Entrevista a Víctor Toledo| Ignacio Ballester Pardo

A finales de mayo de 2019, durante la estancia posdoctoral que llevo a cabo en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), visito el jardín de las hadas, la biblioteca con los clásicos de la literatura rusa y el bosque de nahuales (criaturas mitad hombre, mitad animal) de Víctor Toledo (Córdoba, Veracruz, 1957), autor de la reciente trilogía El alma y la inmortalidad (2018). En la víspera de una noche única como es la de san Juan, conviene pensar la poesía desde las distintas dimensiones vitales y míticas.

Ignacio Ballester (IB): Te agradezco, Víctor Manuel Contreras Toledo, que me abras las puertas de tu casa, que me permitas compartir el trabajo en la BUAP y que nos muestres el proceso mediante el cual Víctor Toledo o Manuel Contreras crea un poema. ¿De qué manera el jardín es la base para la poesía?

Víctor Toledo (VT): Jardín significa paraíso. Viene del hebreo, pardes; y es para mí un retorno a la infancia: proyectar la felicidad al mundo desde esa primera etapa vital. Yo viví en un paraíso, en un mundo donde lo cotidiano era lo mágico. De tal manera que el milagro estaba presente, ejercido por mi madre tehuana, de lengua didxazá o zapoteco que posee esa cosmovisión y la trasmitía. Desde entonces me propuse rescatar ese lenguaje, el zapoteco, el didxazá, la palabra nube. Y llevarlo hacia el mundo del presente. El milagro que mi mamá imploraba, en esa lengua, al otro día se realizaba. Los duendes, las brujas, los espíritus eran parte de lo real. Así, entro a estudiar filosofía, con especialistas en el marxismo, y me viene ese choque cultural. Me pregunto, pues, si el mundo de la infancia que se sigue manifestando es real y de dónde viene. Al parecer vivimos varios universos, la realidad es un diálogo entre nuestro interior y el exterior (el alma y el espíritu), de esa manera también la proyectamos, el exterior se convierte en interior y viceversa. Traigo un mundo arcaico que es el mundo esencial mexicano, el mundo mágico. Lo puedo explicar desde la teoría de la sincronicidad. Lo vivo cotidianamente. Trato de transmitirlo en mi poética. Cualquier acto va a repercutir en un resultado cósmico: primero en mi destino, como poemario; y, por otro lado, a través de una poética del delirio y la armonía como un acto social y trascendente. Soy consciente de que estas palabras no son cómodas.

Para mí todo está tejido, relacionado. A veces, por supuesto, no sé si estoy alucinando, delirando o estoy loco, poseído por un gran entusiasmo (que es –como palabra- el estar con Dios, el soplo interior de Dios, inspiración), en mi caso mágico-poético, sincrónico. Sé que debo de mantener un equilibrio; en mis relaciones sociales, culturales, universitarias. Sin embargo, eso lo voy encontrando en la gran literatura universal. Pienso que el mundo sagrado, la magia, es real; y que este mundo que normalmente percibimos es muy superficial. No obstante, nos permite conectar con aquel otro mundo. La poesía es el canal (la poesía es la ambrosía de los dioses). Entiendo de tal modo mi oficio como una misión desde niño. Por ejemplo: traje unas plantas que hacen una simbiosis con una mariposa de este bosque. En ciertas épocas, todo esto se llena de dichas mariposas, similares a las monarcas, pero blancas: lo que yo presenciaba de niño. De tal manera discurren la pauta, la teoría y la filosofía para escribir mis libros. Deben de estar perfectamente enlazadas porque así se realiza el acto mágico de la palabra, que es el acto mágico de la transformación de la realidad.

