“Sarraceno” de Nicolás Salerno | Juan Espinoza Ale

Presentación del libro Sarraceno (Colección Pippa Passes, Buenos Aires Poetry, 2019) de Nicolás Salerno, leída por Juan Espinoza Ale, en el Espacio Extravagario de la Fundación Neruda, Santiago 9 de Julio de 2019.


 

Hoy en Chile, comprar un libro de poesía es una apuesta arriesgada pues hay de todo, como en todo, pero también es un acto de resistencia, en una sociedad de consumo irreflexivo, leer poesía, comprarla, distribuirla, crearla, es una acción contra la monetización de nuestra subjetividad.
Pero hablando de vínculos, conozco a Nicolás desde hace mucho tiempo, 20 años quizás, por lo que mi valoración de Sarraceno está mediada por nuestra prolongada relación de amistad: fuimos juntos a talleres de poesía, compartimos algunas lecturas, confrontamos otras, fuimos creciendo en direcciones diferentes pero el amor por las letras es algo que todavía logra unirnos. En suma, soy testigo del crecimiento de Nicolás, desde los versos pretenciosos que todos escribimos a los 20 años, pasando por las imitaciones que cada cual emprendió, de Eliot, Whitman, Adonis, Lihn, de Rokha, etc. Hasta este libro que significa, en mi opinión, un salto cualitativo, y en buena parte un triunfo del trabajo, de la corrección, la reescritura, en fin, esa disciplina que sólo se logra con una genuina obsesión.
Pero claro, no basta con entregar la típica adjetivación impresionista, la idea es entregar argumentos que respalden la idea de que el libro debe ser leído y releído, pues hay cosas que vale la pena ir a buscar.
Sarraceno es un libro contenido, algo que salta a la vista por su brevedad, sin embargo, no me refiero tanto a su extensión, aunque es factor a tomar en cuenta. Me refiero a la contención en los versos, tanto por la forma, es decir, la extensión y ritmos presentes en cada uno, como por lo que transmiten a nivel de contenido.
En sus 3 partes, y con una notable excepción, nos encontramos con textos cuya métrica oscila entre las formas tradiciones del octosílabo y el endecasílabo, a veces revelando una respiración entrecortada, y en otras el fluir entre 8 y 12 sílabas. Esto, si nos ceñimos exclusivamente a lo formal, revela un grado de represión importante, sí, pero también un esfuerzo por alcanzar lo que se sabe imposible, el fantasma de la belleza perdida, irrecuperable.
Esto encuentra su correlato en el contenido de los poemas, veamos:
En “Soy el comienzo de una voz”, es la palabra, ese simulacro del ser, ese cristal de aliento (usando la expresión de Celan), esa mentira ya sea humana o metafísica, la que da existencia real al sujeto, dejándolo expuesto en un mundo oscurecido todavía:

“soy el comienzo de una voz
que se ha apagado
solo de soledad no puedo,
y el camino es largo
y el hambre me manotea en la espalda
las palabras están de más.
Ojalá yo lo estuviera.”

El hablante se expone desde la cumbre de sus certezas e implora, a un ser superior, a la poesía o quizás al lector, por contención, compañía, ya que es el diálogo, esa instancia en donde se reconoce un yo y un tú, el único espacio de redención.

Pero la respuesta, dentro de esta primera parte del libro es el silencio, lo que constituye la base de un hablante construido como un creyente agónico, que empieza, mediante sinécdoques a retratar el efecto con su causa, es decir, el lenguaje o su carencia, se lo menciona con la lengua, la boca, los labios y dientes. Así “Señal desde la cruz”, nos plantea esa vieja pregunta de quién soy yo y quién eres tú dentro del poema, pero también el silencio de la voz, es decir, la falta de sentido o fundamento de la existencia, expuesto por las señas desde lo alto:

“y yo estoy seco con mi lengua a cuestas
mi lengua es una lija
y me contemplo
interrogando al cielo por aquella voz
y me hacen señas desde lo alto
para que me vaya bien lejos”

