Pablo de Rokha: La desmesura original

NO TAN HORROROSO CHILEColumna de Rodrigo Arriagada Zubieta

«Todo en de Rokha es monumental y lo define la fuerza antes que la simetría. Pero si se observan a fondo sus poemas es posible encontrar algunas constantes: un carácter atropellado, retorcimiento de la sintaxis, elección de palabras que generan atmósfera más que sentido unívoco, creación de neologismos como en “gringo-hampón-ladrón-matón”, la grosería chilena como expresión de realidad, contrastes, movimientos rítmicos producidos por la reiteración verbal, casi siempre presentados en núcleos de tres piezas, aliteraciones, consonancias y asonancias, y la elección de palabras esdrújulas cuando se quiere expresar lo áspero: “por aquellos años, la pena que dolía se comía, remojándola en ácidas lágrimas pálidas”».

Con la publicación de Los Gemidos de Pablo de Rokha, en 1922, se configuran de una sola vez todos los impulsos y actitudes no sólo de la poesía, sino de la gran literatura chilena del siglo XX, y también todas las conflictividades del campo cultural en al menos tres sentidos. Primero, inaugura la guerrilla literaria junto a Huidobro y Neruda, aspecto que se practica también hoy, pero que alcanzó momentos álgidos en Parra versus Rojas, en Lihn versus Teillier, en Bolaño y su inquina contra Zurita. En segunda lugar, es el primero de muchos en acusar la angustia del no reconocimiento por parte de la crítica oficial, laceración que vivieron en carne propia la Mistral, Lihn, Rojas y Bolaño, entre los más connotados y que pudo acabar con el suicidio de algunos de nuestros escritores en el peor de los casos (de Rokha se suicidó y su hijo Carlos también) y, en el mejor, con el resentimiento hacia Chile devenido en estilo literario. Y en tercer lugar, quizás lo más importante, es el fundador de cualquier impulso escritural desmesurado, un ansia de agotarlo todo que explica las grandes alturas de la poesía chilena en su afán de querer atrapar la realidad, pero que también esclarece los defectos connaturales a ese ímpetu verbal, en algunos casos más verborreico que otra cosa. Lo esencial es que con de Rokha se inicia la explotación de los materiales antipoéticos que Parra reputará muchos años después de un modo completamente nuevo. Escritor de “estiércol” y de “rosas” de Rokha, en unos pocos versos iniciales de Los Gemidos concentra toda su actitud frente a la literatura concebida como apuesta a muerte: “Yo canto, canto sin querer, necesariamente, irremediablemente, fatalmente, el azar de los sucesos como quien come, bebe o anda y porque sí; moriría si NO cantase, moriría si No cantase; el acontecimiento floreal del poema estimula mis nervios sonantes, no puedo hablar, entono, pienso en canciones, no puedo no puedo hablar; las ruidosas, trascendentales epopeyas me definen, e ignoro el sentido de mi flauta”.

Puede causar extrañeza que sea el canto la modalidad poética referida por de Rokha para realizar su declaración de principios. Pero esa sensación disminuye si comprendemos la esencia de esta forma poética, ya sea en su origen griego o en su adopción por la mejor poesía moderna (Eliot, Pound, Perse, Neruda). Porque frente a quienes se extravían en la expectativa de una disposición métrica precisa, cabe recordar que ya en el Ion de Platón hay una respuesta de difícil comprensión en nuestros días respecto a lo que implica la poiesis en tanto manifestación de la musa: “Canta, oh, musa, la cólera de Aquiles”, dice Homero, y con ellos nos hace asistir a una ceremonia de investidura en que la divinidad se manifiesta como posesión o delirio. Los poetas antiguos cantan porque tienen acceso al Jardín de las Musas, donde se nutren de miel y leche; son en cierto sentido abejas de flor en flor que zumban como locos. Así, en Píndaro, leemos en la Pítica X: “la flor de los himnos de loor se lanza de un dicho a otro como abeja”.