IB: Con esta recuperación de la infancia, de este lugar tan fértil, de la figura materna, de lenguas diidxazá o zapoteco… entendiendo la magia entretejida en lo cotidiano que tú, Víctor Toledo, como poeta logras recuperar con el objetivo de mejorar el mundo, la cosmovisión, la presencia de tales mariposas que hilan mundos desde la sincronicidad… si de pronto tienes la obligación, en este mundo académico al que también te dedicas, de desconectarte y regresar a clase… si esa magia en tu obra busca mejorar el universo (quizá desde una perspectiva ecocrítica), ¿choca con la realidad? Si el objetivo de tu poética es el bienestar social, ¿cómo afronta la realidad al desconectarse del mundo mágico?

VT: No choca. Increíblemente no choca. Al contrario. Me voy a confesar. Creo que he salvado a unas cinco muchachas del suicidio. Desde hace un lustro, la poesía que escribo hace que las mujeres me busquen. Carecen de un sentido.

Suelen tener problemas de depresión. Mi obra las ha salvado porque les ha dado un sentido. Me lo han dicho. Así, eso me lleva a la certeza de que efectivamente lo que estoy escribiendo es algo real y profundo que está cumpliendo con su fin: estoy enlazando bien los puntos, los nodos, los ángulos. Creo que hay más muchachas u hombres que encontrando mi poesía, a punto de suicidarse, no lo han hecho. ¿Cómo hablar de esto en las clases? Hay una labor teórica, vivencial y mágica para poder decir: “estudiantes, la poesía es lo más sagrado que existe”. Es lo que viene a darle el sentido del ser al mundo. Es lo que va a ayudar al mundo a encontrar el ser. Para mí es muy interesante descubrir las teorías académicas o científicas adecuadas para conectar todo esto y no quedarme simplemente en un chamanismo vulgar. Afortunadamente llegan conmigo muchachos brillantes. Y el próximo semestre tendré más estudiantes que nunca. Esa conexión científica con el mundo mágico es apasionante. Desconocía lo que podía provocar la poesía. He tenido reconocimientos, pero no me preocupan (si llegan qué bueno). Mi esposa y mis hijas son muy exitosas, con premios nacionales e internacionales desde la música. Si fijamos la atención en una realidad, se comienza a manifestar. Es una parte de la sincronicidad. De pronto, cuando me empiezan a buscar mujeres y hombres para encontrar un sentido a su vida, resulta que mi poesía, de la luz y el sentido de la vida, maravillosamente comenzó a ayudar a esta gente. Generalmente son muchachas entre 24 y 29 años, aunque también hay señoras. Me convertí en una especie de psicoanalista poético. No había de otra. Si no, esa persona se iba a matar. Todo lo que les exponía de razones desde cómo adaptar una planta a este jardín de montaña, tan complejo para la adaptación de las plantas tropicales (que he logrado al final que arraiguen) iba en ese sentido. Discuto con ellas por qué la vida tiene sentido, lo que me llevó a estudiar el budismo, las filosofías existencialistas, el orfismo, el chamanismo mexicano con el nahualismo. Son mujeres muy inteligentes, cultas, grandes lectoras algunas, que me planteaban problemas más difíciles de resolver en cuanto a su tendencia tanática. Fueron nutriendo mi poesía. De ahí vino la última trilogía de ensayos, El alma y la inmortalidad, que comienza con La poesía y las hadas, continúa con El secreto de Orfeo y culmina con El vuelo de las brujas. Pero sobre todo mis últimos libros de poesía: Del Polen y Son-nido de gardenias. Por otro lado, me di cuenta que ese era un destino: curar, pero a través de mi escritura.

No existe la muerte, sólo el renacimiento y la meta de una condición divina, desde ese sentido soy órfico, y el simbolismo de la leyenda de Orfeo y Euridice conecta perfectamente con la poesía y su poder sanador que vence a la muerte. El Orfeo griego original a diferencia del romano, es un Orfeo victorioso, que regresa del inframundo como shamán con esa gran iluminación.

