Rodrigo Lira: el aullido detrás de una generación sin voz | Sergio Sepúlveda

Rodrigo Lira (1949-1981) desarrolló una obra inquietante y vanguardista durante la dictadura chilena. Amasó el lenguaje y lo llevó a esa frontera peligrosa donde crecen las flores y donde se vislumbra el inicio del abismo. Con un sentido del humor retorcido, cercano a Parra y Lihn, y una pugna entre erotismo y muerte, logró unir el lenguaje callejero, la alta cultura y las inquietudes de una generación perdida sin rumbo ni timón. Con un único libro a cuestas, “Proyecto de obras completas” (1984), publicado póstumamente, Lira se hizo inmortal, no solo por su fama de maldito y por su temprano suicidio, sino también por la originalidad de sus poemas.

Sergio Sepúlveda*

Rodrigo Lira es una figura enigmática dentro de la poesía chilena. Con el libro “Proyecto de obras completas” (1984), publicado póstumamente debido a su repentino suicidio a los 32 años, marcó la escena poética nacional de los años 80. Su figura es legendaria y se podría decir mucho sobre su figura. Lira encarna el arquetipo del maldito, del suicida, del fracasado con ropa pasada de moda, del poeta no publicado en vida, del genio incomprendido, del artista inclasificable, del alumno raro que se sienta en la última fila y escribe poemas geniales al borde de la estupidez. También se podría decir que detrás de esa máscara teatral y obsesiva que mostraba en público, Lira guardaba en sus cuadernos uno de los ejercicios más creativos y originales de la poesía chilena del último tercio del siglo XX.

Rodrigo Lira (1949-1981) nació en Santiago de Chile y a partir de los años 60 deambuló como un eterno turista por varias carreras universitarias que no terminó, entre las cuales se encuentran psicología, arte, filosofía y lingüística. La leyenda comenzó a formarse en fotocopias gastadas que circularon de manera informal y pirata (algunas distribuidas por el propio Lira), y que contenían poemas atípicos que desafiaban la tradición. Sus versos eran como artefactos y juegos palabrísticos, donde era capaz de mezclar distintos idiomas (inglés, francés, alemán, entre otros), el argot juvenil y una constante tensión entre erotismo y muerte. Físicamente, también lucía como un personaje sacado de un comic o de una novela policial. Enrique Lihn, quién escribió el valioso prólogo de “Proyecto de obras completas”, lo definiría a la perfección como “un erudito de la contracultura, del pop y del pap art; en consonancia con el atuendo y la pinta -“la pelada y las chuletas”- los anteojos de marco grueso, la gorra a lo Sherlock Holmes: un sabueso del Rock o del nuevo jazz”.

En una época con escaso movimiento editorial en Chile, Rodrigo Lira se hizo notar en lecturas poéticas y en recitales donde leía sus versos y donde se presentaba extremadamente teatral en sus performance. Consiguió algunos premios menores, pero llamó la atención de Enrique Lihn —quién como presidente del jurado le daría el primer premio de la Revista Bicicleta en 1979— y luego sería un pilar fundamental en la difusión de su obra.

En su poema “Tres cientos sesenta y cinco y un 366 de onces”, podemos comprobar esa libre asociación en los primeros versos —tan típica en su estilo— de un poema larguísimo que va hacia todos lados y por el cual somos conducidos por el flujo del pensamiento de un Lira que se mueve a la velocidad de un fórmula 1.

“dada la continuidad de la ausencia de tibieza
considerando la permanencia de las carencias y
las ansiedades que se perpetran cotidianamente
y el frío sobre todo en especial o solo
o el frío completo en salchicha con mayonesa viscosa
seminal y estéril
la sábana sucia que cubre monstruosos ayuntamientos
la escasez de radiación solar
(lo poco que alcanza a llegar a través del monóxido de
carbono, el humo de chimeneas pastizales que se queman en febrero cigarrillos
chimeneas tubos de escape tubos chimeneas humo)
de la que tiene que atravesar además esa sucia sábana
que cubre a penas ─como mera sábana polucionada─
esas teratológicas cópulas, esos coitos de ahítos
esas violaciones y estupros
y las ondas
de radio en amplitud o frecuencia modulada”

Rodrigo Lira, sospecho, intenta traspasarnos el poema desde su mente a la nuestra, sin intermediarios, y ahí reside la honestidad y la originalidad de su obra. Sus poemas son tan rápidos que parecen versos de un rapero que camina por la ciudad y nos cuenta lo que observa y lo que piensa. En otros poemas, Lira reinterpreta y actualiza a Huidobro, como si en un escenario mágico y surrealistas, fuese su hijo maldito:

Ars Poétique

……………………………………………….para la galería imaginaria
Que el verso sea como una ganzúa
Para entrar a robar de noche
Al diccionario a la luz
De una linterna
……………………..sorda como
Tapia
…………Muro de los Lamentos
Lamidos
…………Paredes de Oído!
…………cae un Rocket pasa un Mirage
…………los ventanales quedaron temblando
Estamos en el siglo de las neuras y las siglas
…………………………………………y las siglas
son los nervios, son los nervios
El vigor verdadero reside en el bolsillo
………………………………es la chequera
El músculo se vende en paquetes por Correos
la ambición
………………..no descansa la poesía
…………………………………….está c
…………………………………………ol
………………………………………………g
………………………………………………….an
……………………………………………………….do
en la dirección de Bibliotecas Archivos y Museos en Artí
culos de lujo, de primera necesidad,
…………oh, poetas! No cantéis
a las rosas, oh, dejadlas madurar y hacedlas
mermelada de mosqueta en el poema

El Autor pide al Lector diScurpas por la molestia (Su Propinaes Misuerdo)

Hacia el final de sus días, Lira se suicidó el día de su cumpleaños 32, legó a su familia los cuadernos y hojas que conformarían su breve, pero contundente obra. Su personalidad, compleja y absurda, lo llevarían a un conocido programa televisivo de los años 80 llamado “Cuánto vale el show”, donde recitó partes de “Otelo” de Shakespeare ante un jurado que no entendía qué pasaba. Nunca sabremos si fue una performance notable, un simple delirio producto de su esquizofrenia o una broma infinita que no pierde gracia cuando la vemos en YouTube.

Es difícil escribir sobre Rodrigo Lira, porque cualquier comentario queda al borde de explicar una biografía confusa o de dar sentido a versos cuya abstracción o ritmo intrínseco guardan su belleza. Quizás lo único que justifica estos párrafos son el mandato de leer y releer a Rodrigo Lira sin prejuicios ni motivos, más allá de su fama de maldito o personaje literario freak. Leerlo solo por el hecho de tener una conversación silenciosa con el autor, de descubrir que más allá de las palabras existe un mundo que jamás podremos descifrar por completo y que la poesía nos entrega breves espacios de entendimiento en un mundo que tiende al caos. A veces, cuando leo a Rodrigo Lira, me lo imagino sentado en esas bancas rotas y húmedas que tienen los campus universitarios en invierno. Con esas gafas gruesas y patillas pasadas de moda, ordenando sus papeles y leyendo libros antiguos. Dejando que el día termine y escribiendo poemas extraños sobre una generación que no tuvo voz.

* Sergio Sepúlveda A. Profesor Escritura Creativa PUCV | Algunos de sus trabajos en materia de crítica literaria pueden leerse en El Mostrador.