Lunes | Roque Dalton

Roque Dalton (1933-1975), nació en la capital salvadoreña, San Salvador, en 1933. Su formación académica fue en Derecho y Antropología. La extensa obra literaria ensayística y poética producida por Dalton, no obstante su corta vida, recibió un gran y meritorio reconocimiento nacional e internacional. De hecho, obtuvo en tres oportunidades el Premio Centroamericano de Poesía, también el Premio Casa de las Américas, y muchos otros en concursos literarios naciones e internacionales.
Roque Dalton fue militante comunista y que su ideología política impregnó su producción artística. De hecho, la gran mayoría de sus ensayos y poemas refleja su radical compromiso con las causas que él consideraba justas, y por tanto necesarias y urgentes para el pueblo oprimido. Entre su vasta obra literaria conviene resaltar Mía junto a los pájaros (1957), La ventana del rostro (1961), El mar (1962), El turno del ofendido (1963), Los testimonios (1964), Poemas (1968), Taberna y otros lugares (1969), y Los pequeños infiernos (1970). Roque Dalton, este poeta totalmente vinculado con el contexto político-social de su época, fue asesinado en 1975.


 

LUNES

Las seis de la mañana
partiendo a gritos del reloj: de nuevo
la catedral de luz derribará sus muros
sobre mi caminante corazón
que descansaba.
Odio como a un burgués la fuga de las sábanas.

No es por el frío, que no existe.
No es por el miedo al ojo agazapado
donde el farol,
anoche,
crucificó la sombra.
Ni siquiera es por ti,
ni por tu sexo que estalla en las manos,
tu descubierta gruta
recién muerta en el agua.

Es
—oh indeterminación
que un año azul y roto se merece—
la sensación antigua como mi puño izquierdo
o mi añorada comprensión de los pájaros:
el ojo junto al hombro, sin suplicar siquiera,
la mano hacia la cara de nueva piedra que alzo,
la vida que me pide,
la miserable savia que reconozco en mí.

Habría tenido, digo yo, que venir,
—no al mundo de los títeres, costureros de seda,
rudas botellas de ginebra como hospitales de la sed,
no al mundo que me das o al te doy,
pan deleznable, campo
para el cuchillo de la mermelada—
habría tenido que venir, repito,
como un desnudo incendio
hasta el reseco bosque donde me aterro sin gritar,
como un rudo torrente para la arena débil,
como aquel árbol que exige sangre de la tierra dormida,
reclamo de preñez contra la fuga,
contra la inmóvil lágrima
y la potente desesperación…

Pero, tempranamente,
vine como soy,
con manos desangrables,
con miedo,
con amor,
con cuatro lunes cada mes.
Y creo
que de no ser por este corazón,
por este palpitante planeta musical,
ya me habría marchado a tratar de morir.
Con todo,
no querría olvidarme de la risa…