Dos poemas de T. S. Eliot | Traducción: Pura López Colomé & Marco Antonio Campos

T. S. ELIOT (1888-1965). Descendiente de ancestros ilustres y cultivados que llegaron a Estados Unidos a principios del siglo XVII, Eliot, hasta los diecisiete años, vivió en St. Louis, Missouri, cuando entra a la Universidad de Harvard. La ciudad de St. Louis, observa Bernard Bergonzi “con sus nieblas y ‘atardeceres y jardines de las casas y calles mojadas’, es el escenario del Prufrock”. A Eliot lo deslumbraron de muy joven los Rubáyat de Omar Kheyyam, en la versión de FitzGerald, que es más un poema de FitzGerald que de Kheyyam. El libro de crítica de Arthur Symons, The Symbolist Movement in Literature, lo llevó a poetas como Verlaine, Rimbaud, Corbière, y muy en especial a Jules Laforgue, cuya poesía fue una huella definitiva en su primera etapa, como lo serían más tarde los poetas metafísicos isabelinos, y a partir de 1912, Baudelaire y Dante. Nadie ignora que el florentino fue su gran dios, quien lo marcó poética, intelectual y moralmente. Su primer acercamiento a Dante acaeció en los años harvardianos, donde empezó a leer La [Divina] Comedia, acompañado de una traducción en prosa. En 1929 publicó un pequeño libro sobre él (Dante).

En 1923 Eliot fundó y dirigió la revista The Criterion. Un año antes había publicado “La tierra baldía”, un poema que cambió el rumbo de la poesía occidental, y el cual fue tan detalladamente corregido por Ezra Pound. En 1927 se nacionalizó inglés. Famosamente dijo en aquel entonces que era clásico en literatura, monárquico en política y anglocatólico en religión. Declararse monárquico y anglocatólico mostraba que ya se sentía más inglés que estadounidense. En 1948 ganó el Premio Nobel.

“La canción de amor de J. Alfred Prufrock”, terminado a sus asombrosos veintitrés años en 1911 (se publicaría hasta 1917), como todos sus poemas mayores, es de una musicalidad extraordinaria. Igual que “El Retrato de una dama”, el “Prufrock” se ha visto como un monólogo dramático, en el que, sin embargo, como ha observado Bernard Bergonzi, se ha malgastado demasiada energía para saber cuál es la “historia” contada o encontrar a los personajes, por lo que cada lector crea en sus lecturas su propio poema o sus propias interpretaciones (T. S. Eliot, I, p. 16, Collier Books, N.Y, 1972). Magistralmente en el poema, Eliot verbaliza pasajes triviales que terminan con una pregunta metafísica.

“Miércoles de ceniza” (1930) es uno de los más bellos y hondos poemas de la poesía contemporánea, uno de esos poemas, que de tanto leerlos, se han vuelto parte de la escritura en la página del alma, y en el cual nos sentimos todo el tiempo envueltos –elevados- en una atmósfera religiosa y de veneración a Cristo y la Virgen. En la página 137 del libro antes citado, Berbard Bergonzi escribe: “En esencia ‘Miércoles de ceniza’ es un poema de conversión, empezando en el momento de humildad y arrepentimiento indicado por su título, aunque no aporte un completo resumen de la lucha espiritual para su consecución. Más bien, traza la precisa trayectoria emocional de la experiencia en sí misma, con todas sus dificultades e indecisiones, la cual Eliot representa en el maravillosamente sutil y expresivo movimiento de su verso; en ‘Miércoles de ceniza’ descubre una gama enteramente nueva de posibilidades rítmicas”.

T. S. Eliot es uno de los poetas que más influyeron en occidente en el siglo XX. En México su poesía o su crítica reveló vías en alguna parte de la obra de varios de los poetas más importantes, como Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, Octavio Paz, Alí Chumacero, Jorge Hernández Campos, Hugo Gutiérrez Vega y José Emilio Pacheco. El propio José Emilio tradujo minuciosamente Cuatro Cuartetos.

