Rubén Rivera García (Guasave, Sinaloa, México, 1962) es poeta y fotógrafo. Entre 1992 y 1996 estudio la licenciatura en lengua y literatura hispánicas en la Universidad Autónoma de Sinaloa.
Es autor de los libros de poesía Cuerdas de mar (edición de autor, 1995); Flores y relámpagos (Cobaes-Navachiste, 1998); Al fuego de la panga (Praxis-DIFOCUR, 2001); Música de Cuatro espejos (Ediciones sin Nombre-DIFOCUR, 2006); La llama de los cuerpos (ISIC-Quirón, 2010); Fulgor del regreso (ISIC, 2012); Sewa yoleme (edición de autor, 2012); Caravana de Sombras (Fondo Editorial Estado de México, 2014). Sendero de Suicidas (Fondo de Cultura Económica).
Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en Poesía Jóvenes Creadores (FONCA, 1997-1998); Obtuvo mención honorífica en el Segundo Concurso Nacional de Poesía Benemérito de las Américas de Oaxaca (1998); mención honorífica en el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz (2013), en el género de poesía.
Recibió el Premio Interamericano de Poesía Navachiste (1997), el Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura Mazatlán (2000), el Premio Nacional de Poesía Timón de oro (2013) y el Premio Nacional Bellas Artes de Poesía Aguascalientes (2021).
En Harar
Harar era un lugar silencioso e inquietante, asediado por animales salvajes; era un caos de mercaderes, mendigos, leprosos, ancianas desdentadas, hombres esqueléticos y soldados egipcios. Rimbaud, sentado detrás del escritorio, mascaba hojas de cat, rumiando tinieblas, sacando toda la oscuridad de su alma. Es el silencio del desierto, lo único que llena su soledad. La misteriosa mujer de cara pálida teje una falda negra. ¿Será su mortaja? Ha intentado que aprenda un poco de francés. ¿Pero para qué? Para qué quiere que Asha hable esa lengua de miserables y piojosos tenderos y burgueses de camisas blancas y sombreros de copa. Será mejor dejarla que teja en silencio su mortaja, mientras afuera de las murallas de barro y piedra de la ciudad de Harar, las hienas cantan con risas de hielo luminoso, bajo una luna de metal ulcerado. Viajeras constelaciones desvían los pasos entre la sombra y el exilio, bellos torrentes esperan en el camino pleno de los resplandores divinos. Unos pájaros encendidos revolotean sobre los tejados de adobe y juncos, y por las vigas del techo camina una procesión de hormigas. Con las piernas cruzadas y la mirada perdida en la fiebre, decía: Si piensan que vivo como un príncipe, yo de lo único que estoy seguro es de que vivo de un modo bastante estúpido y embrutecedor, y ojalá podamos disfrutar en esta vida de algunos años de verdadero reposo; y suerte que ésta es la única vida, evidentemente, ¡pues no hay manera de imaginarse otra con mayores trastornos que ésta! En este lugar ha visto los cuernos en espiral del niala, la rata topo, el rascón de Rouget, el ruidoso ibis carunculado y la gaviota ojiblanca. Oh paisajes que iluminan el corazón, que el poeta reviente en su salto persiguiendo cosas inauditas e innombrables. El cansancio busca el sendero de la noche en los reinos consagrados y la tristeza se deshoja entre bellos astros de colores. El firmamento mueve el sendero de los días y Rimbaud duerme detrás del escritorio con una corona de moscos brillantes.
En Herer
Junto a la fogata el sueño le cuenta sus engaños. Su desaparición está en el desierto, en las constelaciones ulceradas que cambian de caminos para los errantes en exilio. Descansa junto a su camello. Solitario, pálido y enfermo, mientras los marabúes cantan. ¿Por qué crimen, por qué error ha merecido su actual debilidad? Su espíritu humea sobre las cenizas del olvido. ¡Ah! todo es efímero en el pentagrama de su memoria, en las aguas del viento que lo nombran. La tristeza de la luna se derrama en la arena y se burlan de él las estrellas que brotan del cielo. Antes, él dormía varios días y, levantado, continuaba los ensueños. Ahora, míralo aquí, bajo el ziqba, luchando contra la enfermedad de su alma.
En Choa
Choa es un pueblo extraño y la luna se desvanece con la sal que se desprende de las piedras. Unas negras orinan, los astros cantan y un zumbido de insectos ilumina el camino. Junto a las armas, pieles y plumas de avestruz, Rimbaud lee El manual del curtidor. La luna ensombrece su rostro y su ojo codicioso relampaguea. La noche le roba la tranquilidad y las palmeras no quieren danzar con su sombra. Hay hombres que aparecen y desaparecen, mujeres que chillan como orangutanes. ¡Oh noche arable en el vasto sendero del navegante! Aquí todo es extraño, en vez de sábanas se usan hojas de plátanos y el cebo de los monos sirve para encender las antorchas. Rimbaud ronca entre los camellos y la luna vela su sueño como el gran ojo de un demonio recién nacido.
Extraído de Rubén Rivera, Caravana de sombras, Secretaría de Educación del Gobierno del Estado de México, 2014 | Buenos Aires Poetry 2023
