“Y habrá fuego cayendo a nuestro alrededor” de Mario Pera | por Esther Ramón

[las dudas del poema-árbol]

prólogo al libro de Mario Pera, Y habrá fuego cayendo a nuestro alrededor (Amargord, 2016)

En todos los lenguajes subyace algo incomunicable, más allá del signo y su enunciación, que tal vez sólo se supera, en cierto modo, con la aceptación de dicho «fracaso» comunicativo, con la rendición total y anticipada a lo único verdaderamente elocuente: el silencio. Y quizá en toda poesía subyace ese merodeo que se sabe vaciado de antemano, esa capitulación demorada que en última instancia es su única posibilidad, su único nido. Algunos poemarios, como este que ahora leemos, de Mario Pera, se atreven a enfrentar ese límite, y se despliegan con esa conciencia —como un ouroboros que se muerde la cola—, considerando y a la vez abandonándose a esa picadura letal del lenguaje, que es su propia materia. Y nos hacen considerar ese veneno, y también sentirlo, como una premonición del fuego que acabará cayendo demasiado cerca, y que terminará por abrasarnos o por transformarnos definitivamente.

En Y habrá fuego cayendo a nuestro alrededor, poemarío de Mario Pera, el lenguaje se derrama sobre la página en una hemorragia consciente de la paradoja esencial que constituye, por apertura, su verdadera esencia y que toca también el misterio de todo lo que vive: «porque este poema termina aquí / o mejor / no termina / nunca». Y surge durante la lectura una interrogante, ¿es el lenguaje algo natural o artificial?, ¿es signo, convención, instrumento de los seres humanos o forma parte de nuestra biología como una especie de exudación del arquetipo? Vistas desde uno y otro lado, ¿qué papel juegan entonces las analogías en el lenguaje poético?, ¿dado que el cerebro humano actúa también por reverberación, qué hay de artificiales en ellas, no son lo mismo que la vida? ¿De verdad viaja, se distancia, aquello que se desliza de su significado para ocupar otra placa tectónica? Y es que no se puede «impedir que la hoja caiga», y tal vez tampoco se pueden taponar las metáforas, bloquearlas «no como una hoja / sino como un puñal / no como una hoja / sino como un grito».

Así, el poema como árbol, el poema como piedra son y no son lo mismo que el poema-árbol, que el poema-piedra, simbiosis con lo natural de la palabra seguramente inalcanzable, y que probablemente solo roce la poesía oriental. Tal vez sea ese el matiz que abisma el lenguaje poético, el que lo mantiene en el límite de lo vivo, sin terminar nunca de caer, como un fruto sin tiempo, para siempre suspendido. «Porque este poema / termina aquí —insiste el poeta, aunque el poema siga y siga transcurriendo— o sobre la copa de un árbol».

Quizá la pretensión sea «hacer que el lenguaje / crezca en la voz». Pero en ese intento se dan dos peligros, tal como el autor vislumbra con lucidez a lo largo de todo el libro: soslayar la herencia lingüística, no dejarse asfixiar la voz por ella «me ataca / la familia / del ahogado en el lenguaje / mi familia». Y, por otra parte, para que surja la voz hace falta ganarle la partida al silencio: «la hoja es una prisión / tan blanca». Un imposible.

Hacer del poema un cuerpo y del cuerpo un poema no es tarea fácil. En primer lugar, el cuerpo requiere unos límites, un piélago o contorno fijo que el poema no admite. En este, las derivas, lo dislocado nos da de comer sus migas cambiantes como nubes, y el lenguaje del poema tiende siempre a lo abierto. Por eso, una y otra vez, se bifurca, se sale del raíl.

Tal vez un breve instante pueda encarnar, precisamente en la suspensión, en el descanso, como parecen indicar los siguientes versos contenidos en este libro: «junto al muro rojo / este poema descansa / jalo sus raíces desde mi boca / desde mi falo / pero no hay carne sino hueso».

¿Y cuál fue la primera palabra, la semilla primera del lenguaje? Abrirla equivaldría a abrir la caja enterrada y perdida, anular el tiempo, revirtiendo el crecimiento hasta rozar hacia atrás el origen, sobrepasarlo en círculos: «en el árbol que vuelve a ser semilla», para retroceder «hasta abrir / la primera palabra / en mi voz».

En lo individual —dado que ser individuo es un espejismo—, retroceder por completo o adelantar totalmente la cuerda de ese reloj sin cuerda que es el tiempo significa aterrizar en la muerte. En lo colectivo, vida y muerte conviven, forman parte, con naturalidad, de la misma forma en que dialogan las palabras con el silencio. Por eso, abrir esa primera palabra, asumirla, atravesarla, supone asumir su interrupción, su cese, pero también su reanudación renovada. En los versos de Mario Pera: «poesía / yeso quebrado / cera que se alarga».

Desde aquí acaso simplemente mirar de frente a la muerte desde la vida, al silencio desde la palabra. En versos del gran Herberto Helder, «la muerte es como romper una palabra y pasar / la muerte es pasar, como rompiendo una palabra, / a través de la puerta, / hacia una nueva palabra». El mismo Helder aclara, oscureciendo con otros versos: «el silencio y lo que crea en el silencio. / Y lo que se mueve en el silencio. / Es una voz / La muerte».

Qué mejor puerta entonces para atravesar el lenguaje que la propia poesía de Mario Pera «si este poema / y cada hoja del bosque / habla por mí / y tercamente calla».

Esther Ramón


Extraído de Mario PERA, Y habrá fuego cayendo a nuestro alrededor, del texto, © Mario Pera Del prólogo, © Esther Ramón, Amargord, Madrid, 2016.