Pura López Colomé & Marco Antonio Campos

LA CANCIÓN DE AMOR DE J. ALFRED PRUFROCK

S’io credesse che mia risposta fosse
A persona che mai tornasse al mondo
Questa fiamma staria senza più scosse.
Ma perciocchè giammai di questo fondo
Non tornò vivo alcun, s’io odo il vero
Senza tema d’infamia ti rispondo
Dante Alighieri, Inferno, XXVII

Vayamos pues, tú yo,
cuando la tarde se extiende contra el cielo
como un paciente anestesiado en una mesa;
vayamos por ciertas calles semidesiertas,
retiros murmurantes
de inquietas noches en baratos hoteles de una noche
y restoranes alfombrados de aserrín con conchas de ostra:
calles que siguen como una tediosa discusión
de intención insidiosa
para llevarte a la pregunta irresistible…
Oh, no preguntes: “¿Qué es esto?”
Vayamos a hacer nuestra visita.

En la estancia las mujeres van y vienen
hablando de Miguel Ángel.

La niebla amarilla que frota su espalda en los cristales de las ventanas,
el humo amarillo que frota su hocico en los cristales de las ventanas,
lamió los rincones del atardecer,
se demoró en los charcos junto a las coladeras,
dejó caer sobre su espalda el hollín que cae de las chimeneas,
resbaló por la terraza, dio un salto repentino,
y viendo que era una noche tibia de octubre,
se enroscó en torno de la casa, y se durmió.

Y ciertamente habrá tiempo
para el humo amarillo que se desliza por la calle
frotándose la espalda contra los cristales de las ventanas;
habrá tiempo, habrá tiempo
de preparar una cara y encontrar las caras que uno encuentre;
habrá tiempo para asesinar y crear,
y tiempo para todos los trabajos y los días de manos
que levantan y dejan caer una pregunta sobre el plato;
tiempo para ti y para mí,
y tiempo aún para cien indecisiones,
y para cien visiones y revisiones,
antes de tomar el té y las pastas.

En la estancia las mujeres van y vienen
hablando de Miguel Ángel.

Y ciertamente habrá tiempo
para preguntarse: “¿Me atreveré?”, y: “¿Me atreveré?”,
tiempo para volver y bajar la escalera,
con un poco de calvicie en mitad del pelo
(Dirán: “¡Cómo el pelo se le adelgaza!”)
Mi saco, el cuello subiendo firme hacia el mentón,
la corbata vistosa y sencilla, pero asegurada por un simple alfiler-
(Dirán: “¡Qué delgados son sus brazos y sus piernas!”)
¿Me atreveré
a inquietar el universo?
En un minuto hay tiempo
para decisiones y revisiones que un minuto revertirá.

Porque ya he conocido todo, lo he conocido todo –
he conocido noches y mañanas y tardes,
y he medido mi vida a cucharadas de café;
conozco las voces que mueren en una caída mortal
bajo la música de una habitación más lejana.
Entonces ¿cómo podría jactarme?

Y ya he conocido los ojos, los he conocido todos –
los ojos que te fijan en una frase formulada,
y cuando esté formulado, colgado de un alfiler,
cuando esté clavado y retorciéndome en la tapia,
entonces ¿cómo podría empezar
a escupir todos los residuos de mis días y maneras?
¿Y cómo podría jactarme?

Y ya he conocido los brazos, los he conocido todos –
brazos con pulseras y blancos y desnudos
(¡pero a la luz de la lámpara cubiertos de un vello castaño claro!)
¿Es el perfume de un vestido
lo que así me hace divagar?
Brazos extendidos a lo largo de una mesa o envueltos en un chal.
Y entonces ¿podría yo jactarme?
¿Y cómo podría empezar?

¿Diré que he caminado en la oscuridad por calles angostas
y mirado el humo que se levanta de las pipas
De hombres solitarios en mangas de camisa, asomados a las ventanas…?

Debí haber sido un par de garras maltrechas
arrastrándose en el fondo de mares silenciosos,

¡Y la tarde, la noche, duerme tan serena!,
suavizada por largos dedos,
dormida… cansada… o fingiéndose enferma,
tendida sobre el suelo, aquí junto a ti y a mí.
¿Podría después del té y los helados y los pasteles
tener la fuerza para empujar el momento hasta su crisis?
Pero aunque he llorado y ayunado, llorado y rezado,
aunque he visto mi cabeza (algo calva) traída en una bandeja,
no soy profeta alguno –y no tiene esto mayor importancia;
he visto vacilar el momento de mi grandeza,
y he visto al Lacayo eterno tomar mi abrigo y reírse con disimulo,
en pocas palabras, tuve miedo.

