Gonzalo Rojas: Problemas Respiratorios

NO TAN HORROROSO CHILEColumna de Rodrigo Arriagada Zubieta

«Saciarse para no bajar solo. Está la vida en su plenitud del sexo, pero al mismo tiempo la densidad flotante de la desaparición. Su voz sabe a muerte, y puede cantarle por igual a dos sillas de la playa, a una hembra de pies hermosos, a Rimbaud, o al tiempo con sus ruinas y florecimientos, como en Dylan Thomas. No se trata del reino de lo hermoso, sino de mencionar cada centímetro de la tierra como algo extraño devenido más real por la magia alquímica del poeta».

“Soy un animal rítmico que gira y gira sobre la misma y única Palabra que viene desde lejos, tal vez desde siempre”. Así se autodefinió Gonzalo Rojas (Lebu, 1916), uno de los más prominentes poetas chilenos del siglo XX. Acercarse a lo inefable, pero a partir de un lenguaje absolutamente sensible que resuene convulso fue el gran propósito del poeta. Para ello tuvo que plantearse cómo hacerse con una voz propia, admitiendo filiaciones con Vallejo, Neruda, Paz, Borges y de Rokha, aunque también la ascendencia de Pound y Pavese. Implicarse al punto de la transformación de sí mismo en un arrebato lingüístico y a la vez revolucionario, siguiendo en gran medida a André Breton en su intención de encontrar un lenguaje que emitiera destellos sonoros que acogiesen tanto lo angelical como lo diabólico. Para ello, Rojas realiza combinaciones de los niveles cultos y populares a través del dibujo de una especie de línea de vibración. Sorprendente método de composición el suyo: comenzar a partir de lo sonoro y anotar en un cuaderno una línea de flotación y luego traducirla a palabras. Una escritura de desviaciones, de fintas, hipérbaton y sobre todo descolocaciones lingüísticas. En este sentido, de los poetas chilenos es el que más trabajo realiza con el castellano, incluso más que su admirado Neruda a quien no le faltan momentos en que su poesía parece envolverse en una sintaxis más sacada de la traducción, por la lectura de poetas ingleses o franceses. Lo anterior no implica un criterio de superioridad ni inferioridad. Solo quiero enfatizar que Rojas trabaja con diferentes procedimientos propios del castellano como ningún otro: descuartización del verso, utilización de consonantes fricativas, finalización de la línea donde le da la gana y saltos de un neologismo a otro, descomponiendo la sintaxis clásica de un modo totalmente nuevo, fragmentario, como si el poema fuera un ser viviente lleno de emociones, sueños, sollozos y sobre todo quebradizo.

La poesía es para Rojas una especie de zumbido plasmado en la escritura con las fuerzas de un animal libidinoso y sinestro que se entiende con lo sagrado como William Blake. El poeta supera con creces su breve paso por el grupo surrealista La Mandrágora y la inicial admiración hacia Huidobro, para terminar escribiendo el viento y sus vaivenes desde un anarquismo sin dobleces, alejándose de los grupúsculos y de cualquier consigna definitiva. No plegarse a nada de manera total, no adherir para siempre parece ser la mejor enseñanza de Rojas, convicción que tiene un correlato poético, porque todo en su escritura parece apostar, como él mismo dijo, “el seso a las estrellas aunque no lo oiga nadie”. Dice en “Asma es amor”, poema dedicado a su mujer muerta:

Más que por la A de amor estoy por la A

De asma, y me ahogo

De tu no aire, ábreme

Alta mía única anclada ahí, no es bueno

El avión de palo en el que yaces con

Vidrio y todo en esas tablas precipicias, adentro

De las que ya no estás.

No hay poeta que haya sido más productivo en su vejez, recién a los sesenta años publicó su tercer y más importante libro, Oscuro (1977), como si supiera que viviría hasta los 93.En esos 33 años, Rojas abandonó toda renuencia y se lanzó a su aventura de manera desmesurada, obteniendo toda clase de galardones, traspasando ampliamente las fronteras nacionales, y siendo destacado principalmente como un poeta erótico. Sin embargo, no debe entenderse el erotismo de Rojas como meras descripciones pornográficas, como un crítico chileno ha dicho alguna vez. Tampoco debe esperarse un amor floral, ni de sedas, ni de blancas sábanas. Lo suyo es libidinal y seminal, pero acogido a la sensualidad de lo sacro. Se acerca, en este sentido, en cuanto a poesía amorosa refiere, a los místicos españoles, a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa de Jesús, poetas que tienen un sentido muy acusado del cuerpo. Aquella influencia queda descubierta en sus contrastes dialécticos entre eternidad, instante, oscuridad, luz, tierra y paraíso. Hay cierta religiosidad en Rojas, pero no doctrinal, que se acoge más bien a la hierofanía; esto es, manifestaciones sensibles de lo divino encarnado en la luz. Puede que la expresión más ejemplar de su obra se encuentre en el poema “Perdí mi juventud en los burdeles”:

