La Gran Belleza: 16 poetas y aforistas españoles contemporáneos | por Paula Díaz Altozano (Parte 1)

Parte 1: Carlos Catena Cózar, Blanca Berjano, Anabel Úbeda, Emily Roberts, Marina Casado, Mario García Obrero

Sobre la autora del artículo: Paula Díaz Altozano. Madrid, 1990. Becaria de Doctorado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid, con una tesis de fotografía artística. Licenciada en periodismo y grado profesional de música (piano). Máster en Comunicación Política (UCJC). Becada por el programa Erasmus + prácticas para residir en París y por Acciona para estudiar el máster de la Escuela SUR de Profesiones Artísticas, con sede en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Ganadora del primer premio del ‘VIII Certamen Literario de Relato Alonso Zamora Vicente’ (Universidad Nebrija) y finalista del ‘IX Certamen universitario de relato corto Jóvenes Talentos Booket-Austral’. Autora de los poemarios ‘A orillas de París’ (Ediciones En Huida, 2018), ‘Ríos de carretera’ (Bajamar, 2019) y ‘Unicornios’ (Buenos Aires Poetry, 2020). Admitida en el Graduate School of Arts and Sciences de la Universidad de Harvard para hacer una estancia el próximo curso.


Bajo el título que precede, se muestra a continuación un grupo de jóvenes poetas y aforistas españoles cuya obra hace una interpretación crítica y estética de la sociedad actual y del conjunto de expresiones artísticas, movimientos y tendencias de la poesía y aforística española.

Paolo Sorrentino, en su película ‘La gran belleza’, narra la historia de Jep Gambardella, un escritor que tras haber tenido éxito con una novela de juventud, lleva a sus 65 años una vida fastuosa y frívola entre círculos artísticos de la alta sociedad en la Roma de Berlusconi. El protagonista celebra fiestas desenfrenadas en su terraza con vistas al Coliseo, por donde desfilan políticos o performers invitados y toda clase de personajes extravagantes. Desencantado de ser partícipe de tal baile de máscaras —buscaba la belleza, pero no la he encontrado, reflexiona en un momento de la película—, Jep Gambardella, el rey de la mundanidad, esconde su decepción tras una mirada irónica y cínica, y sueña con volver a escribir en esa Roma donde aún se atisba la belleza.

Pues bien, escribir hoy poesía y aforismos en España es, en cierta manera, una búsqueda de esos destellos que en la vorágine vital solo se dejan ver unos instantes y aparecen ante nosotros como el reflejo de un barco en el horizonte. Tarea difícil, sin duda, pues nada hay más común en este tiempo que la apariencia. A pesar de ello, hay creadores que, como los seleccionados en este artículo, buscan (como Gambardella) atrapar esa belleza que tan pocas veces percibe el espectador.

Ser poeta o aforista en la actualidad no es fácil. Seguramente, nunca lo ha sido, pues hay que armarse de valor para mirar al infinito y sostener su mirada. Hoy en día, sin embargo, esto pudiera ser aún más complicado. Como muestra la película de Sorrentino, vivimos en una sociedad donde es tal la cantidad de información y de propuestas, que resulta un reto distinguir las creaciones de calidad de las que no lo son. El mundo va demasiado deprisa. Todo, incluso la poesía, es susceptible de ser consumido, y si como hiciera el ángel de Walter Benjamin, miramos hacia atrás, el remolino de los tiempos se alza imponente y corremos el riesgo de quedar abrumados por la historia.

Los poetas y aforistas presentes en este artículo son herederos de esa historia que en oleadas de tradiciones artísticas, catástrofes y vanguardias, ha dejado regueros de espuma en las riberas de lo contemporáneo. A estos creadores los incluyo en lo que he llamado ‘Posmodernismo ilustrado’. Antes de explicar este término, debo aclarar que ello no tiene intención de crear ninguna suerte de ‘generación’, pues, por fortuna para la poesía actual, gracias a la multitud de propuestas y nuevos canales de comunicación, el concepto de generación se ha diluido.

Sí hay, en cambio, ciertos elementos comunes presentes en la escritura de estos autores: una forma de crear que responde a ese ‘posmodernismo ilustrado’ que, aunque representa valores propios de la época como la hibridación, la diversidad, las nuevas tecnologías o el cuestionamiento de una verdad absoluta y universal, tiende con su propuesta a buscar una verdad personal que trasciende a lo colectivo. Para ello se sirven de valores que pueden definirse como ‘ilustrados’, por cierta similitud con el movimiento cultural iniciado a mediados del siglo XVIII: la imitación —en un buen sentido, como característica del pastiche en lo posmoderno—; la crítica de la tradición, al tiempo que se revisa o adopta; la utilidad social, en tanto que la mayoría de los autores toman una postura política crítica; la universalidad, como modelo multicultural; y un idealismo que, en este caso contrario a la razón ilustrada, se opone al antropocentrismo y da pie a modelos alternativos críticos con cuestiones como la crisis climática o el superconsumo.