Es claro que esto no ha sido cabalmente comprendido por la mente moderna. Los refractarios a The Cantos de Pound no pocas veces lo calificaron de errátil, frívolo o licencioso. Y así también leemos sobre el poeta de Los Gemidos: “que siempre quiere decir más de lo que dice, que profiere las más gigantescas y desmesuradas palabras, que conducen a una inflación verbal rayana en la inexpresividad (Valente). Por su parte, Lihn, en un ensayo de 1987 refiere: “No tengo, por desgracia, sus libros conmigo. Ni, en la memoria, una huella precisa de sus escrituras de aluvión, mezcla torrencial de lo bueno y lo pésimo”. Curiosa, por decir lo menos, esta evaluación de Lihn a quien se le podría realizar idéntico reproche, sobre todo por las innumerables licencias y extravagancias que de aluvión bastante tienen, sobre todo en París, situación irregular y en La aparición de la Virgen, por mencionar dos de sus libros. Pero el juicio más tajante ha sido, sin duda, el de Alone, el crítico implacable y dominante del ambiente cultural chileno de principios y mediados del siglo XX, quien calificó Los Gemidos como “literatura patológica aparecida después de la guerra en los países no afectados por este fenómeno de un modo directo”. A Alone, se le podría decir, si estuviera vivo, que no es necesario vivir una guerra para sostener una visión desgarrada, múltiple, caótica y fragmentaria de la existencia y la escritura. Basta con la adopción de unos referentes lo bastante claros en términos de formación literaria e ideológica: Lautréamont, Rimbaud, Nietzsche, Marx y, por cierto, antes que ellos, Lucrecio, Plauto, Demócrito y Virgilio, para improntar en un poeta como de Rokha una escritura a modo de energía nerviosa, blasfémica y, por cierto, trágica.

El gemido, del latín suspirar, pero también de gemo (tener el corazón lleno de cargas) es la queja transparente ante una vida que no se puede aprehender del todo. Para de Rokha no es posible separar literatura y vida. Dice: “¿Qué canta el canto? Nada. El canto canta, el canto canta, no como el pájaro, sino como el canto del pájaro”. Quiere enfatizar que la poesía no es exterior a la escritura del poema, y si mezcla verso, prosa, disertación política y reflexiva, es porque se ha propuesto “degollar e incendiar la forma poema”. Se trata de una acometida brutal frente a lo racional, de rodear lo pitagórico-matemático y transgredirlo, porque cuando el poema adquiere forma se agota la posibilidad expresiva, se vuelve ley, voz y luz, y su tarea se encuentra finalizada. Para de Rokha, en cambio, hay una fuerza vitalista que exalta el desenfreno, y que en textos como Los Borrachos dionisíacos (1966) o en La epopeya de las bebidas y las comidas de Chile (1948) nos permite reparar en que al poeta no le interesa agotar un tema, sino aplazarlo indefinidamente. Por esta misma razón, frente a quienes han preferido ver un caos total en su obra, quizás sea prudente recordar que bajo ningún punto de vista el poeta fue disperso. Al contrario, fue altamente concentrado en su labor. Y si bien su tono es hiperbólico y desmesurado, es posible encontrar una organización profunda, propia de todo gran poeta:

Pequeña eres, pero las más rotundas catedrales se te

Parecen exactamente, su espanto elemental tremendo,

De bosque enorme, y caverna de Dios, su atmósfera

De relámpagos, su actitud de mundo, y de fruta

De sol te rodean,

A ti preñada, embarazada de iluminación

Y congoja.