Eso venía desde la infancia. Mi mamá era una mujer a la que buscaban mucho porque curaba. Sabía hacerlo con hierbas. Mi papá era un huesero: cuando alguien se rompía un hueso, él se lo ponía en su lugar. Mis papás eran sanadores (nunca cobraban). Todo lo mágico que viví en la infancia hicieron que yo tuviera fe; la cual se fue nutriendo con mis lecturas literarias, antropológicas, científicas, etc. Cuando me comienzan a buscar tales muchachos, muchachas, poetas… que habían encontrado un sentido con mi poesía, me cercioro de que es una especie de destino. Fue haciendo que todo se uniera y se sincronizara. Últimamente me llegó una muchacha que fue violada en su infancia. Me encuentro con muchas que fueron violadas y se quieren suicidar. Por lo general son muy jóvenes. Me conmueven y me despiertan el sentimiento de la compasión, básico para el budismo. Tengo por ahí un poema que se titula así, “Compasión”. Coincide con esa idea. He llegado a la conclusión de que todas las grandes filosofías y religiones provienen del chamanismo. Esa es mi infancia, chamánica; sobre todo a partir de mi mamá, que era zapoteca. En contacto con ellas, se curan, aunque me cuido de dependencias.

IB: ¿Cómo dan contigo estas muchachas?

VT: A través de las redes, las atraen las redes de mi poesía, de mis publicaciones y de mi jardín, este es el libro sobre el que comienzo a escribir sembrándolo, haciéndolo florecer, luego él abre sus páginas y me comienza dictar versos y sincronicidades (por ejemplo encuentros con personajes en relación con la magia). He sido un poeta muy teórico. Estudié la poesía rusa, el marxismo, la filosofía alemana, los pensadores rusos, el constructivismo, el imaginismo (una poética rusa), etc. No obstante, el destino de pronto me empieza a poner ante una serie de seres muy frágiles, interesantes y bellas desde niñas, por lo que fueron, en este caso, violadas.

IB: ¿Es esa razón…?

VT: Es una de las razones, desde luego. El mal viene de la eternidad. Tiene un origen profundo que se va transmitiendo. Mi poesía las ayuda y ahí cambia todo para mí: empiezo a pensar en otras dimensiones. Entronca ello con mis lecturas a propósito del chamanismo. Todo cuadra entonces. Desde muy joven siempre he combatido al vacío, desde la teoría, contra la tendencia al suicidio. Ahora es cuando ese camino, con búsquedas teóricas, filosóficas e incluso metodológicas, empieza a dar resultados. Me buscan por mi jardín, su magia (colecciono muchas plantas sagradas y exóticas), por lo que les puedo decir, enfermos del vacío.

Realmente en el jardín se realiza la magia. Empiezo con los jardines por una poética integral, sincrónica. Al diseñar tal espacio proyecto un libro, el jardín es El Libro. El jardín abre las primeras páginas del poemario. Hay un diálogo entre las flores y el firmamento. Eso me va a llevar, maravillado, a través del ritmo a los mejores versos de ese libro. Salgo al jardín. Se ha realizado. Empieza a escribir el libro. Hasta ahí pensaba que era una poética de campesino, de botánico, de amante de la naturaleza, de algo que viví como ser del trópico; pero me empiezan a buscar personas con historias increíbles, maravillosas, que reconsideran la decisión fatal por lo que han leído u otras que me cuentan historias maravillosas que vivieron realmente y cuestionan la realidad positivista y neopositivista. Eso es lo que yo me propuse desde niño: escribir para que el mundo tenga un sentido. Mostrar el aspecto mágico. Son los mejores premios. ¿Quién puede jactarse de un premio tan magnífico como el de hacer continuar la vida, leyendo poesía y cerca del arte? Ese mundo arcaico en el que viví, donde importa más el espacio que el tiempo, es una razón poderosa para oponerse a este mundo que pasa tan rápido y que sólo deja el vacío, sembrando la angustia.

