Un diálogo de sordos | Jorge Fondebrider

«Ningún irlandés toleraría hoy que un inglés intentara legislar sobre el rumbo asumido por la poesía de Irlanda por el mero hecho de hablar una lengua parecida. ¿Por qué, desde las provincias americanas de la lengua, deberíamos aceptar entonces el juicio español?». J. F.

En los últimos meses hubo en España una polémica suscitada por la antología publicada por Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla; vale decir, las respectivas reseñas, las respuestas a algunas de ellas, la ampliación del problema a la discusión sobre las vanguardias, etc. Como le dije no hace mucho a Mario Campaña, poeta ecuatoriano, antologador de poesía latinoamericana y participante activo de esas idas y vueltas, tengo la sensación de que el problema en sí no es el del lapso que se le atribuye a los distintos momentos de la vanguardia –concepto que, como bien señalara Borges, corresponde más al léxico militar que a las categorías estéticas y que, si se me permite, a esta altura del partido, atrasa–, sino a un malentendido mayor que pasa por el abismo cada vez más grande que existe entre lo que se escribe y piensa España e Latinoamérica.

Eso le escribí al crítico Ignacio Echevarría, suerte de “árbitro” de la polémica desde las páginas de la revista Contexto (https://ctxt.es/). Me contestó sobresaltado: “Lo que planteas en él abre un debate siempre pendiente, el de las relaciones culturales en el ámbito hispánico. Pero estimo que tiene muy poco que ver con la reflexión que nos proponemos encauzar en CTXT sobre los alcances de la vanguardia. Tu intervención, al menos en este marco (fuera de él podemos plantearla, si quieres, en otro momento), desvía el debate en una dirección que a mí, personalmente, no me interesa. Repito que no me cierro a plantear la cuestión que abordas, sobre la que me encantaría conversar llegada la ocasión. Sin duda compartimos no pocas apreciaciones, por mucho que en otras discrepemos. Pero mi experiencia me dicta que dar tu artículo ahora supone abrir una caja de truenos que en nada va a iluminar el asunto considerado, y sí en cambio desvirtuar cualquier amago de discusión. Al parecer tú crees que el diálogo en esta materia no es posible. Nosotros pensamos que sí y por el momento lo vamos a intentar”.

Echevarría tiene razón. Yo no creo posible el diálogo, pero no por las razones que él supone, sino porque tengo la impresión de que, como en las polémicas medievales, usamos palabras que nos son aparentemente comunes, pero cuyo significado no es el mismo. Me explico: del mismo modo que en España se habla de “izquierdas”, así en plural, y en Latinoamérica, de “izquierda”, así en singular, en muchos otros aspectos, tanto políticos como culturales nombramos las cosas con un mismo término que de uno y otro lado no significan lo mismo. En el caso específico de la polémica generada por la antología de Bonet y Bonilla, muy criticada por algunos latinoamericanos que viven en España, habría que decir que para que haya habido una “vanguardia”, también debió haber existido antes una “academia” contra la cual esa vanguardia se rebeló. Puede que sea el caso de España, pero las llamadas vanguardias latinoamericanas –ya se trate de la generación del 22 argentina, de la poesía antropófaga brasileña o de otros hitos tempranos que rechazaron alguna forma de tradición– prácticamente no se rebelaron contra otra cosa más que contra el modernismo hispanoamericano, que, de ninguna manera fue académico, sino apenas un movimiento previo que, como todo movimiento artístico, en algún momento se anquilosó. Dicho esto, podría leerse el gesto vanguardista, o bien como un resultado natural de la evolución del modernismo (cfr. los aspectos más nacionalistas de la poesía de José Martí o Leopoldo Lugones) o como un gesto meramente imitativo respecto de Francia (nunca España), que se llevó a cabo con toda naturalidad. Por eso de este lado del Atlántico hubo Huidobro, Vallejo, Girondo, Macedonio Fernández, etc. España, en cambio, no produjo nada que realmente subvirtiera el lenguaje poético de Hispanoamérica, al menos hasta Poeta en Nueva York, de Lorca. Y eso no es blasón suficiente que autorice a España a instalarse en el papel de administradora y jueza de la idea de vanguardia, sino apenas un dato de la historia literaria que, convengamos, no es la historia de la literatura.