Y habría valido la pena, después de todo,
después de las tazas, la mermelada y el té,
entre la porcelana, entre alguna de nuestras charlas,
habría valido la pena
morder el asunto con una sonrisa,
estrujar el universo dentro de una pelota
y hacerlo rodar hacia una pregunta irresistible,
y decir: “Soy Lázaro, vengo desde la muerte,
vengo para decirles todo, les diré todo” –
Si una, acomodando una almohada a su cabeza,
dijera “No es eso lo que quise decir en absoluto;
No es eso, en absoluto”.

Y habría valido la pena, después de todo,
habría valido la pena,
después de las puestas de sol y los jardines fronteros y las calles regadas,
después de las novelas, después de las tazas de té, después de las faldas que se
arrastran por el suelo–
–y esto ¿y mucho más?–
¡Imposible decir precisamente lo que quiero decir!
Pero como si una linterna mágica proyectara los nervios en una pantalla:
habría valido la pena
Si una, acomodando una almohada o tirando un chal,
y volviéndose hacia la ventana, pudiera decir:
“No es eso en absoluto,
No es lo que quise decir, en absoluto”.
……………………………………………….
¡No! No soy el príncipe Hamlet, ni fui hecho para serlo,
soy un caballero servicial, uno que servirá
para engrosar el desfile, comenzará una escena o dos,
aconsejará al príncipe; sin duda, un instrumento fácil,
deferente, contento de saberse útil,
sensato y meticuloso y precavido;
lleno de conceptos elevados, pero algo obtuso;
a veces, en verdad, casi ridículo –
casi, a veces, el Bufón.

Envejezco…envejezco…
Tendré que arremangarme los pantalones.

¿Me peinaré hacia atrás? ¿Me atreveré a comer un durazno?
Me pondré pantalones blancos de franela y caminaré por la playa.
He escuchado a las sirenas cantarse unas a otras.

No creo que canten para mí.

Las he visto cabalgando hacia el mar sobre las olas
Peinando el blanco pelo de las olas hacia atrás
Cuando el viento sopla el agua blanca y negra.

Nos hemos demorado en las alcobas del mar,
por muchachas marinas coronadas de algas rojizas y marrones,
hasta que nos despierten voces humanas y nos ahoguemos.

MIÉRCOLES DE CENIZA

I

Porque no espero regresar jamás
Porque no espero
Porque no espero regresar
deseando el don de éste y el alcance de aquél
Ya no lucho por luchar contra estas cosas
(¿Por qué desplegaría sus alas el águila envejecida?
¿Por qué lamentar
la extinta fuerza del reino cotidiano?

Porque no espero conocer de nuevo
la frágil gloria de la hora positiva
Porque no pienso
Porque sé que no conoceré
la única verdadera y transitoria fuerza
Porque no puedo beber
allí, donde los árboles florecen, y los manantiales fluyen,
porque allí no hay nada una vez más

Porque sé que el tiempo es siempre tiempo
y el lugar es siempre y sólo lugar
y lo que es real es real sólo una vez
y sólo en un lugar
me alegra que las cosas sean como son y
renuncio al rostro bienaventurado
y renuncio a la voz
Porque no puedo esperar volver
me regocija, por ende, tener que construir algo
en lo cual regocijarme
Y ruego al Señor que tenga misericordia de nosotros
y ruego que pueda olvidar
estas cuestiones que tanto discuto conmigo mismo
y explico tanto
Porque no espero regresar jamás
permite a estas palabras responder
por lo que se ha hecho, y que no se haga de nuevo
y que el juicio no sea demasiado severo contra nosotros

Porque estas alas ya no son alas para volar
sino apenas furgonetas que golpean el aire
el aire que está ahora tan completamente pequeño y seco,
más pequeño y seco que la voluntad
Enséñanos a interesarnos y a no interesarnos
Enséñanos a estar sentados en tranquilidad.

