Seis poemas (inédito) | Ernesto Hernández Busto

 

Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968) es escritor y traductor. Estudió Matemáticas en Rusia y regresó a Cuba para cursar Letras. En 1991 emigró a México, donde colaboró sistemáticamente en la revista Vuelta, dirigida por Octavio Paz e integró el Comité de Redacción de la revista Poesía y poética.
Desde 1999 reside en Barcelona, donde ha publicado varios libros (ensayo, poesía) y numerosas traducciones del inglés, latín, italiano, ruso y francés, con especial énfasis en la poesía (Pound, Brodsky, Magrelli…). Sus tres últimos libros recogen versiones japonesas: La sombra en el espejo (Bokeh, Leiden, 2016); Jardín de grava (Cuadrivio, México, 2017; Godall Edicions, Barcelona, 2018) y Hoguera y abanico. Versiones de Bashô (Pre-Textos, Valencia, 2018).

EL PADRE

Mirar el bosque: arándanos dormidos.
Mirar el páramo,
lo azul.
El padre es algo trágico.
Te has condenado a verlo
fallar,
dejas pasar el tiempo,
caminas y sostienes en la mano
una tortuga de oro
que avanza poco a poco
dentro de ti.
Sientes como si te apagaras.
Miras el bosque y piensas
“que recoja mi vida”,
quisiera sus pedazos
flotando como peces en un río más ancho.

MUY BIEN, DE ACUERDO…

Muy bien, de acuerdo,
volvamos a encontrarnos
como convalecientes de una de esas
enfermedades de novela rusa,
un tifus o unas fiebres cerebrales,
algo definitivo que te obliga
a encierros en balnearios
o en estériles clínicas suizas.
Qué decirnos entonces,
cómo disimular
que ya no eres aquella
y que no soy el mismo,
la piel ajada, sueños de ceniza,
de qué nos serviría comprobarlo
y pronunciar palabras sin el lastre
de tantas otras, dichas hace tiempo,
o sin los gestos mudos que las acompañaron:
el lento navajazo de una caricia
donde ahora hay un mentón sin afeitar.
Vamos a vernos, claro,
crucemos ese puente irremediable,
tú dirás cuándo
arreglamos el trueque de apariencias,
da igual si resta o suma
hablar de viajes, muertos, cosas hechas,
fingiendo la sonrisa o el sarcasmo,
seguros de que ya no hace daño
nada, que ni siquiera las imitaciones
de viejos moldes, como flores tardías,
tienen poder aquí.
Que perderán su pulso contra la realidad.
Cuando tú quieras.

TENNIS À LUCO

¿Recuerdas las discípulas, querida,
jadeantes en el court del Luxembourg?
Gritos de rabia,
vibraciones elásticas,
sílabas y pelotas que colgaban del aire
después del suave plof
(revés perfecto)
antes de entrar al área del contrario,
que siempre nos ganó
pues el olvido gana siempre,
cruza la realidad cuadriculada
y rebota donde no lo esperábamos.
Largas horas mirando a los tenistas:
las raquetas zumbaban como ramas
súbitamente oscuras contra el cielo
y transparentes un segundo después.

SOBRE UN POEMA DE YOSANO AKIKO

Quand je mordille tes cheveux
élastiques et rebelles, il me semble que
je mange des souvenirs.”
Baudelaire

Como tu cabellera,
oscura y desgreñada,
que se enreda en la mía,
así son mis recuerdos:
la confusa maraña
de aquellas largas noches.

NADA QUE VER

No es lo mismo el instante preciso que el preciso instante. No son intercambiables, quiero decir. El instante preciso nos habla de un trozo de tiempo desplegado suavemente, como una figura o trozo de papel al que quisimos dar forma. Es un descubrimiento, imagen agazapada hasta que salta, perfecta, a la vista de todos. Estuvo y estará: la insinuación del doblez en la hoja en blanco. El preciso instante, en cambio, vive antes de eso; es más presente que el presente, digamos. Uno le adivina el fantasma del “este”, colgándole como un andrajo inútil, o la cuerda sobre la túnica marrón del franciscano. Es un tiempo con menos espacio que el instante preciso, todo potencia. Más puntual, pero también más sorpresivo y pleno: llamarada. Su resplandor tiene otra consistencia: es luz pero sin ser volátil, bronce crepuscular que nos induce a aceptar un estado de cosas: un río salvaje, dos nubes pasajeras o tres rufianes suabos arrastrados por la serpiente negra de una marejada imprevista. El preciso instante es más tramposo, evidente pero irreal, como ese verde excesivo que a veces nos esconde al árbol, drama de ramas. Se me parece más, supongo, mientras que tú, en cambio, eres puro instante preciso, flor sin fruto. Siempre la misma tara, la embarazosa, casi vergonzante condición de lo indivisible, bola de papel arrugado. Tú: brillo de ágata; yo: oleaje verdeazul de unos pinos; tú: refulgor; yo: rostro volteado. Instante preciso, preciso instante: nada que ver.

KOANG HENG¹

Por una grieta
robo la luz sobrante
de mi vecino.
Toda la noche en vela,
leyendo de prestado.

¹  En las notas a la segunda edición (1946) de su libro de versiones chinas L’aire daurat, el poeta catalán Marià Manet comenta los desvelos de unos antiguos estudiantes chinos, obligados por la pobreza a encontrar métodos alternativos de iluminación para sus muchas horas de lectura nocturna. Se cita la luna llena, sus reverberaciones sobre la nieve, varias luciérnagas atrapadas en un fanal sin pabilo o el caso de un tal Koang Heng, que hizo un pequeño agujero en la pared para aprovechar la luz de su vecino.