Cuando Pound y Yeats comieron un pavo real | Dan Chiasson

Victor Plarr, Thomas Sturge Moore, William Butler Yeats, Wilfrid Scawen Blunt, Ezra Pound, Richard Aldington y F. S. Flint (©Fitzwilliam Museum, Cambridge).

El 18 de enero de 1914, Ezra Pound, ayudado por William Butler Yeats y —detrás de escena— por la patrona y amiga de Yeats, Lady Gregory, celebraron un almuerzo para Wilfrid Scawen Blunt, a quien Pound consideraba como “el más grande de los hombres viejos” y “el último de los grandes victorianos, en la casa solariega de Blunt, en West Sussex”. La lista de invitados debiera servir como un reproche para cualquiera que sobrevalore su fama literaria ya que, exceptuando a Yeats y Pound, las otras figuras, incluido Blunt, una celebridad de su época, están hoy casi olvidadas: Victor Plarr, Thomas Sturge Moore, Richard Aldington, F. S. Flint.
El truco clave, ideado por Lady Gregory, era asar y servir un pavo real, dispuesto en una bandeja al lado de su plumaje completo, un toque que complementaban las “vayas impregnadas de hierro”, las “reliquias medievales” y “el tapiz Burne-Jones”, como más tarde Pound comentó a su madre en una carta. Al poeta más veterano le fue presentado un pequeño cofre de piedra lleno de poemas escritos por los más jóvenes, poemas que le parecieron “juegos de palabras”, incomprensiblemente modernos, la mayoría de ellos en verso libre. Después de la comida y la fiesta, Blunt y los otros seis poetas, incluidos Pound y Yeats, posaron frente a un antiguo muro de piedra en lo que se convirtió en una famosa fotografía. Los periódicos fueron avisados y las noticias de la comida se extendieron por el mundo, desde el London Times hasta el Boston Evening Transcript.

Pound fue un gran empresario, y esta fue una de sus primeras y más astutas acrobacias. El modernismo que entonces diseñaba para ser una afrenta a la cultura literaria victoriana pretendía, al mismo tiempo, ser heredero de ésta; los victorianos, aunque reducidos a unas pocas eminencias supervivientes eran, con independencia de sus excesos de dicción y sentimiento, el modelo más cercano para la grandeza. Pound había tratado de unirse a la “sucesión apostólica” de poetas a través de Blunt quien, una o dos generaciones antes, había arreglado astutamente su propia ascendencia; se casó con la nieta de Lord Byron y se convirtió en un dandy: haciendo dieta, peinando sus rizos y vistiéndose con un atuendo de inspiración turca y albanesa. Pound que llevaba chaquetas de terciopelo, botones de perla y era, según Robert Frost, —“un gran intelecto en flor de cabellera”— vivió durante esos años en el Stone Cottage de Yeats y se empleó como su secretario, escribiendo y revisando sus poemas.

Estos poetas eran todos varones, todos fotogénicos y todos tenían un comportamiento conspicuo como cuando una noche Pound se comió la guinda de la torta (tulipanes, aunque algunos dijeron que eran rosas), en un pub llamado Cheshire, mientras Yeats explicaba los fundamentos del verso. No estamos lejos de las primeras estrellas de cine mudo, cuyas propias jornadas eran coreografiadas para el consumo público. Las maniobras de poetas y personajes literarios, que luchan por la fama tras el ojo de la cerradura de la convivencia atisbada, son tan antiguas como Roma, incluso más antiguas; pero Pound tenía un regalo especial para P.R.

La cena del pavo real es reconstruida afectuosamente en “Poets & The Peacock Dinner: The Literary History of a Meal” de Lucy McDiarmid. Es el excelente segundo libro que ha aparecido el pasado año sobre cenas ilustres para poetas, junto a Stanley Plumly: “The Inmortal Evening”, que describe una noche en la que el eminente pintor Benjamin Robert Haydon entretuvo a Wordsworth, Keats y Lamb, todos quienes habían posado para el ambicioso lienzo de Haydon “La entrada de Cristo en Jerusalén”.

Los escritores tenían razones de sobra para creer que su aparición en la pintura de Haydon representaría el pináculo de su fama. De hecho, el trabajo de Haydon es recordado principalmente por su asociación con poetas, y especialmente con Keats, quien escribió algunas de sus más famosas cartas a “Mi querido Hydon”. La reconstrucción, en forma de libro, de estas lejanas noches proviene del mismo impulso que reunió a los comensales originales: recoger material de los genios anteriores. Pound admiraba a Blunt, pero parecía operar bajo la propiedad transitiva del genio, emocionado por los victorianos, prerrafaelitas y hombres de los años noventa que Blunt había conocido, y por el aura de asociación con el “viejo Browning” o “Shelley deslizándose por sus barandillas delanteras con una rapidez casi increíble”.
La historia de la cena del pavo real es realmente sobre las formas que adquirió el profesionalismo literario justo antes de que los poetas pudieran aprender su oficio en las escuelas, primero a partir de la investigación literaria y, mucho más tarde, a través de talleres de escritura. Yeats fue especialmente importante para los poetas de una generación un poco más joven, y las historias sobre cómo conocer a Yeats (todas ellas relatadas por hombres-fíjense) conforman un género en sí mismo. John Berryman, un poeta mucho más joven, dijo que ir a visitarlo era como preguntar: “¿Está Ben Jonson aquí?”) Y Pound, en su vejez, viviendo en Venecia, recibió muchos jóvenes admiradores. Los poetas, quizás más que cualquier otro grupo de artistas, entienden su arte verticalmente, como una sucesión a la que uno quiere unirse o interrumpir. Pound sintió ambos impulsos, al igual que Yeats un poco antes que él y, después de ellos, escritores como Berryman y Robert Lowell. Es la carga del pasado, la ansiedad de la influencia. En circunstancias óptimas, estas reuniones ingresan en la literatura como en Berryman y Lowell y se reflejan en maravillosas elegías para los poetas que se estaban extinguiendo justo cuando ellos comenzaban.

Algunas personas viven en el pasado; los poetas a menudo viven en el futuro perfecto, imaginando sus acciones actuales desde el punto de vista del futuro. La cena del pavo real se sugiere dos veces en los Cantos Pisanos de Pound que él escribió, acompañado sólo de sus recuerdos, décadas más tardes, mientras estaba encarcelado por traición en una jaula de seis por seis pies:

Pero haber hecho en vez de no haber hecho
Eso no es vanidad

Haber golpeado discretamente
Para que algún Blunt abriera,
Haber recogido del aire una tradición viva,
O de un bello ojo antiguo la llama inconquistada,
Eso no es vanidad.

Aquí el error está solamente en lo no hecho, en la timidez que vacila.
Se puede leer en estas líneas el relegar el pasado por Pound, eliminándose de la “vanidad” y el “error”: ese apresurado joven que se comió los tulipanes ha tomado la defensa de su valiente yo más viejo, apasionadamente. Todo lo que aparece más adelante en Pound está animado por esa búsqueda de una “tradición viva”, que ahora incluye su propia virilidad temprana. En Canto 83, recuerda haber escuchado a Yeats cuando compuso “The Peacock” en Stone Cottage, hace tantos años:

but was in reality Uncle William
downstairs composing

that had made a great Peacock
in the proide ov his oye
had made a great peeeeeeecock in the …
made a great peacock
in the proide of his oyyee
proide ov his oy-ee


Extraído de “When Pound and Yeats Ate Peacock” – by Dan Chiasson, The New Yorker, February 24, 2015. Traducción de Rodrigo Arriagada-Zubieta para Buenos Aires Poetry, 2019.