Los escritores incluidos en este artículo, inmersos en el utilitarismo propio de la contemporaneidad, no dejan de lado aspectos que remiten a la cultura popular o de masas, lo que aumenta el valor de su propuesta. Esta característica está presente en su poética/aforística y sirve como reclamo para tener una visión lúcida y en ocasiones irónica de la realidad. Se establecen así dos géneros independientes, poesía y aforismo, que se complementan. La poesía contiene elementos filosóficos, aforísticos en algunos casos, y el aforismo se sirve a su vez de imágenes poéticas o reflexiones filosóficas, sin por ello dejar de ser independientes.

Respecto a sus influencias, es común en muchos de ellos su interés por clásicos y contemporáneos extranjeros (Eliot, Marguerite Duras, Clarice Lispector, Adrienne Rich, Anne Carson, etc) de géneros literarios y filosóficos distintos. Y también, aunque en menor medida, de los españoles, principalmente Lorca, Cernuda o Miguel Hernández. En general, los poetas seleccionados no siguen la tradición de la poesía de la experiencia española sino que prefieren corrientes de corte más vanguardista o intelectual, en la que destacan los nombres de José Ángel Valente, Francisca Aguirre, Claudio Rodríguez, Gamoneda o Pere Gimferrer. También se interesan por autores latinoamericanos como Bolaño, Pizarnik o Blanca Varela. Y además, gracias a la conexión virtual que permiten las redes sociales y a la celebración de actos presenciales, los autores reciben la influencia directa de sus coetáneos y de sus propios compañeros generacionales tanto en España como en otros países. Este conjunto de influencias, que abarca más de las mencionadas, hace que su obra marque una diferencia con la generación anterior. Se produce así una interesante renovación alejada de la poética experiencial y de los poetas institucionalizados; una poesía nueva que no teme participar en la cultura popular sin renunciar por ello a un quehacer crítico, artístico y estético.

La posmodernidad se asemeja a una Torre de Babel a medio construir. Si el momento inicial teorizaba sobre el fin de la historia, hoy podría hablarse de un ‘fin de los tiempos’. Puede ocurrir que llegue a parecernos imposible crear nada nuevo debido a la homogeneización cultural, a los medios de comunicación que pelean por copiarse a sí mismos y al hiperfuncionalismo imperante del que hablaron autores como Baudrillard. ¿Tiene sentido, entonces, escribir poesía después de Netflix?

El autor F. Jameson escribió que una vez que las tecnologías están por todas partes, se disipa la idea de Rimbaud de ser ‘absolutamente moderno’. Tenía razón, pero es posible que hoy, en lugar de tratar de ser modernos, debamos ser completamente contemporáneos, y para eso sea necesario mirar una vez más hacia atrás, sin olvidarnos del presente, a ese torbellino de tradiciones poéticas y filosóficas capaces de dar las claves para crear una obra de calidad. La época actual nos ofrece la posibilidad de ser partícipes de una hibridación, de la búsqueda de analogías que permitan repensar el mundo. Quizá, nunca ha habido un momento mejor y con más posibilidades para escribir que hoy.

La propuesta de los poetas y aforistas seleccionados demuestra que es posible escribir de manera que la filosofía, la política y la estética se complementen. De esta forma se alejan de la vulgaridad con una obra sólida y artística, con la búsqueda, en definitiva, de esos momentos que, como luces que aparecen en un cielo al anochecer, dejan vislumbrar la belleza.

***

Carlos Catena Cózar (Torres de Albánchez, Jaén, 1995) presenta con su poemario ‘Los días hábiles’ (Hiperión), premio ex aequo Hiperión, un imaginario donde coexisten la ciudad, un trabajo en el extranjero y evocaciones a la memoria tradicional, elemento este último que choca con la sociedad globalizada actual. Los poemas se suceden a la manera de escenas cinematográficas, a un ritmo pausado que permite adentrarse en su significado. No hay títulos ni signos ortográficos que puedan distraer al lector; tan solo versos, ráfagas que dejan ver el entorno donde el poeta reflexiona sobre el trabajo, las promesas o el pasado familiar. Algunas visiones dibujan la imagen de antepasados del autor: tras de sí las tierras que sembró para nosotros/ frente a mí la ciudad que no construyó nadie/ sentada en su sillón mi abuela observa/ cómo el vaso estalla entre mis manos. Otras, son escenas cotidianas, momentos de reflexión irónica: me miro las manos y espero a que alguien/ reconozca a un ingeniero en mis modales/ mi forma de construir la hamburguesa.