Cuando nací provoqué una gran fiesta en Córdoba, Veracruz, porque mi mamá no podía tener hijos. Para tenerme a mí hizo un gran sacrificio, estuvo seis meses en cama. Si se levantaba se le caían los niños. Hubo dos abortos anteriores. Ella era muy querida en la comunidad. El barrio de las estaciones contaba con el tren mexicano y el del Istmo. Era un lugar muy bello, casi en ruinas ahora. La colonia de familias zapotecas se caracteriza por su amor a la vida, por seguir cultivando el zapoteco y por cooperar con alegría. Allí crecí. Al nacer hubo una gran celebración porque Toya (se llamaba Victoria) logró tener su hijo. Era su primogénito. Mi papá mató un toro, varios becerros, cochinos… La fiesta se prolongó más de dos semanas. El mezcal corría como ríos.

A los tres o cuatro meses estaban mi abuelita, mi mamá, otra señora… en una casa muy antigua, la de ingenieros ingleses que fueron a construir el primer tren mexicano, el Huatusquito. Celebraban mis tres, cuatro meses; y de pronto entró hasta el fondo de la casa, que era como una manzana, un palacio inglés de cedro y de bambú… la bruja más temida de Córdoba. Una mestiza negra y mexicana, como la mulata de Córdoba, de la famosa leyenda. Todo el mundo se quedó estupefacto. ¡La bruja! Era raro verla. Mi mamá tenía al niño en sus brazos, que era yo. La bruja le dijo: “no te espantes”. Todos inmóviles, cual fotografía, sepia. Sólo se movía la bruja; que dijo: “Vine a conocer al niño”. Me observó fijamente y continuó: “este niño va a ser todo o nada”. Y se fue.

Hasta ahora vengo comprendiendo por qué dijo eso la bruja. No sé si lo estoy logrando, pero ese ha sido mi objetivo: que la poesía le dé un nuevo sentido al mundo. Es muy mesiánico, grandilocuente…; sin embargo, desde que era yo joven, en la UNAM, me decían: “Eres muy grandilocuente”. Y yo pensaba: “¿por qué está prohibido hablar del universo, del cosmos?”. No entendía eso de mis maestros. ¿Por qué hay que ser siempre forzadamente modestos? ¿No hablar de lo maravilloso, de la magia, del milagro? Fue un reto intelectual: tener una experiencia desde el mundo de mi mamá. Mis mejores lectores y lectoras han encontrado un sentido de la vida gracias a mi poesía.

IB: Hablando del cosmos, del universo, de lo grandilocuente y al mismo tiempo logrando desde un principio la mejora, la reflexión, la reconsideración social ante el suicidio, por ejemplo. ¿Cómo recuerdas ese instante de la bruja al poco de nacer? ¿Quién te ha hecho partícipe de ese momento?

VT: Mi mamá siempre me lo contaba, quizá mi abuela. Creo recordarlo, pero no puedo asegurarlo. Me lo contaba ella.

IB: Y cuando llegan estas muchachas a las que refieres y te dicen que han reconsiderado el suicidio por violación, una infancia compleja, un vacío… que todavía causa la excesiva preocupación por el tiempo y no tanto por el espacio, ¿cómo intentas, como poeta y como docente, generar un diálogo dentro de lo políticamente correcto?

VT: Claro. Desde luego ese es el principal reto. Si yo soy un poeta arcaico, para quien es más determinante el espacio que el tiempo, lo veo en el jardín, ahí se conecta el universo. Todo es cíclico. Domina el espacio y no el tiempo. La estructura de la poesía rompe con el tiempo lineal. Siempre habrá un renacimiento, una resurrección. Ese es el gran milagro de la pascua rusa; más importante que la navidad: el renacimiento. Eso lo aprendo de las plantas. Para mí eso es lo esencial, en la religión y en la filosofía, especialmente en la mística. Ahora, ¿cómo conectarlo académicamente con muchachos que no creen ni siquiera en Dios, que viven un tiempo contemporáneo, el más vacío aparentemente? La primera teoría que pudo encajar y establecer un diálogo fue la sincronicidad. Cuento dos sincronicidades:

