Jorge Teillier: Hacerse poeta

NO TAN HORROROSO CHILEColumna de Rodrigo Arriagada Zubieta

«En Chile muchos mueren y seguiremos muriendo de alcohol, de tabaquismo y, en lo que vendrá, de adicción a los fármacos. Para ello no es necesario dedicarse a la literatura. Muchos nos narcotizamos, por exclusión, de algo que se inhala intenso, condensado en una sociedad fracturada, exitista e irrefrenable. De ahí que la grandeza de Teillier se pueda ubicar en haber construido por y en el lenguaje −y ese es el único modo de convertirse en poeta− esa Arcadia inexistente que postuló y que nos permite acceder, aunque sea a ratos, a ese lugar soñado donde se consuma la única certeza vital, irreductible a toda aspiración mundana y que él sintetizó de manera rotunda: que respiramos y dejamos de respirar».

Jorge Teillier (1935-1996) fue uno de aquellos que no sólo escribió poesía, sino que se dedicó a hacerse poeta. Frente a un ambiente dominado por el Neruda del Canto General (1950), el autor de Para ángeles y gorriones (1953-1956)fue en extremo lúcido para comprender el panorama literario y proponer años más tarde su propia teoría poética, esquemáticamente esbozada en un ensayo de 1965. La poesía de los lares obedece a la idea de que los muertos conviven con los vivos. Para los romanos el hogar no es sólo el lugar de reunión, sino de culto a los “lares”, pequeñas imágenes tutelares que cuidan a la familia, de ahí que lo familiar sea lo común, aquello que se debe preservar frente a una amenaza externa (familiaris).

El poeta lárico es- heideggerianamente- un guardián de la palabra y de una provincia, pero aquella no es un lugar geográfico, sino una provincia mental. Es claro que para Teillier el hombre está perdido en la ciudad, aspecto que lo acerca a Rilke. Pero de ello no se deduce que se pueda reducir la propuesta a la polaridad entre lo rural y lo urbano. De hecho, poco se aviene su poesía con la de los bautizados por Parra como “poetas de la claridad”, orientados hacia una estética criollista en los años 40-50. El poeta que crea Teillier, ya sea textual o biográficamente se adscribe de mejor manera a la idea del forastero, aquél individuo que está de paso y recoge algo para llevárselo, entre la ciudad y el campo. El espacio vital en que nació Jorge Teillier− Lautaro− fue una mezcla de herencia mapuche, chilena, francesa e inglesa, un lugar recién fundado, sin tradición. Y por lo mismo, si hay un regreso no es hacia un ambiente rural o campesino, como sí lo es hacia un País de Nunca Jamás. Por eso se ha dicho con justeza que si hay nostalgia en Teillier es del futuro. “El valor literario da lo mismo. El valor de vivir es lo que importa”, señaló en alguna ocasión. Y si se vive, es en medio de una sociedad de co-difuntos, donde él mismo se sabe muerto. Desde ese espacio imposible emana el misterio que entrañan sus versos, desdibujados por un estado amnésico, difuso, pero que se nos revela familiar por su carga de humanidad. El poeta es un artesano que escribe para el pueblo que está ausente o excluido, como en el entrañable Botella al Mar, una de sus cumbres: Lo que escribo no es para ti ni para mí/ni para los iniciados/Es para la niña que nadie saca a bailar, es para los hermanos que afrontan la borrachera y a quienes desdeñan /los que se creen santos, profetas o poderosos.

Hay pocos versos mejores que estos en la poesía chilena, ya sea que se los tome por sí solos o se los reconozca en su dimensión política, aspecto que se suele ignorar cuando se habla de Teillier. El poeta es político de una forma enteramente nueva, ajena a la adscripción panfletaria de Neruda, o a la crítica desacralizadora de Lihn. Y esta es una lección para todo poeta. Porque si hay política literaria ésta debe entenderse como el momento en que los que no tienen tiempo se toman el tiempo necesario para mostrarse habitantes de un espacio común. Esa distribución de identidades, de experiencias, de lo invisible, del ruido y de la palabra, es la política en sí. Y aquí está lo revolucionario en Teillier, acaso mucho más que en Neruda: es político al hacernos experimentar lo que en la modernidad no ha devenido nuestro: un camino nuevo para llegar a casa, el compartir juntos ante el fuego de la cocina, ríos en que suenan remos, o “bares metafísicos” en los que se pierde el tiempo con los amigos. En su poesía las cosas danzan sobre una línea quebradiza, sus versos nos invitan a admirar aquello que nos sobrevivirá, un lugar antropológico que existió o nunca ha existido: “Bajo el cielo nacido tras la lluvia/pienso que la felicidad no es sino/ leve deslizarse de remos en el agua”. He aquí, en una imagen, la felicidad auscultada en su humildad, en el proyectar la mirada sobre la mágica hendidura de las cosas, en el sonido de un desconocido que silba en el bosque.

El mundo que verdaderamente habitó Teillier fue el de hacerse poeta y para ello no cupo nacionalidad. Dijo: “Creo que es un signo de madurez no preguntarse ya qué es lo chileno. Las personas adultas no se preguntan quiénes son, sino cómo van a actuar”. Aquello implicó, por igual, asumir la poesía como traducción. Cosa curiosa, frente al siempre reclamado “larismo”, buscó su lenguaje y mitología lejos de casa: en Milocz, en Trakl, en René Guy Cadou, en Knut Hasum. Y a pesar de hacer escrito una docena de libros, su obra completa se puede leer como un único gran poema, enrevesado de voces ajenas

Tengo la impresión de que en la palabra actuar está la clave de Teillier. Sus fotografías lo inmortalizan: generalmente lo vemos en sepia, o en blanco y negro, en una línea de ferrocarril, con la misma vestimenta, en colores difíciles de identificar en el Santiago de los 90´s, y que más bien obedecen a una fabricación posterior, casi de laboratorio. Teillier interpretó hasta la náusea el personaje de sí mismo, uno que no cuesta demasiado jugar, eso sí, en el irrespirable Santiago de Chile: el del alcohólico que bebe por dos generaciones más hasta morir desangrado. Armando Uribe dijo que Teillier no sólo era poeta, sino que parecía poeta, deslumbrante y melancólico. Pero si se lo ha de recordar es por captar, como nadie, el entorno demasiado evanescente de la vida, el de las palabras como tierra húmeda, por iluminar el escenario de la atmósfera del instante intransitivo, inigualablemente sugerido en Twilight: viajamos y viajamos/aun sabiendo que todo no puede sino terminar/ en una casa miserable donde se mira/ esa luz obstinada en pelear contra la noche.

¿Se convirtió Teillier en poeta? Me atrevo a decir que sí. No fue, claro está, un poeta maldito, ni creo que haya tenido una vida demasiado terrible. En Chile muchos mueren y seguiremos muriendo de alcohol, de tabaquismo y, en lo que vendrá, de adicción a los fármacos. Para ello no es necesario dedicarse a la literatura. Muchos nos narcotizamos, por exclusión, de algo que se inhala intenso, condensado en una sociedad fracturada, exitista e irrefrenable. De ahí que la grandeza de Teillier se pueda ubicar en haber construido por y en el lenguaje −y ese es el único modo de convertirse en poeta− esa Arcadia inexistente que postuló y que nos permite acceder, aunque sea a ratos, a ese lugar soñado donde se consuma la única certeza vital, irreductible a toda aspiración mundana y que él sintetizó de manera rotunda: que respiramos y dejamos de respirar.

Rodrigo Arriagada Zubieta: http://www.rodrigoarriagadazubieta.com/