Las imágenes son testigo del día a día de un estudiante en el extranjero. Una visión personal alzada, incluso aunque esta no fuese la intención inicial del poeta, como testimonio generacional de quienes han emigrado para conseguir un futuro mejor. El autor hace referencia al poema ‘Aullido’ de Ginsberg, he visto a las mejores mentes de mi generación/ destruidas por un contrato basura de cara al público, y evoca la rutina del trabajo, el trayecto en metro o una tediosa jornada laboral que transcurre en oficinas blancas. El autor reflexiona acerca del origen, la identidad (no sé explicar un país ni tampoco una patria). El protagonista se ha marchado de ese lugar originario y no ha encontrado lo que esperaba. Por ello, un sentimiento de decepción recorre las páginas de ‘Los días hábiles’. Expectativas no cumplidas, días de trabajo en los que no se encuentra nada verdadero, revelan una ciudad fría y gris desde la que el poeta habla del arraigo y se posiciona con voz clara y crítica ante la sociedad.

Una voz igualmente crítica se encuentra en el poemario ‘Ratas en el alféizar’ (Ménades, 2019), de Blanca Berjano (Madrid, 1987). La autora presenta en este libro, terminado en una isla al norte de Madagascar, poemas que rompen con el rol establecido de la mujer. Versos breves se mezclan con otros más largos, en textos cercanos a la prosa poética que representan los orígenes culturales de la autora, el mundo grecorromano y el flamenco.

En la primera parte la voz de la autora se posiciona: yo soy la hija, la esposa, la hermana, la reina, y evoca lugares biográficos: Madrid, donde hay dalias encharcadas por el riego en un jardín donde nadie las ve o el Jardín Lal-Bagh en la India, lugar al que las mujeres no deben ir solas. Aparece así un pastiche de puntos geográficos y personajes actuales mezclados con otros de la antigüedad, de modos de sentir, hasta llegar a una segunda parte cuyo inicio es la poderosa imagen de una revolución de caballos en Islandia, motivo que vuelve a aparecer después: pocas veces cabalgo, y cuando lo hago es como si fuera un sueño. Un transitar que llega a una discoteca en el subsuelo y se encuentra con rostros azules en un espacio verde de ciénaga.

Su estilo recuerda en cierta manera a autoras como Anne Carson: la prosa poética se vuelve crónica, mirada afilada de un día cualquiera, trayecto en coche: de pronto una carretera de la Mancha, larga recta como la Giralda se aleja y es verano: hay un oasis en el asfalto, pedazos de río, se derrite el Guadalquivir con el calor del alquitrán, para caminar mientras se observa a las bailarinas con suelas de clavo que taconean el paso leve de la danza del fuego. Lucrecia o Cornelia desfilan por este poemario en que la mirada crítica de la autora se identifica con mujeres y diosas. Mujeres quemadas, reinas, brujas, emperatrices, flamencas; sin duda, universales, parte de una sociedad que deja ver sus rasgos en la actualidad.

Multitud de imágenes poéticas se manifiestan en ‘Visiones del refugio azul’ (Boria, 2019) de Anabel Úbeda (Cartagena, 1994). En su preludio la autora se retrata transfigurada como una Venus y recuerda momentos de la adolescencia, escenas arreciando belleza/ sobre un cuerpo inflamado/ de huida. Una adolescencia oscura, filo del sueño, de la sensualidad de una prenda negra, del cuerpo conmovido.

A medida que avanza el poemario, los recuerdos de niñez y adolescencia, más oscuros, dan paso a un paréntesis más personal o biográfico: aparece el Guernica, obra gris en la que un arcoíris asoma/ sus haces de vergüenza o la música de Charlestone. La poética, por momentos de carácter alegórico, deja ver elementos de la actualidad, marcas comerciales, hoteles y estaciones de servicio. Un conglomerado de imágenes superpuestas con una mirada irónica y otra más lírica sujetemos una rosa/ imaginaria/ cuyos oscuros pétalos/ sean del centeno/ con el que fuiste creado; un poemario donde el caos de imágenes deja ver el camino transitado por la voz de la autora.