Mi primer libro de traducciones me lo pide un alumno brillante. Funda una editorial. Traducciones de poesía rusa. Creo en la espontaneidad. Me conmueve que un alumno cree una editorial y requiera un libro mío para inaugurarla. En ese momento la poesía rusa de la Generación de plata era desconocida. Al mismo tiempo viene Antonio Colinas a Puebla. Platicamos y me dice que es un aficionado a la poesía de Pasternak. Le cuento entonces que hice mi tesis de doctorado sobre éste en Moscú y me pide las traducciones. Apenas comenzaba el internet y me daba flojera escribir cartas y mandarlas. Él me hacía llegar las suyas pero no pude sostener un diálogo epistolar. Yo escribo la carta, pensaba, pero cuando le llegue ya habrá pasado ese sentimiento, ese pensamiento. No obstante, publicó mis traducciones de Pasternak en España (ya se me había olvidado que se las tenía, hacía mucho), con un prólogo suyo, en una editorial que publicaba por ejemplo poemas de María Zambrano. Libros muy bellos y selectos. Dejamos de escribirnos y al salir el otro libro en México, de traducciones de poesía, se presenta en la Facultad. En ese mismo día, me bañaba para la presentación, llega un cartero con un paquete de España: el libro de las traducciones de Pasternak con prólogo de Antonio Colinas. Eso ocurre unos minutos antes de la presentación del otro libro en la Facultad. Ahí presentí algo. Me fijo más detalladamente en el libro, del mismo color, ahora te lo enseño, publicado con un día de diferencia. Entre México y España, como sabes, es prácticamente la diferencia horaria anulada. Salió el mismo número de ejemplares. Por tanto, mis primeras traducciones vieron la luz a la vez en España y México. Y me entero de aquello cuando presento el de acá.

Un amigo, José Antonio Lugo, que estudia la sincronicidad, me dio las lecturas de Carl Gustav Jung, Marie-Louise von Franz, etc. Le pregunto por este tipo de cosas y ocurre la segunda sincronicidad. Sale inmediatamente una convocatoria de beca de traducción del ruso al español en Bellas Artes. Pensé que la ganaba, otra sincronicidad; pero no ocurrió. En el jurado había un ruso con el que yo discutí a propósito de la perestroika, criticándola y se vengó. Además, no contribuí a una revista que él quería hacer de traducción entre Rusia y México. Y no lo hice porque si algo no me gusta no lo traduzco. Todos los poemas que he traducido me apasionan. Quiero transmitir esa pasión a las demás personas. Sólo por eso traduzco. No conseguí la beca y pensé: aquí no hubo una sincronicidad; pero resulta que después me empezaron a publicar todos mis ensayos sobre los poetas rusos (Mandelshtam, Pasternak, Brodsky…) en el suplemento de Sábado, Unomásuno. Me pagaban muy bien. Mauricio Montiel que fue el que sustituyó al legendario Huberto Batis, que fue mi maestro. Pensé entonces que la sincronicidad se dio: Porque me cuestionaba desanimado: ¿cuál es el sentido de la traducción si trabajas más para otro poeta que para tu propia poesía?, ¿si es la labor menos valorada de un poeta (porque los versos originales los escribió otro)? La respuesta era un estímulo más profundo que el económico, porque se dieron en su lugar estas publicaciones de lujo (los libros y los suplementos dedicados casi por completo a mis ensayos y traducciones, como publicación principal), muy comentadas. Después llegó la beca de traducción en la siguiente edición.

Traté de entender entonces la sincronicidad (su interpretación puede ser difícil, errónea o atemporal).

Una muchacha –recientemente, por ejemplo- me pide que sea su asesor de tesis para una novela inédita de una autora importante. Me insistía en que la leyera. Reparo en que es una novela chamánica de iniciación desde la mitología y la tradición que se da en Grecia (en diálogo con la mexicana). Es la novela inédita de una mujer violada en su infancia por un familiar y se encuentra con la curación en un viaje chamánico (entre la realidad y la magia): perdona, asimila y paga con un sacrificio, queda llena de riqueza interior, sanada. Tengo un afecto por alguien especial y al leer la descripción de la náusea al acto amoroso encuentro sus mismas palabras, como calcadas, de personas distintas. Ese es el mundo que vivo intensamente. La novela es la herencia de la autora a sus lectoras violentadas para que sanen.

