, con la oferta aceptación de un tenure. Menor riesgo en el viaje y durante la residencia en el campus como espacio acogedor y hasta defensivo a causa de ese aire de “convento laico” que tiene. Y tenures suculentos e interminables meetings. Pero la distancia de la ciudad, si resulta prudente, exorciza a la vez toda posibilidad de aventura y batacazo.
Y si un Enrique Pezzoni se instala y define una estratagema intermedia -resolver su malestar y su viaje- con el vaivén del que “toca y resuelve” por temporadas sin terminar de instalarse definitivamente en los Estados Unidos ni abandonar Buenos Aires para siempre, Ariel Dorfman representa el encabalgamiento entre la academia y la gran pegada como si hubiera logrado el borramiento de las fronteras tajantes entre la aventura de la ciudad y la domesticidad del convento.
Cerca del clásico y mitologizado batacazo y ya instalados en la ciudad, dos figuras más. Una especie de adelante generacional: Mario Albano, autor de Habitantes, un libro de poemas memorables, que en el mismo año en que Cortázar opta por París, salía rumbo a Nueva York. Lo consabido y ya probado/ las inquietudes del pionero. Y las idealizaciones desproporcionadas, el despegue duro y solitario, y hasta el desembarco más o menos rumiado y enérgico en Estados Unidos. Pero ahi muere Albano a los treinta años después de escribir alguna correspondencia a Sur y a La Nación. Avanzando, recncoroso, tenaz y muy frágil. La otra figura, un músico: Lalo Schifrin, que, en esta perspectiva, se convierte en “la introducción a Vanasco”; sobre todo a través de la dedicatoria que abre Nueva York, Nueva York: “a Enrique Villegas con cariño y estruendo”. La música, ese jazz -tan desdeñado por Adorno- que en el viaje de Venasco aparecerá permanentemente como el conjuro esencial del fracaso en “la gran ciudad degradada”.
Y generacionalmente dos escritores más enmarcan muy de cerca el sitio de Vanasco en Nueva York: Manuel Puig y el “exitazo” de El beso de la mujer araña en algún teatro de Broadway. Uno. Y dos: Alberto Adellach y su apuesta a la gran ciudad, sobre todo en el teatro, y su frustración que reproduce, con más tiempo y más presiones históricas, el viaje tan despolitizado y anárquico de Alberto Vanasco.

Extraído de David VIÑAS, De Sarmiento a Dios: viajeros argentinos a USA, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1998, pp. 302-303.