«El día acabó», de H. W. Longfellow

A excepción de quienes cursan estudios en algún colegio estadounidense y deben confrontarse con el cantar de Hiawatha, esa prodigiosa epopeya americanista, los lectores del orbe normalmente acceden a la obra de Henry Wadsworth Longfellow por una puerta poco cordial: los comentarios de Edgar Allan Poe, quien procuró opacar el creciente prestigio de aquel denunciándolo por falta de originalidad y hasta de plagio. (También Whitman, nada menos, se pronunciaría contra la poesía de Longfellow, pero esas críticas fueron ocasionales y han circulado mucho menos.) El mundo de habla hispana ha sido especialmente desconsiderado con este nativo del Estado de Maine, que en su momento llegó a ser el poeta lírico favorito del público norteamericano (mucha gente podía recitar de memoria fragmentos de “Evangeline” o su versión de la leyenda del oro hasta entrado el siglo XX); acaso esa popularidad sea lo que hoy más lo condena al olvido de propios y extraños. A continuación, un rescate intempestivo: una versión que intenta ser poéticamente digna de un sencillo y emotivo poema suyo.

~ M.G. Burello.

————–

El día acabó: negro velo
se desploma de alas nocturnas,
como pluma que se derrumba
de un águila en su vuelo.
 
Veo la luz del poblado
brillar en la lluvia y la niebla,
y una congoja me arredra
que no puedo hacer a un lado:
 
Tristeza y melancolía
que no llegan al dolor,
y semejan la aflicción
cual lo hacen bruma y neblina.
 
Ven y léeme poesías,
simples y amables piezas
que apacigüen mis tristezas
y borren los males del día.
 
No de los grandes maestros, 
ni de los bardos sublimes,
cuyos pasos, sin declive,
reverberan en el tiempo.
 
Pues cual marchas militares
sugieren sus grandes ideas
sólo esfuerzos y tareas;
y hoy yo no quiero pesares.
 
Lee un poeta humilde, 
cuyo son, de íntimo fuero,
irrumpió como aguacero
o como lágrimas tristes;
 
quien en laboriosos días
y noches sin serenidad
en su alma aún oía
melodías de la eternidad.
 
Tales cantos solaz son
para la humana inquietud,
y portan la beatitud
que porta la bendición.
 
Lee del tomo precioso
el poema que tú quieras,
y confíale al poeta
tu tono tan delicioso.
 
Y música habrá en la noche,
y las diarias turbaciones,
como árabes, siempre nómades,
partirán sin un reproche.

————–

The day is done, and the darkness / Falls from the wings of night / As a feather wafted downward / From an eagle in his flight. // I see the lights of the village / Gleam through the rain and the mist, / And a feeling of sadness comes o’er me / That my soul cannot resist: // A feeling of sadness and longing, / That is not akin to pain, / And resembles sorrow only / As the mist resembles the rain. // Come, read to me some poem, / Some simple and heartfelt lay, / That shall soothe this restless feeling, / And banish the thoughts of the day. // Not from the grand old masters, / Not from the bards sublime, / Whose distant footsteps echo/ Through the corridors of time. // For, like the strains of martial music, / Their mighty thoughts suggest / Life’s endless toil and endeavor; / And tonight I long for rest. // Read from the humbler poet, / Whose songs gushed from his heart /As showers from the clouds of summer, / Or tears from the eyelids start; // Who, through long days of labor, / And nights devoid of ease, / Still heard in his soul the music / Of wonderful melodies. // Such songs have power to quiet/ The restless pulse of care, / And come like the benediction / That follows after prayer. // Then read the treasured volume / The poem of my choice, / And lend to the rhyme of the poet / The beauty of thy voice. // And the night shall be filled with music,/ And the cares, that infest the day, / Shall fold their tents, like the Arabs, / And as silently steal away.

————–

Henry Wadsworth LONGFELLOW, «The day is done». Traducción de © M. G. Burello.