IB: ¿También en la poesía?

VT: Sí, claro. Este es el mundo académico. Es una tesis de doctorado. Y, por otro lado, es un mundo muy poético.

IB: Desde el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), ¿cómo es posible darles una base teórica a todos estos acontecimientos que para la mayoría de poetas, especialistas… es difícil de comprender? ¿Es posible transmitir una base científica que sustente tales acontecimientos mágicos?

VT: Cuando llegamos a este lugar mágico, donde vivo, mi familia vio a las bolas de fuego, conmigo, los campesinos y la gente del pueblo les llama brujas. Un cuñado ateísta soviético casi se vuelve loco, porque –dijo- le estaba cambiando todo su sistema de señales. Músicos importantes, por ejemplo, lo vieron. Uno de ellos, Ernesto García de León, las advirtió y me regaló un telescopio. El que preside la azotea. Primero me detengo ante el acto (que viví en la infancia, conviviendo con duendes, fantasmas, milagros maravillosos… que mi mamá provocaba).

IB: ¿Como hijo único?

VT: No. Soy el mayor de cuatro hermanos. Como primogénito sí. No tiro todo aquello en saco roto. Primero hago una investigación de campo. Pregunto a las gentes del lugar si han visto eso y qué piensan. Me encuentro con un fenómeno ontológico extraordinario: ¿cómo es posible que la mayoría de los mexicanos de estas clases sociales (que no quiere decir que sean ignorantes) han visto esto y creen en ello, conviven con ello, pero, por supuesto, desde la religión, la ideología, el positivismo y el neopositivismo tienen prohibido mencionar? Una enorme mayoría convive con ese fenómeno, que no tiene explicación científica.

IB: ¿Eso tiene que ver con los avistamientos de ovnis en Puebla?

VT: Sí, pero son cosas diferentes. Los ovnis son una cosa; y las brujas, otra. Pueden confundirse. Después de eso (la investigación de campo) pasó a una investigación literaria. Me doy cuenta de que esto forma parte de la literatura universal. Está en Gógol, en la gran literatura de las hadas seria de Europa, en la música, etc. Hay una enorme riqueza universal acerca de este fenómeno, en grandes pintores como Goya, pongamos por caso. En esencia es lo mismo. A Goya le dicen que tiene la misión de pintar contra esa superchería. ¿Y qué hace Goya? Repara en que es un mundo real, que existe. Y pinta los Caprichos. Hace todo lo contrario a lo que le encargan. Describe un mundo que existe, profundamente real y mágico. Hace una obra genial, universal, extraordinaria. Está la gran literatura alemana, desde las leyendas populares y románticas hasta Thomas Mann o Bulgákov en Rusia. La poesía y la literatura ha resguardado ese mundo sagrado, secreto. Un sustento teórico lo enriquece y fundamenta para el Sistema Nacional e Investigadores al cual pertenezco para mayor asombro de mi cuñado soviético. En el mundo científico encuentras a científicos, antropólogos (biólogos, botánicos, sicólogos, siquiatras, filósofos, físicos, antropólogos, folkloristas, filólogos, etc.), describiendo y aceptando el fenómeno maravilloso. La misma escritora mencionada fue una antropóloga que estudió todo esto. Y hallas otra vuelta de tuerca. Cualquier gran antropólogo ha estudiado este fenómeno. Lo toman muy en serio, de Eliade a Cambell a McKenna, etc… Al investigar esta fuentes y la mitología griega y sus grandes filólogos como Walter F. Otto, más el nahualismo mexicano (con López Austin, entre otros) pensé que estaba todo listo para sustentar el fenómeno en mi libro sobre cómo se logra el vuelo de las brujas. Pero no. Vuelven a suceder varias sincronicidades increíbles. Me encuentro con un antropólogo que estudió con Grotowski que introdujo las técnicas chamánicas al teatro. Me confiesa que se dedicó a ello porque vio cómo su abuelo se transformaba en animal. Era un nahual. Y me da los libros más importantes del vuelo desde la antropología. Ahí se empieza a escribir la obra por ella misma. Es lo mismo que decía antes sobre el jardín. Todo comienza a sincronizarse. No soy yo quien escribe. Es el alma.

