6 poemas | Jordi Doce

Jordi Doce (Gijón, España, 1967) ha publicado siete poemarios, entre los que destacan Lección de permanencia (Pre-Textos, 2000), Otras lunas (2002), Gran angular (2005) y No estábamos allí (Pre-Textos, 2016; mejor libro de poesía del año según El Cultural). Recientemente ha visto la luz la antología En la rueda de las apariciones. Poemas 1990-2019 (Ars Poética, 2020).
En prosa ha publicado, entre otros, los libros de notas y aforismos Hormigas blancas (2005) y Perros en la playa (2011), así como La vida en suspenso. Diario del confinamiento (Fórcola, 2020). Ha traducido la obra de numerosos poetas de habla inglesa, y en Libro de los otros (Trea, 2018) reunió las traducciones comentadas de poesía angloamericana que fue dando a conocer en su blog Perros en la playa: http://jordidoce.blogspot.com/

Se quemó las pestañas
–es decir, el espíritu–
hurgando entre las cosas,
buscando su sentido.
Un nervio puesto bajo el foco,
un estambre pelado.
Así el hambre revuelve los armarios
incapaz de elegir o de rendirse.
En el bosque de las presencias
los árboles le hicieron un pasillo
y luego se esfumaron.
Ha dejado de oír su propia voz.
Mira por la ventana de sí mismo
y la niebla humedece los cristales.

¿Adónde nos llevó
tanta prudencia? Estamos
donde siempre estuvimos,
sin argucias,
y esta es la prueba:
viejos principios,
limpias ejecutorias.
La vida fue muy corta.
Corto el ánimo,
la comprensión.
El pescador
que pesca siempre el mismo pez.
Eso fuimos nosotros,
señoría.
Y ahora, junto al mar
de la infinita posibilidad,
recogemos las redes
y volvemos al pueblo.
El óxido también prospera tierra adentro.
Madera seca que se comba.

Esta mano
que se crio en cautividad
no sabe valerse por sí sola.
Teme extraviarse
en la selva de su albedrío,
su entusiasmo animal.
Y por respeto al laberinto
de la vida voluble
cayó en el laberinto de sí misma.
La piel del dorso
es la cara visible de una luna
que guarda su distancia
de este mundo, del mar electrizante
del temblor
y el sobresalto.
Y esos dedos de araña
que acechan a lo lejos
no sabrían marchar de cacería
aunque quisieran.

El sol en los terrados,
la tarde y su miel dura,
goteante,
sobre el polvo de las baldosas.
La hora vertical
ya fue, pero su borra
hace más frágil el espíritu,
más vulnerable.
Una calma de antenas y techos de uralita.
Un cansancio de la materia
que guarda silencio para nada.
Y el rumor de la sangre
constatando
el perímetro exacto de su celda.
Si forzaras la vista
–si el mirar
fuera la solución y no el problema–,
sabrías que esta hoja en blanco
a la que vuelves por defecto
es suficiente:
un cielo pálido, sin pájaros;
el aire turbio,
como usado por dentro;
bajorrelieves de la luz
donde te encuentras a deshora
contigo mismo.
Es hora de volver a casa.

Estos muros
de los colegios de extrarradio
con sus vallas de alambre
y sus grafitis
se parecen, quizá,
a este cuaderno.
También aquí son ley
los desconchones,
la lepra del descuido,
el óxido maduro
de los grifos. Y este silencio
de media tarde
que estudia con su hocico
cada rastro.
Hay un ruido de cañerías
a lo lejos, como si el mar
se hubiera desplazado hasta nosotros
por debajo de los cimientos.
El perro del verano tiene sed.
Moja tus manos
en esa agua, en la corriente,
y te verás en ella caminar.

Y tú, de nuevo en la piscina,
nadando entre vencejos que planean sin cálculo
y zambullen su breve pico
en el agua clorada. Es el verano
fácil, la tregua fácil
del calor. Pasos
sobre la hierba
y el azul minucioso de la tarde.
Esta sordina
hecha de convivencias.
Y moscas, viejas moscas familiares
inevitables
sedientas
que beben la humedad del brazo: son las gotas
lo que buscan, su miel
vacía,
capaz de hipnotizarlas
y doblegar su vuelo. Es
el zumbido del párpado curioso,
el instante que crece
sobre sí mismo.
Tú braceas en mitad del idilio.

Colaboración enviada por Juan Carlos Abril | Poesía España | Buenos Aires Poetry, 2020.