Es claro que no hay cabida para la orfebrería, todo en de Rokha es monumental y lo define la fuerza antes que la simetría. Pero si se observan a fondo sus poemas es posible encontrar algunas constantes: un carácter atropellado, retorcimiento de la sintaxis, elección de palabras que generan atmósfera más que sentido unívoco, creación de neologismos como en “gringo-hampón-ladrón-matón”, la grosería chilena como expresión de realidad, contrastes, movimientos rítmicos producidos por la reiteración verbal, casi siempre presentados en núcleos de tres piezas, aliteraciones, consonancias y asonancias, y la elección de palabras esdrújulas cuando se quiere expresar lo áspero: “por aquellos años, la pena que dolía se comía, remojándola en ácidas lágrimas pálidas”. Es cierto que de Rokha a veces no acierta con la expresión porque lo suyo es más pasión que conciencia, más experiencia que intelección, pero no se puede desconocer que este rasgo desaforado caracteriza gran parte de la literatura chilena: está en Neruda, en Carmen Berenguer, en Zurita, en Bolaño, en Lihn, en Maquieira, en Harris y en Rojas, e incluso en novelistas como Droguett y José Donoso, con logros desiguales, pero como sustrato de base.

Por lo general, prefiero explicarme los rasgos escriturales por vía de la formación literaria de un autor, pero en el caso que nos atañe no es descartable la profunda correlación entre poesía y paisaje natal. El poeta argentino Juan Arabia, habiendo estado en Charleville, ha destacado de forma enfática que Rimbaud menciona flores desconocidas en su obra, como si se tratara de un saber botánico que sólo es explicable a partir de un saber cotidiano que las personas de la comunidad también poseen.1 Hace un tiempo, en una entrevista, respondí con cierta premura respecto a que aquello de Chile como “país de poetas” podría explicarse por la existencia de un espacio impostado (la ciudad neoliberal) que no acabamos de comprender y que habilita un tipo de licencia para volver a nombrar todo de nuevo en un ejercicio arbitrario e inclaudicable2. Claro que en ese minuto yo hablaba sobre Santiago. Con el caso de Pablo de Rokha, quizás haya que admitir que ese problema es anterior y que atraviesa, en grado sumo, a la comunidad rural y, debido a lo mismo, puede que no sea casualidad que varios de nuestros mejores exponentes poéticos sean provincianos. Porque habiendo estado alguna vez en Licantén (Curicó) −cuna del poeta− pude darme cuenta de que se trata de un pueblo pequeño, colonial, inhóspito, y recorrido por un río que cuando crece ha dejado el lugar arrasado por las aguas. Ahí se entrecruzan ahí las tradiciones inca, mapuche y diaguita. Pero dos cosas llamaron fuertemente mi atención y hacen de aquella una comunidad única: que sus habitantes comparten cánticos populares y una excelsa jerga local, y que la tierra realmente brama cuando se pone atención en medio del silencio, todo cruje como un verso derokhiano.

Quizás para evaluar de forma justa a de Rokha haya que pensar en determinaciones de esta índole. Después de todo, hay una gran sabiduría popular que se desprende de sus versos. Pero también debemos extendernos hacia referencias clásicas para asimilar esta escritura del desastre, como diría Blanchot. Es esencial precisar que el caos para los griegos más que un mero desorden significa la comparecencia de las posibilidades. Es ese mostrarse de las posibilidades, en cuanto tal, el que justamente permite que exista un juego de relaciones que provoca cosmos y que exista arte, es decir, un afán armonizador que trae a la luz una trama. Esa trama es el mundo y deja en tinieblas lo que abandona. Pero la realidad nunca está completa, y quizás la herencia de Pablo de Rokha haya sido sobrevolar siempre esa tiniebla y dejarnos sumidos en ella, de ahí su categórica ascendencia en la literatura chilena al mostrar, como decía su admirado Demócrito, que las palabras son sombras de las cosas y que los poemas son cosas recién nacidas, o siempre naciendo. De ahí que su canto parezca nunca acabar o siempre comenzar en medio de una desmesurada oscuridad original.

1 https://www.perfil.com/noticias/cultura/fin-de-la-polemica-rimbaud-seguira-en-su-pueblo-natal.phtml

2 https://www.elmostrador.cl/cultura/2020/08/12/poeta-rodrigo-arriagada-zubieta-la-poesia-esta-para-ser-compartida-porque-representa-el-mayor-logro-que-las-generaciones-humanas-han-transmitido/

Rodrigo Arriagada Zubieta: http://www.rodrigoarriagadazubieta.com/