La segunda parte llamada “Las formas de la felicidad” introducen conceptos que serán desarrollados en la tercera parte. Así, aparece la noción de impostura, de espectáculo. Por ejemplo, en el poema “Animar”, sobre este escenario de vodevil que es la existencia, que nos recuerda poemas insignes de Jaime Gil de Biedma, lo que era nombrado como “la voz”, dadora de sentido, se transforma en un mero ruido, sobre el cual lloramos, como Canio en Pagliacci, como Pessoa cuando dice que el poeta es un fingidor del dolor que realmente siente:

“la vida es un drama, dicen los mortales:
mientras nuestros ojos bucean por nuestras entrañas
el gran público espera atento
el momento en que nos ahoguemos”

En el poema “Bailar”, se añade el concepto de placer, vinculado principalmente al cuerpo, es decir, el placer ya no está en el objeto, sino en los sentidos que lo perciben. Y a pesar del uso de conceptos bíblicos o religiosos, es en aquello que la moral pública señala como pecaminoso, es decir, en el disfrute de los sentidos, en los que el hablante presiente aquella felicidad inalcanzable:

“tras los golpes puedo ver tu jardín, señor
con doncellas, cánticos y flores
tras la sangre veo el perdón, la vida
y lo mejor que puede ofrecernos la muerte.”

Cierra la segunda parte el que considero el mejor poema de todo el conjunto, llamado “Cantar”, y lo considero el mejor porque formalmente alterna la constante de versos breves, cercanos al endecasílabo, con versos un poco más extensos, que permiten mayor variación rítmica, respiraciones más largas. En cuanto a contenido nos habla de aquello que quizás no nos trae felicidad, pero sí el fin del sufrimiento, es decir, la disolución del yo, ya sea en la realidad, en un ser superior o en los otros.
En otras palabras, el sentido profundo de lo religioso. Así, el tan manido cliché del poema como canto, aquí es puesto en forma ambigua, permitiendo una lectura irónica de un dios que explica la necesidad del canto como forma de olvidar los vicios asociados a la personalidad, pero también una forma de manipulación y abuso.
Y llegamos a la tercera y última parte, que puede leerse como poemas de desamor, asunto sobre el cual todos tenemos alguna experiencia, sin embargo, creo que la riqueza de “Las cuatro letras de tu nombre” está en la manera en que dicho desamor se supera.
Su primer poema exhibe la relación entre el sonido, la carne como lo concreto, y la corporalidad de un tú y un yo como objetivaciones de la realidad. La voz como portadora del alma inaccesible, y el cuerpo mudo que sólo nos recuerda la soledad de la máscara, nuestra íntima certeza del vacío que nos compone:

“Hube de protegerme de cada palabra
de lo que mostraban tus labios, tus dientes
así me dejé morir al sol
con tu sombra cuajando en mis vísceras
imaginando esa lengua tuya
que aún ignoro terriblemente”.

Luego, en la segunda y tercera parte, se nos expone el apego neurótico, propio del desamor, al objeto de deseo, del cual sólo se conservan restos, fósiles, recuerdos corporales más que emocionales, en los que las arrugas son el tiempo y el asma es el espacio en blanco, mudo, de la ausencia.
Estos recuerdos sensibles, es decir, de sensaciones corporales, van desvaneciéndose a medida que nos acercamos al final, donde sólo quedan imágenes que se destiñen progresivamente, porque el tiempo hace bien su trabajo, y no hay apego que no pueda debilitar, mientras nosotros nos aferramos y generamos sufrimiento:

“Siguen viéndote mis ojos
y todo duele, cada noche
cada hebra de tu pelo
llena el vacío enorme
de eso que fue algo
más que el estrecho
lugar entre tu cuerpo
y el mío”.

Y bueno, quisiera concluir felicitando a un gran amigo, un poeta que inicia este camino a veces ingrato de la publicación, más en un mundo dominado por una industria cultural gestionada en algunos casos en base al puro cálculo, al compadrazgo entre egos que a veces confunden la casa del poeta con una cueva de ladrones.
Que este sea, entonces, un sólido grano de arena, y el primero de muchos libros por venir.


Poesía Chile | Buenos Aires Poetry, 2019.