En Emily Roberts (Ávila, 1991) y en su obra ‘Regalar el exilio’ (Harpo Libros, 2016) encontramos de nuevo el tema de lo extraño: impresiones en una casa extraña, en una ciudad extraña—Edimburgo— y en un idioma extraño. Extrañamiento de cosas o situaciones que fueron, son y pueden ser, una vida que no ha renunciado a sus raíces y, a la vez, adopta otras nuevas. Las imágenes del lugar dejado atrás se mezclan en el recuerdo de la autora: un color blanco distinto del que despertaba las autopistas antes de tiempo; aduanas donde no se puede llegar más lejos; itinerarios ficticios… La vuelta al origen acarrea una nueva lengua, dime que me entiendes/ aunque lleve las palabras/ colgadas en un cesto, el convencimiento de estar o pertenecer, y también la duda, cuando volví, el río ya no estaba. El nuevo idioma quiebra la lengua original. Nadie es la misma persona en un idioma distinto: cuántas yoes habrá en los idiomas que no conozco.

La autora, primera mujer de su familia en vivir en otro país, establece un vínculo generacional; un arraigo, el intento de saber si el exilio puede o no regalarse. Edimburgo, Ávila, Madrid, ciudades (des) conocidas, recuerdos de infancia, de viajes interiores hacia un lugar que vuelve a sí mismo, la imagen de una madre compañera de viaje; una huida, en definitiva, al origen.

En ‘De las horas sin sol’ (Huerga y Fierro, 2019) de Marina Casado (Madrid, 1989) también se hace patente el desarraigo. El poemario arroja claridad sobre la pérdida y el olvido, ahondando en las emociones de una manera sentida, con un lenguaje que recuerda al de autores de la Generación del 27. El olvido presente en los rincones de una casa: no reconocemos los rincones de mi casa/ cuelgan de ellos flores invisibles/ que nunca había mirado/ flores negras como el dolor de un astro; en recuerdos musicales de autores como Silvio Rodríguez o Víctor Jara, cuya música llena los espacios de quien ya no está presente. Poemas en verso se mezclan con otros en prosa (Partida de ajedrez), donde el elemento mitológico se bifurca en imágenes surrealistas en las propias evocaciones de la autora, volábamos pensando en la hora blanca, en la jirafa ardiendo de un cuadro de Dalí o con breves referencias al personaje de Alicia.

Aceptada la pérdida, hay lugar en el poemario para la esperanza, elevada como un faro entre las sombras de ángeles negros. Queda espacio para recordar una infancia de horas lentas como un mugido/ encharcadas/ igual que un brillo de astros derribados o de películas del oeste protagonizadas por John Wayne. La visión personal de Marina Casado se sumerge y nos sumerge en estos recuerdos. Trasciende a una mirada más amplia, donde el sueño se confunde con la realidad, la infancia se hace presente y el tiempo se mezcla con la letra de canciones que, más allá de la melancolía, siguen sonando.

Cambia el tono con Mario García Obrero (Getafe, 2003), ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande cuando solo tenía 14 años. Leer su poesía es como escuchar una sinfonía, una composición repleta de voces y tonalidades. Esto ocurre al leer ‘Ese ruido ya pájaro’ (Entricíclopes, 2019), su segundo libro publicado, un poemario-orquesta que tiene la virtud de alejar el ruido o de convertirlo en lirismo, en pájaro. Una de las citas que abre el texto, de John Cage, hace referencia a ese ruido que podemos encontrar fascinante. Estrépito convertido en un chorro de imágenes de gran fuerza expresiva. Dividido en tres partes: ‘Figura Campo Fondo’, ‘Variaciones sobre el quinteto para piano y cuerdas en mi bemol mayor op. 44 Schumann’ y ‘La bicicleta oxidada’, los versos se complementan con ilustraciones del propio autor. Así, el lector se encuentra, no solo ante un magnífico poeta, sino frente a un artista capaz de convertir lo plástico en poesía y lo poético en pintura, en música.

Las imágenes de ‘Ese ruido ya pájaro’, con reminiscencias a la poesía de Juan Carlos Mestre, crean una composición luminosa donde el amarillo a veces saluda a las palomas y otras se vuelve más azul. El autor dibuja escenas de luz, un diapasón, un pájaro que recoge flores en el curso alto de un sueño y, más tarde, decide guardar su corazón en un enebro. No es de extrañar que en la segunda parte aparezca el quinteto para piano de Schumann. Pareciera que el autor hubiese decidido escribir con un tempo similar, en tonalidad mayor, con una serie de poemas que, roto el verso tradicional, llegan a la tercera parte para preguntarse qué es la poesía: ahora que soy poeta solo me queda pensar qué es ser poeta.