Y ruega por nosotros los pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte
Y ruega por nosotros los pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte

II

Señora, tres blancos leopardos se sentaron bajo un enebro
en lo fresco del día, y comieron hasta hartarse
de mis piernas, mi corazón, mi hígado y todo lo que había
en el hueco circular del cráneo. Y dijo el Señor:
¿Vivirán estos huesos? ¿Vivirán estos
huesos? Y lo que había estado dentro
De esos huesos (secos ya), cantó alegremente:
Por la bondad de esta Señora,
y por su encanto, y porque
honra a la Virgen en meditación,
brillamos de esplendor. Y yo aquí, encubierto,
brindo mis actos al olvido, y mi amor
a la posteridad del desierto y al fruto de la calabaza.
Es esto lo que recobran
mis entrañas las cuerdas de mis ojos y las indigeribles porciones,
que rechazaron los leopardos. La Señora, vestida de blanco,
se ha retirado a la contemplación, vestida de blanco.
Permite que la blancura de los huesos propicie el olvido.
No hay vida en ellos. Como soy olvidado,
y sería olvidado, así olvidaría,
así, devotamente, concentrado en el propósito. Y dijo el Señor
profetiza al viento, y sólo al viento, porque
sólo el viento escuchará. Y los huesos cantaron
con el estribillo del saltamontes, diciendo

Señora de los silencios
Tranquila y afligida
Desgarrada y más entera
Rosa de la memoria
Rosa del olvido
Exhausta y dadora de vida
Preocupado reposo
La única Rosa
Es ahora el Jardín
Donde todo amor termina
Término del tormento
Del amor insatisfecho
El más grande tormento
Del amor satisfecho
Fin de lo infinito
Jornada sin fin
Conclusión de todo
lo que es inconcluible
Discurso sin palabra
Palabra de ningún discurso
Bendita sea la madre
Por el jardín
Donde todo amor termina.

Debajo del enebro los huesos cantaron, dispersos y brillantes.
Estamos contentos de estar dispersos, nos hicimos poco bien unos a otros,
bajo un árbol en lo fresco del día, con la bendición de la arena,
olvidándose ellos mimos y uno y otro, unidos,
en la paz del desierto. Esta es la tierra que os
repartiréis a la fortuna. Ni unidad ni división.
Esta es la tierra. Tenemos nuestra herencia.

III

En la primera vuelta de la segunda escalera
me volví y vi debajo
la misma figura torcida en el barandal
bajo el vapor del aire fétido
contendiendo con el demonio de las escaleras que cubre
la engañosa cara de la esperanza y la desesperanza

En la segunda vuelta de la segunda escalera
los dejé torciéndose, girando abajo;
ya no había rostros y la escalera estaba oscura,
húmeda, mellada, como la incurable boca babeante de un anciano, sin
posible arreglo,
o las dentadas fauces de un tiburón envejecido.

En la primera vuelta de la tercera escalera
había una ventana rajada semejante al vientre de un higo
y más allá del espino en flor y de una escena pastoril
la figura de grandes espaldas vestida en azul y verde
cautivaba el tiempo de mayo con una flauta antigua.
El cabello al aire es dulce, el cabello castaño revuelto sobre la boca,
cabello lila y castaño;
recreo, música de flauta, pausas y escalones de la mente en la tercera escalera,
se desvanecen, se desvanecen; fuerza más allá de la esperanza y la desesperanza
trepando la tercera escalera.

Señor, yo no soy digno
Señor, yo no soy digno
…………pero di solo la palabra.

IV

Quien anduvo entre el violeta y el violeta
quien anduvo entre
los varios grados del variado verde
yendo en azul y blanco, en el color de María,
hablando de cosas fútiles
en la ignorancia y el conocimiento del eterno dolor,
quien se movía entre los otros cuando caminaban,
quien entonces otorgó fuerza a las fuentes e hizo frescos los manantiales

Dio tibieza a la roca seca y firmeza a las arenas
En azul consuelda, azul del color de María,
Sovegna vos

He aquí los años que caminan en medio, llevándose
lejos violines y flautas, restaurando
a aquel que en el tiempo oscilaba entre sueño y despertar, vistiendo

La blanca luz doblada, enfundado en ella, doblada.
Los nuevos años llegaron, restaurando
a través de una lúcida nube de lágrimas, los años, restaurando
con un verso nuevo la antigua rima. Redime
el tiempo. Redime
la ilegible visión en el sueño más alto,
mientras enjoyados unicornios arrastran la dorada carroza fúnebre.

