El Lector Decadente | por Juan Arabia


Más allá de una específica formación artística y literaria, en el dominio de la estética, el decadentismo es una forma de vida.

A juicio de los compiladores de esta reciente antología Jaime Rosal y Jacobo Siruela─, el decadentismo en Inglaterra se concentra en la última década del siglo XIX, mientras que en Francia Baudelaire da sus primeros trazos mucho antes, al promediar el siglo.

Esta forma de vida, manera de pensar y sentir, aparece en la escena literaria con el triunfo del capitalismo (en Francia, luego de la insurrección de la Comuna; en Inglaterra, en pleno apogeo del Imperio inglés). Es decir, aparece y surge a partir de la crisis de una sociedad que se enfrenta a un evidente y cruel desenlace.

Antes que nada, los escritores decadentes comparten un interés en común, que no es otra cosa que el desprecio de la sociedad burguesa, el rechazo de sus valores y normas, y por tanto su concepción del arte y de la literatura. Se trata de un rechazo que incluye las formas más íntimas de construcción de lo social, y de una mentalidad regida por los valores monetarios y utilitarios: “El decadentista era un escritor de vuelta de todo, caracterizado por una enfermiza sofisticación en lo artístico, el equivalente al dandi en lo social, uno de cuyos modelos será Oscar Wilde”, escribe en el prólogo Jaime Rosal .

Lejos entonces de representar las costumbres y morales burguesas, los decadentistas se apropian del tiempo y del espacio de diversos modos. El consumo de éter, opio y hachís, por ejemplo, será para ellos una de las tantas formas de experienciar lugares inalcanzables o desconocidos para la burguesía.

Así las páginas de esta antología comienzan con la embriaguez de hachís de Baudelaire y su habitación doble, en la que el poeta convive con la eternidad, seguido del sueño representado por Gautier en El club de los hachisinos (1862), donde describe milagrosamente su experiencia con esta droga: “Ya no notaba el cuerpo, las ataduras de la materia y de la mente se habían soltado; me movía únicamente por mi voluntad en un medio que no ofrecía resistencia”. Algo similar ocurre con Jean Lorrain y la inclusión del relato Los agujeros de la máscara (1900), donde el autor narra sus experiencias con el éter, e introduce de esta forma elementos fantásticos, algo muy propio del estilo de estos escritores.

Con el avance del volumen se construye, entretanto, aquella otra faceta la antimoral de los escritores decadentistas, representados por la selección de textos de Isidore Ducasse, Jules Barbey d´Auverilly y Villiers de L´Isle-Adam, y de otros autores que elogian el horror, la crueldad y el crimen.

Joris-Karl Huysmans, y el protagonista de su novela en A contrapelo (1884), encarna la forma del dandismo más radical. Aplastado por el spleen (término popularizado por Baudelaire y que refiere a la melancolía) y por la búsqueda de la extrema soledad, llega a temer incluso de la sombra de su criada: “quiso que su sombra, cuando ella cruzara los cristales de sus ventanas, no fuese hostil, y mandó a confeccionarle un vestido de falla flamenca”.

La selección presentada de El Jardín de los Suplicios (1899) de Octave Mirbeau, ataca explícitamente al espíritu de la época: “Todas las porquerías de ese progreso de ustedes”, “Somos vencidos por los mediocres… Y es el espíritu burgués el que triunfa en todas partes”.

Sin embargo, y más allá de la inclusión de otros precursores del decadentismo en Francia, como Mallarmé, esta antología incluye un segundo apartado de escritores decadentistas de Inglaterra.

Además de escritos de Oscar Wilde, incluye las memorias escritas por Henry Venn Lansdown sobre uno de sus precursores más desconocidos del decadentismo en Inglaterra, William Bekcford, así como un relato del Conde Eric Stanislaus de Stenbock, muerto de cirrosis a los 35 años, y cuyas extravagancias encarnan como pocos el espíritu de esta forma de vida: “Dormía dentro de un ataúd, en una recargada habitación de fin de siècle en la que guardaba lagartijas, serpientes, sapos y salamandras. Viajaba acompañado de un perro, un mono y un muñeco de tamaño natural (…). Por su jardín andaban sueltos, además de sus animales domésticos, un zorro, un oso y un reno”.

De Aubrey Beardsley, del que además se incluyen muchos de sus trabajos visuales, se incluyen capítulos de La historia de Venus… (1896), novela escrita a partir de una obra de Wagner, y de la que Beardsley realiza una parodia. De la misma forma que lo incluido del francés Pierre Louÿs, la selección no pretende más que resaltar la faceta erótica y sensual del decadentismo, y que tanto molestó al buen gusto y los valores predominantes de la época.

Esta recopilación, finalmente, concluye con un valioso rescate de un texto de Aleister Crowley, titulado Absenta: La Diosa Verde (1918). Esta bebida, por años asociada a poetas y pintores decadentes y malditos, era para el autor “una obra maestra realizada por un viejo alquimista”. Su poder, de la misma forma que el hachís para Baudelaire y Gautier, radicaba en la transformación de la experiencia real, y la completa desaparición de la tiranía del tiempo con sus espuelas oxidadas de sangre.


Publicado originalmente en Diario Perfil – Cultura / Literatura. Domingo 4 de marzo de 2018 * El Lector Decadente. Selección y Prefacios: Jaime Rosal y Jacobo Siruela, Ediciones Atalanta, Octubre 2017, 592 páginas.