Vicente Huidobro: Altazor y la impersonalidad imposible.

NO TAN HORROROSO CHILEColumna de Rodrigo Arriagada Zubieta

«Huidobro fue el primer poeta latinoamericano en insertarse en un ámbito internacional y en convertir su propia casa en un cenáculo de vanguardia. Número 41 de la calle Víctor Massé, a pocos metros de la Plaza Pigalle, donde desfilaron Reverdy, Cendrars, Miró, Gris Tzara y Picasso, lo que da cuenta de que fue más allá de Rubén Darío en su afán cosmopolita, incluso escribiendo en francés. Y es por esa misma contaminación de galicismo lingüístico que tengamos que buscar al mejor Huidobro no en Altazor, sino en sus últimos poemas, cuando ya está de vuelta en Chile».

A Huidobro le debemos todo y, sin embargo, hoy pareciera casi nada. La literatura latinoamericana ha querido ser vista con el boom y desde mucho antes como el lugar adánico donde se juega el destino de una raza: adanismo, telurismo, magia, dicen lo mismo. Rara vez se piensa nuestra poesía como una aventura del lenguaje y ahí es donde Huidobro instala su indiscutida paternidad sobre la poesía en lengua española. No hay duda de que su aventura se encuentra ligada al surrealismo francés: “la poesía castellana está cargada de retoricismo”, “el adjetivo cuando no da vida, mata” en clara sintonía con su mentor Lautréamont: “Ne flattez pas le culte des adjectifs”. Desde Poemas árticos (1916) se buscará una aventura de la impersonalidad, algo nada nuevo en el horizonte, eso sí. Porque no hay que cometer el error de pensar el romanticismo como mero subjetivismo. Ya en Keats el poeta es un “camaleón”, un ser sin identidad; en Coleridge el poeta no expresa su yo biográfico: “the infinite i Am” es su doble; y después, en Pound y Eliot, los poemas son dramáticos, existen las máscaras a modo de personajes. De lo que se trata en todos los casos es de eliminar lo decorativo, de llenar el lenguaje de intensidad. “La vida de un poema depende de su carga eléctrica”, dice Huidobro y Pound “Entre todos los lenguajes el más cargado de energía es la poesía”.

La poesía de Huidobro es mental, se quiere presentar como una relación cosmológica, casi científica, podemos decir, donde lo que debe primar es la imagen a expensas de la lengua. Afirma que el poema “no debe perder en la traducción nada de su valor esencial.” Pero hay otra idea más profunda, la del poema como arquitectura, como creación de un espacio que es sobre todo visual, de átomos o constelaciones que se atraen por proximidad y que al alero de Mallarmé se presenta bajo ciertas técnicas: espaciados, se cortan los versos, se reduce la sintaxis y aparece el blanco de la página.

Sin embargo, me parece que el Creacionismo no es tanto un nuevo lenguaje como una nueva forma de articularlo, una exigencia planteada al lector, quien debe recorrer estos versos de manera progresiva y regresiva, tratando de captar en todo momento la relación intrínseca entre poesía y música. El verso es aquí “una llave que abre mil puertas”, es decir, la poesía no es un enigma visionario que un iluminado descubre, sino la revelación de algo que no se conoce del todo. De ahí la tendencia permanente a presentar lo inhabitual: “El tren es un trozo de ciudad que se aleja”, “la Cordillera de los Andes veloz como un convoy o “Pasan lentas las ciudades/ cosidas una a una por hilos telefónicos”.

No hay duda de que el gesto de Altazor (publicado en 1931) es vivificante y le otorga un nuevo aliento a la literatura latinoamericana del que luego se benefician Cortázar, Sarduy y Lezama Lima, pero en su misma virtud se encuentra su defecto. Porque si bien hay momentos de profunda pureza de los sentidos como en “te hice la más bella de las mujeres/ tan bella que enrojecías en las tardes”, también encontramos que el “Poeta Dios” nos entrega, en su arbitrariedad, momentos de alta gratuidad poética; esto es, que asistimos al escenario del mundo como un escenario mecánico como en “el niño que cantaba al lado de un suspiro” o en “Se abre la tumba y al fondo se ve un rebaño perdido en la montaña”. Altazor está lleno de momentos desiguales y probablemente ello tenga que ver con la intención de Huidobro de capturar en su espacio imaginario nada previo que exista en la realidad. Es decir, falta por completo la intuición poética.