De pronto me encuentro con este ser. Entra la voluntad occidental y quiero publicar el libro. Pero me encuentro con un nahual…

IB: ¿Aquí en la casa?

VT: No… Nos vimos en un café. Un nahual que me empieza a hablar de lo duro que está todo en el astral. Que se libran unas batallas tremendas y que le gustaría vivir en este mundo para descansar. No me dice directamente que es un nahual, pero me doy cuenta de que sabe muchísimo de todo esto y que parece vivir en dos mundos, que tiene rostro de animal y que es un científico y pensador brillante. Confiesa que es un caballero águila coralillo. Nos suceden sincronicidades y me dice que puede controlar la realidad desde el sueño.

El vuelo astral, que es el vuelo del alma (de los shamanes y los nahuales o brujas), no sólo está descrito en las grandes obras de la literatura universal, sino que está perfectamente descrito en los grandes antropólogos. Desde el lado mexicano me encontré con un libro maravilloso, Cuarenta clases de magos del mundo náhuatl, de Alfredo López Austin. Y pienso que descubrí otro tipo de nahual que se da acá, cuando todavía no estaba colonizado. Me dieron el nombre el jardinero y el albañil: es el nahualpuchi. Es justamente el nahual de El asno de oro de Apuleyo, un burro ladrón. Acuérdate que Apuleyo se convierte en burro y lo raptan porque es el cargador de lo robado. El alter ego de Apuleyo va a Tesalia a estudiar precisamente este mundo. Hay lugares, pueblos, donde se concentran tales prácticas. Lo que yo llamo nahualismo y en Europa, brujería. Aquí en La Calera se daba ese tipo de nahual, el nahualpuchi, el que se convierte en burro ladrón. Eso era diario, el encuentro con estas experiencias de otros. Imagínate, veinte días sin interrupción. ¿Cómo explicas eso? El libro ya se escribía solo.

Antes de terminar el libro se dan veinte días seguidos con testigos, testimonios y un auténtico nahual para formar parte del libro. Para mí eso es muy interesante. No sólo ese fenómeno mágico, sino cómo lo enfrentas teóricamente en este mundo positivista, racionalista cerrado, el trazo del puente entre un mundo y otro es de una gran belleza y profundidad.

IB: Por último, me gustaría preguntar por la capacidad que tiene la poesía visual (pongamos por caso, tus Rosagramas) a la hora de verbalizar, transmitir como poema la recuperación precolombina.

VT: Hacer magia. Para mí los Rosagramas no sólo debían de tener color, olor, sentido, cosmovisión… Hay una esencia de rosas. Cada hoja es un pétalo de rosa. Los colores son simbólicos. Utilicé el soneto porque en la teoría poética de Baudelaire o Rimbaud están las correspondencias (que se corresponde con la de la sincronicidad, para mí además Heidegger y Jung se corresponden). El soneto es la rosa de la poesía. La forma más pura quizá. Además, el tema debía de ser la rosa. Se trataba de realizar una sincronicidad y de hacer magia. Para mí no es únicamente una poesía visual. El fin es que la poesía abra la rosa del mundo. Existe una gran preocupación por el oído, la música. Hay poemas que tienen notas musicales. Dan la sílaba que complementa el sentido de un verso; y viceversa, al leer el verso debe dar una melodía. Esa es la búsqueda de hacer magia a través de la sincronicidad. Y todo comenzó porque yo dirigía una tesis sobre la rosa en la poesía castellana. Estaba yo empapadísimo acerca de la rosa en la literatura. Me empezaron a surgir espontáneamente sonetos sobre la rosa. Mi mamá no hacía mucho que había muerto y me dejó como herencia un rosal sin espinas. Decía san Ambrosio que en el paraíso, el rosal no tenía espinas: le salieron con el primer pecado. Este era entonces un rosal muy querido. Me lo encargó, pero no le hice mucho caso. Estaba abandonado… y con estos sonetos lo recordé. Saqué del lugar sombrío al rosal y lo puse al sol. Se le cayeron las hojas. Ya se murió, pensé; pero le salieron los pimpollos y brotaron las primeras rosas. Cuando surgió una, escribí un soneto. Se daba esa sincronicidad. Dialogué con el rosal y de ahí viene el diseño de mis jardines. Escribía e iba a ver cómo iba la rosa, que era el soneto. Entonces llegaba un colibrí. Si el soneto estaba bien terminado, el colibrí cantaba, me veía de frente. Decía cuándo el poema estaba bien hecho. Si aún le faltaba, el colibrí se volteaba y no emitía ningún sonido. Ahí empezó la sincronicidad del jardín con los libros. Con los Rosagramas, no quería hacer una poesía visual, sino total. Una poesía que hiciera magia, que cuando abrieran el libro abrieran una rosa y su aroma, su pensamiento, sus hojas-pétalos.