La obra que, como poemario-sinfonía o poemario-cámara, está destinada a un pequeño auditorio, resuena con la fuerza de una tempestad. En ella hay lugar para representar a Miguel Hernández, Virginia Woolf o Mohamed Ali, para la búsqueda de una belleza que se ha de transitar como laurel en los patios/ ampliamente sumergido en el azar de los gorriones. Para convertirse en pájaro.

***

Carlos Catena Cózar. Torres de Albánchez, Jaén. Licenciado en Traducción e Interpretación y Máster en Interpretación de Conferencias por la Universidad de Granada. Ganador de premios como la IV Edición del Certamen Ucopoética en 2015 o el Premio Hiperión en 2019 con ‘Los días hábiles’. Ha aparecido en antologías como ‘Donde veas’ (La Bella Varsovia, 2015), ‘Después de veintitantos casi treinta’ (Ediciones en Huida, 2015) o ‘Algo se ha movido’ (Esdrújula, 2017). Coordinó y tradujo ‘Las bestias del corazón’, una muestra de poesía joven alemana para el blog ‘La Tribu’. Trabaja como traductor y vive a medio camino entre Bélgica y España.

Poemas de ‘Los días hábiles’:

intento construir una casa donde quepa mi abuela
mantengo el orden según sus enseñanzas
lo cocino todo con aceite de oliva
y desconfío de los que tienen dinero
la imagino sentada a esta mesa
en la que nadie nos comprende
lamenta al mirar por la ventana
la lluvia fatal para una cosecha que no existe
he colocado una estampa de su virgen en mi escritorio
he pedido a una gran empresa tecnológica
permiso para rezar el Ángelus cada mañana
desde este tiempo sin memoria
imagino una sesión de espiritismo con ella:
tras de sí las tierras que sembró para nosotros
frente a mí la ciudad que no construyó nadie
sentada en su sillón mi abuela observa
cómo el vaso estalla entre mis manos

*
el romanticismo no pudo gestarse un martes
el paisajismo inglés solo pudo ocurrir en fin de semana
una tarde tranquila de William Leech no puede ser
sino una tarde de sábado ociosa y rápida
absolutamente nadie pintaría el Argenteuil un miércoles
ni a Hopper le pudo inspirar el atardecer de los lunes

lo que importa de verdad ocurrió siempre
tan lejos de los días hábiles

*
cuando estés cansado
los pies no te respondan
y el tiempo nunca acabe
cuando cierres los ojos por la noche
la oscuridad sean números
el silencio órdenes
cuando estés harto y quieras irte
ven entonces aquí conmigo
porque una vez dijiste –qué joven–
contigo yo lo aguantaría todo

Blanca Berjano. (Madrid, 1987) es autora del poemario ‘Ratas en el alféizar’ (Ménades 2019). Estudió la licenciatura y el máster de Filología Clásica en la Universidad Complutense de Madrid y el máster de Enseñanza del Español como Lengua Extranjera en la Universidad de Sevilla. Ha obtenido una beca de la Universidad de Boulder, Colorado (EE. UU), para comenzar en enero de 2021 sus estudios de doctorado en Literatura Hispánica. Ha escrito artículos para Diagonal Periódico, Journal of Feminist, Gender and Women Studies, Campos de Plumas o Santa Rabia Magazine. Hasta la fecha ha trabajado como profesora de español y literatura en un liceo francés en la isla de Mayotte. En esta colonia francesa del Canal de Mozambique está inspirado su segundo libro de poemas: «El filo del arrecife», poemario inédito en el que investiga la colonización a través de la opresión en cuestiones del género, la racialización o la clase social.

Poemas de ‘Ratas en el alféizar’:

Quisiera poder ceñirme a un estilo, a un tono,
con un corpiño la cintura
para que me veas vibrar, cariño,
cual libélula que revolotea
sobre el agua de esta sucia piscina,
donde se remojan las palomas
en la estación del monzón.
Porque yo soy “La Sacrificá”,
la espera en la noche, la hija, la reina.
Yo soy la mujer que te vio morir
y renacer como un fénix desplumado
de alhelíes, de esperanzas,
y en mis entrañas llevo las letras
escritas con sangre de mi sacrificio.
Me puedo morir de sed, mis brazos
invadirse de lunares, acariciar la suave curva
del gaznate moribundo de mi caballo,
antes que absorber el agua
de este prolífero oasis,
adonde hemos venido a parar
casi sin aliento.
Y ese colorido privilegio
de flechas disparadas desde tu aljaba
confiere cierta tranquilidad a nuestro encuentro sexual:
todos los bichos que en cortejo procesional me arroparon
en las frías noches de invierno han venido a parar a esta
alberca…
Cuando le falte el agua a su aljibe llámeme, madre,
cuando ya no pueda humedecer con sal la llaga bermeja de
sus labios.
Yo soy la hija, la esposa, la hermana, la reina.

