Pablo Neruda: Residencia en la tierra y su trágica actualidad

NO TAN HORROROSO CHILEColumna de Rodrigo Arriagada Zubieta

«Al menos en Chile, hasta cierta década, todos aprendimos algún poema de Neruda de memoria, incluso antes de entender qué es la poesía, ya sea que algunos la hayamos comprendido en lo más profundo o no hayamos alcanzado a rozar su sombra. De hecho, me resulta fácil notar, a esta edad, que mientras los poetas de otras latitudes leen sus poemas, los chilenos recitamos. Esa teatralidad es una profunda huella nerudiana que conservamos casi como un sustrato ritual».

Residencia en la tierra (1925-1935) es la obra más importante de la poesía contemporánea escrita en lengua castellana, y cumbre de un poeta trágico, asediado permanentemente por la muerte. Neruda simplemente atribuyó su oscuridad a la naturaleza americana, a sus ríos despiadados, al olor cansado de las grandes selvas, a la noche que se incrusta en el alma. El sentimiento trágico de su obra se revela como un combate incasable con el tiempo. El “alma”, una palabra que Neruda utilizó a destajo no obstante su admitido ateísmo, es el centro dinámico de su creación. Su gran rival: la materia. Hay en las Residencias la angustia por decir algo, una dificultad de comunicación de lo menos trivial que asesta su mejor testimonio en el poema Galope Muerto.

Lenguaje sordo, hermético, compacto, remoto como la intuición esencial de la materia, transmite casi de manera visceral lo interferido, lo recubierto, lo sustituido. Nunca he vuelto a leer un poema que pueda causar todas las connotaciones de destrucción ciega, de un naufragio interior sin siquiera referir un sujeto: aquello de que se habla no aparece mencionado.

Tomando como punto de corte las Residencias, la obra de Neruda ha sido considerada por muchos en términos de caída, al ponderarla linealmente. Bajo este dogma un autor como Bolaño pudo decir: “Neruda fue un poeta que escribió tres libros buenos y el resto brutalmente malos”. En su momento fue Juan Ramón Jiménez el mayor hostigador, que señaló a Neruda como un “un gran poeta de la desorganización… que posee un gran depósito de cuanto ha sido encontrado por su mundo, algo así como un vertedero”. Si ese vertedero es o fue Latinoamérica, Neruda amplió el basural, encontrando mejores afinidades en los modernistas angloamericanos que en sus admitidas filiaciones españolas para componer su mejor obra. El genio de las Residencias recae en la observación directa de un paisaje caótico, ya sea de Chile o perteneciente a la geografía asiática. Es impensable que Neruda no conociera La Tierra Baldía de Eliot al momento de escribirlas, no obstante nunca lo admitió. De las varias concomitancias entre ambas obras mencionaré sólo una: en Walking Around leemos “asustar un notario con un lirio cortado”, mientras en Rapsodia de una noche de viento “un loco agita un geranio muerto”.

Un gran poeta sobrevive por un puñado de poemas, pienso que cinco a lo sumo. Neruda supera con creces esa cifra. Es casi obvio que en una obra así de extensa se encuentren altos y bajos. Más allá de lo que se pueda decir, hay algo indesmentible y que Parra comprendió tempranamente bajo el siguiente dictamen: “al final todos los que escribimos poesía seremos medidos con el metro de Neruda”. Esa sentencia toca en lo medular a los chilenos que seguimos en esta aventura. El rechazo de Bolaño oculta la más plena admiración e inquietud connatural de quien ve el camino al que puede abrirse un latinoamericano con ferocidad y salvajismo, desde la precariedad absoluta hacia un ámbito mundial. Porque al menos en Chile, hasta cierta década, todos aprendimos algún poema de Neruda de memoria, incluso antes de entender qué es la poesía, ya sea que algunos la hayamos comprendido en lo más profundo o no hayamos alcanzado a rozar su sombra. De hecho, me resulta fácil notar, a esta edad, que mientras los poetas de otras latitudes leen sus poemas, los chilenos recitamos. Esa teatralidad es una profunda huella nerudiana que conservamos casi como un sustrato ritual. En 4 años más se cumplirá el centenario de la primera Residencia y pareciera no haber un nuevo “metro” con el cual medir nuestros esfuerzos. Sin embargo, todos los que nacemos a la poesía en Chile, sabemos que debemos ubicarnos de un lado u otro con Neruda en el centro. Lo cierto es que, más allá de las adscripciones a movimientos europeos o el intento de afiliarlo a la estructura española por el uso de una lengua común, cabe advertir que la poesía es ritmo y que sacarle a la materia los acentos residenciarios quizás esté más cercano a una dimensión del espíritu, destilada de toda pureza, ajena a las sociedades con tradiciones estables. En la contemporaneidad ese esfuerzo encontró sus mejores momentos en el modernism norteamericano, en la beat generation, y en el ciclo poético que se abre con Neruda en Latinoamérica, específicamente en Chile, y del cual no hemos podido salir aún, embadurnados al mismo tiempo por un sentimiento de angustia y de precario regocijo.

Rodrigo Arriagada Zubieta: http://www.rodrigoarriagadazubieta.com/