Arthur Rimbaud: Cómo mantenerse joven | Matías Serra Bradford

Entre otros milagros, Arthur Rimbaud consiguió el de no haber envejecido, después de su muerte, ni un solo día. Acaso lo garantizó el carácter inaugural de su obra. A 130 años de su último viaje, de regreso a Francia desde África, perdura intacto como el genio poético precoz por excelencia de la historia de la literatura.

Pagó en vida un precio injusto: cuando murió a los 37 parecía un sujeto de 60. Canoso, abrasado: prefirió gastarse al sol, lejos de la menor sombra y la menor facilidad. De esos fakires de los que se oye decir: las pasó todas. Podría pensarse que Rimbaud no se retiró de la escritura sino del ejercicio de la poesía, “para ir a traficar a lo desconocido”. Una tierra más ignota que la de un poema: el norte de África –fronteras borroneadas, ficciones de arena–, desde el que se convirtió en un porfiado corresponsal de sí mismo.

En parte, quizá el salto de Rimbaud se debió a desear vivir en carne propia el verse obligado a dar órdenes (al mando de una expedición) en lugar de recibirlas (de boca de las musas), papel que ya conocía por demás. Está claro que la lírica no había sido suficiente. O en ese campo le sobró tela para otros trajes. O bien llegado determinado punto, la intensidad de la literatura puede representar demasiado para su portador, su intermediario, su contrabandista.

El clásico Matthew Arnold y el inspiradísimo Gerard Manley Hopkins abandonaron la escritura por causas –digámoslo simplificando– espirituales y aun morales. Rimbaud tal vez abdicó por agotamiento de dimensiones.

En ocasiones, un autor rompe con el resto porque descansa sobre la locura de su obra, que opta por dejar atrás. Llegar tan lejos tiene un costo: el alejamiento incondicional. No sería la última vez que una pareja se distancia –en apariencia por razones inexplicables– en su cima.

Desde Adén, Harar y escalas intermedias, las cartas refieren cuestiones de límites, trayectos, conexiones entre territorios. Giros, cuentas pendientes, cifras adulteradas. Un Rimbaud monotributista. Un moroso que pasó de la letra a los números. Caravanas de camellos contabilizados. Gacelas y antílopes paseándose en el horizonte como en un ebrio zootropo estroboscópico.

Rimbaud el invisible cortejó la fotografía. Se dejó encandilar por las máquinas, los oficios a cielo abierto. Idiomas y conocimientos específicos, útiles (antónimos de lo impráctico de la poesía). Como ante la página en blanco, había que refundar un desierto. Lo que nunca abandonó fue la lectura, y en los manuales no dejó de coleccionar vocablos. “Las ramas y la lluvia se lanzan contra el ventanal de la biblioteca”, había desenvainado años atrás.

El término lo pronunció él: filomatía, deseo de aprender, y fue el viento que lo transportó a geografías antagónicas. La gratuidad de su poesía francesa versus el saldo irremediable de renacer, en modo fantasma, en el norte africano.

Todo Rimbaud en Abisinia puede ser leído metafóricamente: un film en loop al que regresan lectores de sofá, desde sus islas subalquiladas por La invención de Morel.

Su secreto fue el intercalado y el viraje abrupto de un verso al siguiente. Y su “yo es otro” fue actuado –aires de una obra sufí de Peter Brook en el Sahara– por su conversión en viajante de comercio, de café, marfil y fusiles, una investidura a mano de cualquier lector ávido de un doble de riesgo.

Es la sensación que deja un buen biógrafo: de una de nuestras vidas –seguimos leyendo de más– se ocupó otro y ese otro es Rimbaud.

Extraído de Clarín.com | Revista Ñ | Literatura | 24/03/2021