*
No, las mujeres no pueden ir solas al jardín botánico.
A las tres de la tarde en el jardín te esperan los hombres, Blanca.
Ni los perros cancerberos te defenderán, Blanca,
ni las madres–cobra morderán sus cuellos con ponzoñoso
veneno.

Las perras anuncian tu llegada por el megáfono, se expanden
sus ladridos en un eco mezclándose con el adhan; los jardines
se inundan con los bellos ululatos de las mezquitas y por un
momento no se perciben las bocinas de los coches.
Es muy fácil hablar de la paz, hermano, tú que eres hombre,
tú quieres enseñarme a mí un mensaje de paz, tú que me
observas fijamente desde la lejanía como si mi imagen te
perteneciera, tú que me persigues por este bello jardín
lleno de flores y de mosquitos y de miradas de bebés–mono
comiendo piña.
Los cuervos arrancarán los ojos de los cadáveres de las
lechuzas, mientras tú, hombre que rezas por la paz entre
hermanos, me perseguirás escondiéndote entre los arbustos
del jardín de Lal-bagh.

*
En el Castillo dell’ Ovo hay un huevo de piedra, y cuenta
la leyenda que cuando se destruya se hundirá la ciudad de
Nápoles.
Pero el sol siempre se pone por el mismo horizonte, los
pescadores siempre retornan al puerto a esa hora, en la que
el mar es una brizna de azul y oro y el monte Pozzuoli
difumina sus casas bajo una verde niebla; los árboles del
malecón se tornan naranjas y en los ventanales de un edificio
cualquiera se refleja el cielo, reverberando como un espejo.
Una fuerte luz dorada me salpica en la cara
adormeciéndome…
El mar se contonea con la danza del vientre, un pájaro negro
vuelva a ras del agua, las parejas se besan en el malecón del
puerto.

Anabel Úbeda. Cartagena Murcia (1994), es Graduada en Lengua Castellana y Literatura por la Universidad de Murcia. Se dedica a la profesión docente y colabora como reseñadora en el suplemento cultural Ababol de La Verdad y en la revista digital ‘El Coloquio de los Perros’, además de en su blog personal ‘El Leteo’. En 2018, tras participar en una antología local, diversas revistas y eventos, publicó su primer poemario ‘Visiones del refugio azul’ con Boria Ediciones.

Poemas de ‘Visiones del refugio azul’:

Primer movimiento

El segundero peregrino,
a tientas, aliena los chakras
vociferantes de mis entrañas.

Lóbregas energías emergen
para broncearse
y unificar marañas de
incertezas espinosas
que conforman mi caos.

Espacio y ¡acción!
se mueven al ritmo cinematográfico
de una serie de 20 temporadas
cuya protagonista
posee la sombra mutilada
de las poetisas malditas.

Parece que soy yo,
tras el telón alabeado,
con pose firme y pacífica,
observando desde el alféizar
mi versificada muerte
en la pólvora virgen de un arcabuz.

Posmodernismo

«El llegar a implicarse en la obra de arte comporta, a no dudar, la experiencia de desprenderse del mundo»
Susan Sontag, Contra la interpretación

Alto y claro
el «tú primero»
vino después de la gota de café
…………resbalando por mis dedos,
de la espuma de cerveza
…………alojada en tus comisuras.

Atraída por el movimiento
…………de tus ojos sobre mi piel
descargo mis metáforas en tus lunares
con una esperanza:
no ser interpretada.

Sin esperarlo
…………me lees con el cuidado
…………de quién toma en sus manos
…………un libro antiguo.

Vives la epopeya
…………encontrándote a Penélope
…………a Leia o a Gerda
…………entre todas las mujeres protagonistas
…………que en aquel «tú primero»
…………se expresan.

Guernica

El arcoíris en Guernica asoma
sus haces con vergüenza.

Se escucha la templanza
de unos cimientos ensangrentados
entre los que una jauría tembló.

Turbación.

Al agudo repican gritos ahogados,
las mantillas se hacen jirones.

Guernica respira.