IB: Creo que estas últimas palabras cierran perfectamente la entrevista y agradezco tanto tu tiempo como tu espacio.

VT: Es difícil hablar de tales temas. Se da el prurito de que puedes caer en la inocencia, en lo naif, en la ingenuidad o la vulgarización. Ante tanta teoría y tanta metodología o, por otra parte, la charlatanería, no es nada fácil. El texto es el libro de la naturaleza, del universo, su tejido. He vuelto a encontrar la poesía en su sentido original, chamánico, para salvar al mundo desde mi humilde concurso. El chamanismo y las grandes religiones que vienen de ahí, como el orfismo, el cristianismo, el budismo… son religiones de salvación, de sentido del mundo, de trascendencia del mundo. Eso para mí es la esencia de la poesía y del arte. Es una vuelta a ese origen en estos tiempos de vacío completo, pero desde luego soy consciente de que hay que fundamentarlo. Modestamente, lo acepto como una especie de destino y goce.


Ignacio Ballester Pardo (Villena, Alicante, 1990) es Licenciado en Filología Hispánica (2008-2012) por la Universidad de Alicante. Realizó su último curso en la Universidad Nacional Autónoma de México con la Beca Iberoamericana Fórmula Santander (2011). También llevó a cabo el Máster en Estudios Literarios (2012-2013) y el Máster en Profesorado de Educación Secundaria (2013-2014), ambos en la Universidad de Alicante. Es Doctor en Filosofía y Letras por la tesis «La dimensión cívica en la poesía mexicana desde 1960: herencia, tradición y renovación en la obra de Vicente Quirarte», dirigida por la catedrática de Literatura Hispanoamericana Carmen Alemany Bay, gracias a un contrato predoctoral de la Universidad de Alicante. Es miembro del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea. Ha participado en decenas de congresos internacionales sobre poesía tanto en España o en Francia como en México. Colabora o ha colaborado con las revistas literarias Boletín del CeMaB, Revista de Literatura Mexicana Contemporánea, Signos Literarios, Bitácora de vuelos, Cuadernos de Aleph, La Otra, La Galla Ciencia, Marcapiel o La Rabia del Axolotl. Recientemente ha publicado «Arte poética en Vicente Quirarte: decálogo entre el cielo y la tierra», en Artes poéticas mexicanas (De los Contemporáneos a la actualidad) (Universidad de Guadalajara, 2015), y «Raúl Zurita y la poesía del conflicto: de la noche de Tlatelolco (1968) a la dictadura chilena (1973)», en Raúl Zurita. Alegoría de la desolación y la esperanza (Visor, 2016) y, en colaboración con Alejandro Higashi, «Tachaduras y borraduras en la poesía mexicana contemporánea (Albarrán, Herbert, Alcantar)». Sobre estas líneas de investigación reflexiona cada domingo en su blog «Poesía mexicana contemporánea».