Sin embargo, hay un equívoco incluso más importante. Lamentablemente, más allá de su poderosa industria editorial –que es asunto de mercado y no de literatura– España no ha hecho gran cosa para ganarse el título de árbitro de nada, entre otras cosas, porque, aunque la circulación que permiten las comunicaciones actuales deberían alentar la curiosidad y permitir mayores contactos, tengo la impresión de que nada ha cambiado desde la época en que había que esperar el viaje de alguien o, en segundo lugar, el correo para entender por dónde andaba cada uno. Dicho de otro modo, las referencias que España tiene sobre lo que pasa en Latinoamérica, con suerte, corresponden a lo que aquí ocurría hace por lo menos dos décadas y, en más de una oportunidad, las novedades le llegan una vez luego de haber sido “aprobadas” en Francia, Alemania, Gran Bretaña o, eventualmente, los Estados Unidos, lo cual, si se me permite, denota un cierto complejo de inferioridad como para producir juicios propios. Los ejemplos sobran.

En el ámbito de la poesía argentina –que, en todo caso, es el que más me interesa– he observado en varias oportunidades el asombro manifiesto de interlocutores españoles, cultos y avisados, cuando en Buenos Aires se les ha dicho que nadie lee ni escribe como Leopoldo Lugones, que figuras como las de Enrique Molina, Juan Gelman o Alejandra Pizarnik –más allá de la importancia que el juicio de cada cual les asigne– atraviesan en estos momentos un período poco feliz en la consideración de los jóvenes y que, desde la perspectiva opuesta, poetas como Edgar Bayley, Joaquín O. Giannuzzi, Leónidas Lamborghini, Francisco Madariaga, Amelia Biagioni, Héctor Viel Temperley Hugo Padeletti, Juana Bignozzi o Arnaldo Calveyra ocupan desde hace al menos tres décadas el centro del escenario, habiéndose convertido en las voces más influyentes para, al menos, tres generaciones. Dicho de otro modo, una discusión así planteada, por falta de información, no conduciría a ninguna parte. Y si este mismo caso se llevara al resto de los países de Latinoamérica, la conclusión no sería muy distinta.

Desde este lado del mundo hemos hecho el esfuerzo por tratar de enterarnos de lo que ocurre en las otras provincias de la lengua. Y al “contrabando” de libros de los años ochenta sucedió Internet que terminó por aclarar muchas cosas. Recuerdo, por ejemplo, que durante mis diez años en la redacción de Diario de Poesía nos costó mucho entrar en contacto con nuestros pares mexicanos. Una generación después, cualquier poeta joven argentino conocía a sus equivalentes de México, de Colombia, de Venezuela, de Ecuador, de Perú, de Chile y, por supuesto, de Uruguay. Pocos, sin embargo, saben lo que pasa en España. Acaso toda esa la ultrapromocionada “nueva sentimentalidad” y la “poesía de la experiencia” contribuyeron a ese desinterés manifiesto, y acaso injusto, que, a la distancia y considerando los puestos de poder adquiridos por algunos de los exponentes de esas tendencias líricas, hoy parece muy difícil remontar. Ésa es una explicación. Otra, que los cambios en la prosodia del castellano de una y otra parte del mundo han hecho que un poeta español esté más cerca de la tradición y tenga un mayor apego por las formas fijas que el que, grosso modo, tiene un poeta de las otras provincias de la lengua, sometidas no a un momento de “vanguardia”, sino a muchos que, por las razones expresadas, España desconoce.

Tal vez sea inevitable que esa bifurcación prosódica hoy resulte poco menos que insalvable. Si uno compara, por ejemplo, la poesía de los Estados Unidos con la de Gran Bretaña, comprobará algo similar. Y si se hiciera la misma experiencia entre la poesía de inglesa respecto de la irlandesa, la separación sería aun mayor. Sin embargo, ningún irlandés toleraría hoy que un inglés intentara legislar sobre el rumbo asumido por la poesía de Irlanda por el mero hecho de hablar una lengua parecida. ¿Por qué, desde las provincias americanas de la lengua, deberíamos aceptar entonces el juicio español?

Buenos Aires Poetry, 2020