No he podido saciarme nunca en nadie,

Porque yo iba subiendo, devorado

Por el deseo oscuro de tu cuerpo

Cuando te hallé acostada boca arriba,

Y me dejaste frío en lo caliente,

Y te perdí, y no pude

Nacer de ti otra vez, y ya no pude

Sino bajar terriblemente solo

Saciarse para no bajar solo. Está la vida en su plenitud del sexo, pero al mismo tiempo la densidad flotante de la desaparición. Su voz sabe a muerte, y puede cantarle por igual a dos sillas de la playa, a una hembra de pies hermosos, a Rimbaud, o al tiempo con sus ruinas y florecimientos, como en Dylan Thomas. No se trata del reino de lo hermoso, sino de mencionar cada centímetro de la tierra como algo extraño devenido más real por la magia alquímica del poeta.

Rojas es un poeta de la palabra abundante pero también del silencio. Su poesía es de ritmo largo y envolvente, pero en diversos lugares de su obra practica la parquedad. Sus poemas son apabullantes, de largas masas sonoras, pero asimismo de momentos de la más fina concentración en versos breves, punzantes, incisivos. Permite pensar una nueva metáfora acerca del silencio. Porque en el Chile actual, luego de algunos experimentos de los 70, o de la acogida de autores franceses que plantearon escrituras inventariales como Georges Perec y Raymond Quineau, que en su paradoja permiten reflexionar acerca del vacío, cabe pensar que se puede ir más allá del juego matemático de ascendencia cubista y de la pereza verbal como corolario de una mala lectura del gesto de Juan Luis Martínez en ciertos poetas jóvenes. Incorporar el silencio en poesía no precisa declarar la muerte del autor, ni despreciar al sujeto biográfico como fuente de experiencia, ni reducir el lenguaje a su mínima expresión, ni ver en el libro-objeto la panacea de un neovanguardismo trasnochado. Lo de Rojas es ejemplar en este sentido. La fascinación de meditar sobre la muerte, introduce una connotación metafísica que se resuelve de un modo completamente original, todavía mediante la vía del poema. Se trata del silencio como voz, como respiración subterránea que recorre las palabras y que se sitúa de plano en el problema del sentido y el sonido, del ritmo, que es en definitiva la verdadera experiencia del poema. El silencio existe ahí donde hay voz, la poesía se descubre donde termina la respiración. Los poemas de Rojas regresan a ese estado original. Pero para hacernos caer ahí, en ese hueco, es necesario mostrar antes la simultaneidad de un momento larvario de alumbramiento. Una especie de temblor original que nunca enajena, eso sí, al poeta: “Me hablan de Dios o me hablan de la Historia. Me río/ de ir a buscar tan lejos la explicación del hambre/ que me devora, del hambre de vivir como el sol/ en la gracia del aire/eternamente”. La palabra es más libre cuando se junta con la vida, al modo de Celan y de Bataille a quien Rojas dedica sendos versos y que permite pensar la poesía como un paréntesis de fuerza e intuición diseminada de modo incontinente hacia la realidad para deshacerse en lo que ya no se puede atrapar. De ahí el destemple sintáctico o esa aliteración permanente que utiliza no pocas veces las consonantes sibilantes, chorros de aire en un canal formado por la lengua en la cavidad bucal que no logra traspasar la barrera de los dientes:

“Máquina carnicera cuyos élitros nos persiguen hasta después

Que caemos, máquina sucia,

Madre de los cuervos delatores, no hay abismo,

Comparable a esta patria hueca, a este asco

De vivir así en la trampa

De este tablero de lata, entre lo turbio

Del ruido y lo viscoso.

Rodrigo Arriagada Zubieta: http://www.rodrigoarriagadazubieta.com/