La silenciosa hermana con un velo azul y blanco,
entre los tejos, detrás del dios del jardín,
cuya flauta no tiene aliento, bajó la cabeza e hizo una seña
pero no habló

Pero brotó la fuente y el pájaro nos dio su canto
redime el tiempo, redime el sueño
el símbolo de la palabra no oída, no hablada

Hasta que el viento levante un millar de susurros desde el tejo

Y después, nuestro exilio

V

Si la palabra perdida está perdida, si la palabra agotada está agotada,
si la no oída, no dicha
palabra no está dicha, ni oída;
aún es la palabra no dicha, la palabra no escuchada,
la palabra sin palabra, la palabra dentro
del mundo y para el mundo;
y la luz brilló en la oscuridad y
contra la Palabra el intranquilo mundo aún giraba
alrededor del centro de la Palabra callada.

…………..Pueblo mío ¿qué te he hecho?

¿Dónde será encontrada la palabra, dónde
resonará? No aquí, no hay suficiente silencio
ni en el mar, ni en las islas, ni
en tierra firme, ni en el desierto, ni en la tierra húmeda,
para aquellos que caminan en la oscuridad
igual en el día que en la noche
el tiempo y el lugar propicios no están aquí
no hay lugar de gracia para aquellos que evitan el rostro
no hay tiempo de regocijo para aquellos que caminan entre el ruido
…………..y niegan la voz

¿Rogará acaso la velada hermana por
los que andan en tinieblas, quienes te escogieron y se te oponen,
aquellos quienes se desgarran entre estación y estación, tiempo y tiempo, entre
hora y hora, palabra y palabra, poder y poder, aquellos que esperan
en las tinieblas? ¿Rogará la velada hermana
Por los niños en la reja
Que no se irán y no pueden rezar?
Ruega por los que escogen y se oponen

…………..Pueblo mío ¿qué he hecho contigo?

¿Rogará la velada hermana entre los delgados
Tejos por los que la ofenden
Y están aterrados y no pueden rendirse
Y que afirman ante el mundo y niegan tras las rocas
En el último desierto entre las últimas rocas azules
El desierto en el jardín y el jardín en el desierto
reseco, escupiendo por la boca las marchitas semillas de manzana?

…………..Pueblo mío.

VI

Aunque no espero regresar jamás
aunque no espero
aunque no espero regresar

oscilando entre ganancias y pérdidas
en este breve tránsito donde los sueños cruzan
el crepúsculo cruzado de sueños entre nacimiento y muerte
(bendíceme, padre) aunque no deseo desear estas cosas
desde esta amplia ventana hacia las costas de granito
las blancas velas aún vuelan hacia el mar, hacia el mar volando
inquebrantables alas

Y el perdido corazón se endurece y alegra
en la perdida lila y en las voces perdidas del mar
y el espíritu débil se apresura a rebelarse
por la doblada vara-de-oro y el perdido olor del mar
se apresura a recobrar
el grito de la codorniz y la vertiginosa avefría
y el ojo ciego crea
formas vacías entre las puertas de marfil
y el olor renueva el sabor salado de la tierra arenosa

Este es el tiempo de tensión entre muerte y nacimiento
el lugar de soledad donde tres sueños cruzan
entre azules rocas
pero cuando las voces sacudidas del tejo se alejen
permite que el otro tejo se agite y responda.
bienaventurada hermana, madre santa, espíritu de la fuente, espíritu del jardín,
no permitas mofarnos de nosotros mismos con falsedad
enséñanos a interesarnos y a no interesarnos
enséñanos a estar quietos
aun entre estas rocas,
nuestra paz en Su voluntad
y aun entre estas rocas
hermana, madre
y espíritu del río, espíritu del mar,
no permitas que sea separado

y llegue a Ti mi clamor.

Colaboración enviada por Marco Antonio Campos | Dos poemas de T. S. Eliot | Traducción: Pura López Colomé & Marco Antonio Campos | Buenos Aires Poetry, 2020 | Imagen: TS Eliot on the beach, trousers rolled… (T S ELIOT SOCIETYOF THE UNITED KINGDOM)