Sobre: El Alma y la Inmortalidad de Víctor Toledo | Fernando Corona

SOBRE EL ALMA Y LA INMORTALIDAD DE VÍCTOR TOLEDO

DISCURSO SOBRE ESE OTRO LUGAR DE LAS HADAS Y LAS BRUJAS

Fernando Corona

No resisto la tentación de iniciar esta presentación de la trilogía de Toledo con la mención de un autor y de un concepto. El autor es John Ronald Reuel Tolkien y no, no estoy pensando en platicar sobre El hobbit ni en reseñar la saga de El señor de los anillos ni en referir alguna de las baladas o narraciones menores de su descomunal obra mitográfica. Estoy pensando en su breve ensayo Sobre los cuentos de hadas, de 1947. Y me vino a la mente el gran y complejo Tolkien porque, como él, Toledo es profesor y conocedor de literatura y filología en más de una lengua; como él, Toledo es poeta en el sentido de recreador y reformulador de mitos; como él, Toledo habla con las hadas y las plantas (que, si no son lo mismo, son entes emparentados), para al final llevarlas al ámbito de su constelación verbal.

El concepto, por su parte, que no resisto mencionar es el de un vocablo inglés que, merced en gran medida a la magia originaria de esa lengua (entre la plasticidad y el juego de acomodos, germen de trabalenguas y acertijos), puede ser dicho de un modo o de otro con sólo decidir dónde cortar la palabra para decir dos pequeñas y certeras. Pensando en ese concepto inglés, estuve a punto de verterlo sobre el título de este escrito en una suerte de versión castellanizada, que iba a desmerecer en absoluto. Y es que casi me decidí a escribir no lugar en vez de otro lugar. La idea iba a servir, pero no pensamos así en nuestra lengua de Castilla. Con todo, sospecho que ese no locativo inglés tiende a veces a querer decir otro. Pues bien, el concepto que no resisto mencionar para provecho de la trilogía de Víctor Toledo se escribe así: n-o-w-h-e-r-e. De suerte tal que podemos decir no where (ningún lado) y now here (ahora aquí -el hic-et-nunc latino-) en la fascinación tentadora de decir ambas nociones al mismo tiempo.

La cuestión es que, como las visiones de “El Aleph” de Borges, las ideas en este discurso y en todos deben ser captados por nuestra humana naturaleza de modo sucesivo y nunca simultáneo. Así es un paisaje o una pintura de Brueghel el Viejo, así es el escudo de Aquiles o un mosaico árabe. Nuestra esencia conlleva el triste sino de no poder captar el mundo de un golpe simultáneo. Somos recopiladores, coleccionistas de sensaciones y vivencias, y nuestra condena es enumerar, enlistar toda la vida. Sin embargo, hay un lugar, un otro lugar, que, siendo ningún lado, es aquí y ahora. En ese hic et nunc que es ningún sitio viven las hadas, las brujas, los naguales y los duendes.

Explico con más calma: no ocurre, como se nos quiere hacer comprender desde niños, que exista un mundo real del que no tenemos que dudar y desde el cual, por una especie de concesión fanfarrona y por puro entretenimiento cuando mucho educativo, se crea una ficción -y ahí morará la literatura, junto a toda arte- bajo el acuerdo (más aun, consenso) de que lo disfrutaremos, mas no nos lo creeremos. Así entendemos social y civilizadamente la ficción y encima estamos dispuestos a no hablar de ello jamás. Decir que uno vio o creyó ver o llanamente creyó en sirenas o ángeles nos convierte cuando mucho en Quijotes y comúnmente en orate.

Tolkien ya en 1947, al preguntarse qué era un cuento de hadas, recurría al Oxford English Dictionary, para acabar citando respuestas de 1750: “a) un cuento sobre hadas o, de forma más general, una leyenda fantástica; b) un relato irreal o increíble; y c) una falsedad”.

¿Somos entonces seres cabalmente racionales que encuentran placer o pasatiempo en crear y contarse, por generaciones incontables, historias irreales? Es decir, ¿creemos que un relato falso, en el que aceptamos que todo es fantasioso, tiene una función con todo útil y hasta formadora? ¿Ése es el acuerdo, decirle a un sujeto “emociónate, pero no te lo creas, no es más que un placebo y la realidad es inalterable, el mundo ya está sabido y probado, no hay más qué crear, no creas en tarugadas”? ¿Ése es el acuerdo? Porque, si es así, renuncio no sólo a la literatura, sino a la sensibilidad humana. Sería no más que un sabotaje mental para pasarla bien a ratos y afianzar más y mejor el estamento social: la realidad.

Felizmente, Tolkien dedica párrafos largos en su ensayo a hablar de ese otro lugar que llama País Peligroso, Reino Peligroso o Fantasía y que parte de una palabra que califica de riesgosa: sobrenatural, “a menos que ‘sobre’ se tome meramente como prefijo superlativo. Porque es el hombre -prosigue Tolkien-, en contraste, quien es sobrenatural (y a menudo de talla reducida), mientras que ellas [sc. las hadas] son naturales, muchísimo más naturales que él”.