Relojes de arena se invierten
y emanan dióxido de guerras sucias.
Fotosíntesis de una escenificación
innominada.

Sombras.

Guernica se escuda en pinceladas.

Tantas treguas posibles,
y nos dio por mirar el lienzo
desde posicionamientos equivocados.

…………Crees que no, pero sigue pasando.

Emily Roberts (Ávila, 1991) es Doctora en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid y profesora universitaria. Ha publicado los poemarios Animal de huida (Ediciones Oblicuas, 2013) y Regalar el exilio (Harpo Libros, 2016), y la novela La Tramontana (La Isla de Siltolá, 2016). En septiembre de 2020 publicará un libro de cuentos, Lejos de casa (Tres hermanas, 2020), y próximamente su tercer poemario, Parliament Hill (Vaso Roto). Resultó finalista del Certamen de Relato Breve “Cosecha Eñe” 2015 y sus relatos y poemas han aparecido en antologías como Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 2011). Ha residido en Utrecht, Edimburgo, Londres y Boston. Vive en Madrid.

Poemas de ‘Regalar el exilio’:

Souvenir

No sé qué puedo traerte de aquí.
Siempre me han gustado los souvenirs, las tiendas
de recuerdos, pero no he encontrado nada
que puedas llevar, comer o colgarte del cuello.

No sé qué puedo traerte de aquí
aparte de un tren que siempre llega a tiempo,
de un chasquido que tu lengua no sabe hacer,
de la palabra que no sabes traducir.

¿Y de qué te serviría?
No has venido aquí a buscarlo.
No has venido y ahora sólo
quedan estas manos vacías.

Correr desnudas por Arthur’s Seat

Nos desnudamos en el bosque.
Aguardamos a los lobos, pero no vinieron.
Estar fuera es estar lejos.
Despojarse de la ropa y la bandera.
Nunca hace el frío suficiente para volver.

Saludamos al Parlamento escocés
descalzas y con las manos bien abiertas,
los pulmones se quedan en el bolsillo
cuando tallamos nuestros nombres en la lengua materna,
la hierba húmeda nos pisa los talones.

Corremos desnudas por esta tierra nueva
rogando
que nos reclame.

Postal de invierno

Estás de vuelta en tu país de origen, pero te acuerdas de mí.
Una vez compartimos el mismo idioma,
aunque ya no hablemos la misma lengua,
nunca me llamabas por mi nombre
y no sé si me entendías.

¿Me entiendes?
Dime que me entiendes
aunque lleve las palabras
colgadas en un cesto
y no reconozca las mismas calles de noche
y no sepamos a quién hemos dejado atrás.

Marina Casado (Madrid, 1989) es licenciada en Periodismo y Doctora en Literatura Española y ejerce como profesora de Lengua Castellana y Literatura, además de colaborar en distintos medios como El País, Arbor, Actio Nova o Estrella Digital. Ha obtenido, entre otros, el primer premio del VI Certamen Literario SER Madrid Sur y el XV Certamen de Relato Corto Eugenio Carbajal. Ha resultado finalista del premio Adonáis de Poesía en 2018 y 2019, y ganadora del Segundo Premio Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid, en la modalidad de poesía, en 2019. Ha publicado los poemarios ‘Los despertares’ (2014), ‘Mi nombre de agua’ (2016) y ‘De las horas sin sol’ (2019). También es autora de los ensayos ‘El barco de cristal: Referencias literarias en el pop-rock’ (2014) y ‘La nostalgia inseparable de Rafael Alberti: Oscuridad y exilio en su obra’ (2017).

Poemas de ‘De las horas sin sol’:

El olvido

“Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.”
(F. García Lorca)

No reconozco los rincones de mi casa.
Cuelgan de ellos flores invisibles
que nunca había mirado:
flores negras como el dolor de un astro
o como la memoria malherida
que asesina el presente.
El olvido cobra la forma infecta
de un acordeón abandonado,
de alguna habitación vacía
donde no alcanzan los rayos de la luna.
Las paredes confiesan que me han visto llorar
y una niña, muy lejos, se despide en silencio.

Todo es silencio ahora.

El olvido cuelga de las paredes
como un astro invisible,
pero tan cierto.

Silvio

Recuerdo el asimétrico temblor del tocadiscos,
la guitarra de Silvio llenando los espacios,
cuando todos se iban, acabada la fiesta,
y tu licor de hierbas se quedaba a vivir sobre la mesa
en el salón abandonado, cercado de penumbra,
de tu mirada verde vagando en la memoria
de historias huérfanas que ahora
nadie recordará.

