Stuart Hall y la cultura popular como resistencia | Cruz Alberto González Díaz

El mercado –de modo perverso– habría definido como “popular” lo que las masas de personas escuchan, compran, leen, consumen y parecen disfrutar. Su poder cultural proviene de las relaciones de dominación y subordinación. Las industrias culturales tienen el poder de adaptar y reconfigurar lo que representan. Mediante la repetición y la selección imponen e implantan las definiciones de nosotros mismos que más se ajustan a la cultura a la que sirven. En medio de la basura suministrada por los mass media habría elementos de reconocimiento e identificación que se aproximan a la recreación de experiencias y actitudes reconocibles, a las cuales responden las personas. Nada estaría totalmente corrompido, nada sería totalmente auténtico.


El teórico cultural y sociólogo jamaicano, Stuart Hall, concebía la historia del capitalismo como una lucha por la cultura del pobre y el obrero. Para él, en las acciones y reformas emprendidas para lograr el cambio cultural, la transformación y reelaboración activa de la cultura popular, así como la moralización encaminada a una reeducación del pueblo, se encuentra la resistencia más ardua en contra de la civilización del capital (Hall, 1984:94-95). En ese sentido, Hall parece cercano a la teoría estética y la crítica de la cultura de masas de la Escuela de Frankfurt, misma que se interesaba por el papel jugado por la industria cultural para paliar o precipitar la deshumanización del hombre ante el trabajo asalariado burgués (Jay, 1974).
Para Stuart Hall, la cultura popular no está conformada por las tradiciones populares. Para él, es el terreno sobre el que se elaboran las transformaciones sociales. No se podría escribir una historia de las clases populares si se soslaya su relación con las instituciones de la producción cultural dominante (Hall, 1984:98-959). El mercado –de modo perverso–habría definido como “popular” lo que las masas de personas escuchan, compran, leen, consumen y parecen disfrutar. Su poder cultural proviene de las relaciones de dominación y subordinación. Las industrias culturales tienen el poder de adaptar y reconfigurar lo que representan. Mediante la repetición y la selección imponen e implantan las definiciones de nosotros mismos que más se ajustan a la cultura a la que sirven. En medio de la basura suministrada por los mass media habría elementos de reconocimiento e identificación que se aproximan a la recreación de experiencias y actitudes reconocibles, a las cuales responden las personas. Nada estaría totalmente corrompido, nada sería totalmente auténtico. Lo que hacen los medios es “una ventriloquia lingüística en la que el brutalismo envilecido del periodismo popular se combina y enreda hábilmente con algunos elementos de la franqueza y la vívida particularidad del lenguaje de la clase obrera”.
Otra definición de cultura popular repudiada por el autor, es aquélla que afirma que ésta está conformada por todas aquellas cosas que “el pueblo” hace o ha hecho: un inventario en infinita expansión. Ante esto, Hall centra su atención en la oposición pueblo/no del pueblo: “el principio estructurador de ‘lo popular’ […] son las tensiones y las oposiciones entre lo que pertenece al dominio central de la cultura élite o dominante y la cultura de la ‘periferia’ ”. Estas relaciones de poder dividen a la cultura en categorías y sostienen la diferencia entre la cultura de la élite y la cultura de la periferia. Lo que importa es el estado de juego en las relaciones culturales, la lucha de clases en la cultura y por la cultura.
La definición de cultura que suscribe Hall es aquélla que afirma que está conformada por formas y actividades, cuyas raíces están en las condiciones sociales y materiales de determinadas clases, incorporadas a las tradiciones y prácticas culturales. Para este autor, las tradiciones han sido la forma vinculada de elementos diversos y sus opuestos. Las culturas, más que formas de vida, serían formas de lucha donde se enfrenta “el pueblo contra el bloque de poder […] línea central de contradicción alrededor de la cual se polariza el terreno de la cultura”. Esta lucha dicotómica se trasladaría incluso al ámbito personal, ya que dentro de cada uno de nosotros subsistiría una parte de las dos alternativas citadas. De nuestra decisión dependería ser parte del bloque del poder o ser parte de la lucha popular.


Extraído de Estudios sobre las Culturas Contemporáneas. Época III. Vol. XXIV. Número 47 Colima, verano 2018, pp. 65-82.