El otro lugar, pues, el no lugar, ese aquí ahora y ningún sitio a un tiempo, Fantasía, Utopía, Nunca Jamás, Más Allá, Jardín de las Orquídeas Susurrantes, País de las Maravillas, Liliput, Otro Lado del Espejo, Ojo de Agua, Zona de Silencio y un largo etcétera que es el repertorio para decir Mundo Alterno o Mundo Interno, no puede sino ser la demarcación o dimensión contraria al Mundo Subalterno que llamamos realidad y que sólo sirve para darle uso, utilidad, comercio.

Desde el otro lugar nos habla Víctor Toledo para construir una trilogía rotunda y deslumbrante. El poeta y el ensayista (el pensador, mejor aun) va a ese lugar y se regresa para tratar de describirlo. El asunto peliagudo es que de esa zona no se vuelve sin el maleficio de Casandra: “sabrás las cosas de ese mundo -le habrá dicho acaso Apolo a Toledo-, pero no te creerán”. Y es que del reino de ese Au-Delà, que es el de las hadas, de ese inframundo al que hay que descender con y como Orfeo, de ese vuelo de las brujas que es el de la liberación del afianzamiento que es el cuerpo y la materia, no se puede volver con la palabra, sino con la experiencia.

Como en los otros tantos planos iniciáticos (éste lo es por excelencia, porque es el volver a la esencia y despertar en ella para ver), no hay más que hacer aquí que invitar a la experiencia. Así queda plasmado este lenguaje y es, en consecuencia, más invocación y oráculo que texto y explicación.

Víctor nos lleva al lenguaje de las hadas, a la Tierra Incógnita y Sagrada donde hay de ingreso un Aqueronte y expone demarcando que “primero fueron las grandes serpientes” para cerrar el conjuro con la eternidad y el infinito. Es una tierra llena de sueños, drogas, plantas, locuras, cantos, rocíos, grutas, hongos. Y ahí vamos con él, guía y chamán, por el único vehículo posible: el verso, el lenguaje.

De bardo y druida, Toledo se transmuta en psicopompo -por la bendita labor de ser quien envía las almas (¿a dónde?, a su lugar, al inframundo, de donde se salió para estar en real-mundo, es decir, el no lugar, el que no debería se, donde no se debería estar). Así, el segundo tramo de la serie, El secreto de Orfeo, permite al autor llevarnos por un trayecto entre literario, arqueológico y mitográfico, por los vericuetos del misterio de por qué bajó el poeta divino de Tracia (el poeta por antonomasia) a los infiernos (que no son, aunque el cristianismo y Dante lo quieran, la región de las penas y los castigos).

Como en La poesía y las hadas, el primer tomo, el viaje órfico inicia con “el ser de la serpiente”, pasa por la gruta del hada Guadalupe y revela el mayor de los espejos: “el mundo al revés”, donde la muerte es vida y la vida es muerte, para llegar al fin a descubrir el secreto del poeta mítico por excelencia: “la vida es sólo ilusión”. Y, punto casi final del segundo tramo, no pasa el autor a los obsequios anexos (poemas a Orfeo, opúsculos e iconografía) sin soltar la aseveración máxima que hace engarce con el tercer tramo de la serie: “el alma vuela porque regresa a su unidad”.

En esta afirmación del segundo tomo se concentra el meollo fundamental del libro tercero: El vuelo de las brujas, que nació literariamente como pregunta también. Si el segundo tomo es de suyo ¿por qué desciende Orfeo a los ínferos?, el tercero es ¿por qué vuelan las brujas? Y he aquí un recorrido entre narrativo y testimonial, casi periodístico, entre testigos, referencias, pláticas, interpretaciones, citas a lo largo de culturas distintas: desde los parajes de la chamana María Sabina hasta Lao Tsu o la Noche de Walpurgis. Los temas claves son la inmortalidad y lo sobrenatural (claro, más mexicanizado todo entre naguales y toloaches).

Víctor Toledo nunca deja de ser poeta ni de saberse en los terrenos del Otro Mundo, el No Lugar. Canta, explica, expone, extravía. Su verbo es ya el del Otro Lado y nos pone pruebas y trampas para hacernos caer, pues sabe que no habrá mejor experiencia poética al leerlo que devolver al lector o escucha al sitio primordial, ya sea haciéndolo cantar, descender o volar. Aquí se da por hecho que el alma existe (mal que le pese al mundo posmoderno), aquí se da por hecho que el otro lugar, el no lugar, es nuestra esencia. El otro ser que somos, el auténtico, el intenso pulso vital, es el alma. El otro lugar, el no lugar, es la poesía.

Carretera Ciudad de México a Puebla

Poesía México | Buenos Aires Poetry, 2020