Hay signos en la casa que dicen que te fuiste
aun sin haberte ido:
un toallero que chirría para siempre,
un pilot negro acostumbrado
al calor de tu pecho
que se muere de frío,
la ausencia anquilosada
del olor a tabaco en la cocina,
los libros huérfanos que ahora
nadie mencionará.

El olvido, incesante, como un monstruo sin ojos,
asciende a borbotones por las sendas del tiempo.
Y te vuelve de nubes la cabeza
y nos marchita el corazón.
El olvido homogéneo, con las manos heladas,
es lo contrario al asimétrico temblor del tocadiscos,
a la vida que todavía mana de tus pupilas
si te sonrío y me recuerdas,
aunque Silvio Rodríguez ya no despunte su guitarra
en la penumbra del salón.

Jirafa ardiendo
(A propósito de un cuadro de Dalí)

Las montañas lejanas abandonan incendios
en sus goznes.
Hay un azul ennegrecido pintando las aldeas.
Mujeres sin sonrisa desenfundan cuchillos
con el deseo inocuo de dormir
y despertar luego sabiendo
que el río de su pecho se desborda.

Abriste los cajones de mi tórax
en el instante del desmayo.
Mira ahora mis manos extendidas
ensayando un abrazo de tres amaneceres,
un abrazo vencido por la nieve.

Puedes curar a duras penas la soledad del mundo
hasta que mi mirada tropiece con el fuego:
el fuego que no he visto y que corona
el reborde gastado de todos los insomnios.

Y siempre esa jirafa al borde del abismo,
esa jirafa ardiendo frente al mar estancado.

Mario García Obrero. Getafe (2003) empezó a escribir a los 7 años. Ha sido ganador del XIV Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande, que concede anualmente la Universidad Popular José Hierro de San Sebastián de los Reyes, con el poemario ‘Carpintería de armónicos’. Ha publicado también el poemario ‘Ese ruido ya pájaro’ con la editorial Entricíclopes.

Poemas de ‘Ese ruido ya pájaro’:

*

Escribiré trece compases
tiempo del trapecista que lava boniatos mirando la catedral
música de vendedor de grifos gentes griegas que dibujáis en la arena sandías
el que abandona azoteas y deja un cuerpo encalado como el patio de los santos
llegué muy joven a un mundo que era muy viejo
oraré por los almendros del olivar
la marinera masca espelta en un tren
soniquete de las flores del pájaro moscón
el rey incendiado en la sartén de los jornaleros
un gato recorre en la estación el cuerpo amarillento de las ideas
la abuela no sabe restar
garita donde doy letra al espejo
él tan antiguo

*

Quiero un caballo de cantueso y su aroma pausado
como una primavera en la cabeza del viejo bolchevique
extranjero que lleva su canción y la hace sonar por el cráneo de las comadronas
mi tierra aplaude a los hombres esmeralda que se posan a hacer alfombras
en el alféizar de las notarías
enciendo un pequeño insecto que carcome la piel del melocotón

*

Ammmmmmmmmm la acampada del gran emperador llegó a remo sorteando la
piedra hundida de la manera en que un filósofo compra bombillas o pasa un río en las clavijas del chelo y ellos gritan y gritan el día de mercado comercian cúrcuma o los pendientes perdidos de mi madre quizá esté donde mira un violinista acaricia las
pepitas de oro que mi tatarabuelo echaba al pan del martes do-si-re-mi-do-si-la-sol
mi bemol mayor relativo do menor tres alteraciones si-mi-la zumbido de bisonte cansado susurra pensé en el suroeste de Mozambique cómo toma gachas Lope de Vega y el nasal te quiero de la viola mira al cielo y resopla como una casamentera enrojecida sobre el pasto de los cernícalos esas caras de pez el amazónico agua que lava su cráneo llegaron en barco con el niño en la popa él decía ammmmmmmmmmmmm
sus ojos de aceituna enamorado en la plaza del pueblo alzaba banderas del afable Breogán y sus mastines pelirrojos unnnnnnnn si has de disparar creo en la poesía creo en los helados artesanos y en la radical condición de mi bemol mayor tres alteraciones la calzada de los laneros su corazón de caléndula los pastores en bicicleta Vivaldi en un coche de choque alumbra la cabaña de los éticos y las legumbres cerca había un regato tiempo el tachón del presidente occitano de la mantequilla como el beso del anular ¡¡¡reeeee!!! mi espalda era la de un caracolero que pinta brevas toda su vida el aplauso sinuoso de los prados

Buenos Aires Poetry | 2020