La dificultad de volver a la lectura de Altazor como una fuente viva de influencias− pienso− se encuentra en que ahí los versos pueden asombrar pero nunca emocionar ni conmover. Lo que falta es una experiencia humana, una constante de progresión intelectual o afectiva. Al anunciarse en 7 Cantos, es casi imposible no compararlo con Los Cuartetos de Eliot o el Anabasis de Perse donde sí se nos muestra una progresión de conciencia o el afán de un orden en símbolos. En cambio, en Huidobro, sentimos que cada verso podría estar en cualquier momento del poema. Son escasas las ocasiones en que imagen y lenguaje se presenten sellados en una alianza. Al contrario, se subraya la arbitrariedad del signo, el caos, y el fracaso del mismo proyecto de crear una realidad nueva. Sean irónicas o no las 206 líneas que siguen a la palabra “Molino” (de viento, cruento, lento), la experiencia poética de Huidobro se nos muestra como mero juego de la imaginación que deviene en la más cruda monotonía verbal. Desintegración total en los cantos VI y VII con la creación de algunos neologismos vagamente onomatopéyicos: “esternauta”, “infinauta” “mareciente”, y un largo etcétera.

Pero quizás el mayor problema y lo que resulte decisivo a la hora de evaluar Altazor sea la imposibilidad de rematar en la impersonalidad que el poeta-mago se propuso en su propia teoría, de evadir el “yo”, porque la voz Altazor antes que máscara es Huidobro duplicado: Soy yo Altazor/encerrado en la jaula de su destino/en vano me aferro a los barrotes de la evasión posible. Esa duplicidad es reflejo de la exuberante apuesta biográfica de Huidobro: viajero de París a Madrid a los 25 años, malabarista del verso, actor y exhibicionista, criado en un ambiente chileno del más acérrimo feudalismo y con el aire de la Inquisición española aún soplando infinitos en el latifundio de los Fernández Concha.

Huidobro fue un hijo de su tiempo y aspiró a tanto como lo que su propia clase social se impuso como atalaya. Pero más allá de las determinaciones familiares (hoy Huidobro no podría respirar en Chile sin ser víctima del prejuicio de clases) el gran problema lo encontramos en sus creencias: mezcla de comunismo, admiración a Napoleón, antiburguesismo nietzscheano, todos elementos heterodoxos que por sus páginas enfilan juntos y desembocan en un crudo individualismo, en una rebelión que instrumentaliza la poesía al servicio de un irregular conocimiento metafísico sin, por cierto, la magia sugestiva de Baudelaire o los simbolistas que admiró. Lo que hay en muchos pasajes de Altazor es la declaración explícita de un programa. No asistimos, como vieron sus admiradores del grupo poético chileno La Mandrágora, al vislumbre de la historia de la palabra humana hasta retornar a su origen poético, más bien observamos una serie de filosofías en conflicto que Huidobro resuelve en caos.

Pese a todo, Huidobro fue el primer poeta latinoamericano en insertarse en un ámbito internacional y en convertir su propia casa en un cenáculo de vanguardia. Número 41 de la calle Víctor Massé, a pocos metros de la Plaza Pigalle, donde desfilaron Reverdy, Cendrars, Miró, Gris Tzara y Picasso, lo que da cuenta de que fue más allá de Rubén Darío en su afán cosmopolita, incluso escribiendo en francés. Y es por esa misma contaminación de galicismo lingüístico que tengamos que buscar al mejor Huidobro no en Altazor, sino en sus últimos poemas, cuando ya está de vuelta en Chile. Sólo ahí adquiere su gramática un peso que lo acerca a la gran poesía, particularmente en el poema Monumento al Mar, donde se rechaza ya todo artificio y la proximidad con la muerte le hace deponer las armas en su lucha contra la Creación, y alcanza una verdadera comunión con la naturaleza:

Paz sobre la constelación de las aguas

Entrechocadas como los hombros de la multitud

Paz en el mar a las olas de buena voluntad

Paz sobre la lápida de los naufragios

Paz sobre los tambores del orgullo y las pupilas tenebrosas,

Y si yo soy el traductor de las olas

Paz también sobre mí.

Rodrigo Arriagada Zubieta: http://www.rodrigoarriagadazubieta.com/