Sotirios Pastakas (Larisa, Grecia, 1954) es uno de los poetas más relevantes de la literatura griega actual. Ha escrito diecinueve poemarios. Igualmente ha desarrollado una notable carrera de traductor y editor de poesía italiana que se remonta a varias décadas. Destacan sus traducciones de algunos poetas italianos como Saba, Penna, Pasolini, Gatto y Sereni. Estudió Medicina en Roma y Psiquiatría en Atenas, donde ejerció como psiquiatra durante treinta años. Su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas y ha participado en festivales internacionales de poesía (San Francisco, Sarajevo, Esmirna, Roma, Nápoles, Siena, El Cairo, Estambul, Medellín, Caracas, etc.). Cuatro poemarios suyos han sido publicados en Italia (Corpo a corpo, 2016; Jorge, 2019; Monte Egaleo, 2020; e Isola di Chios, 2023), uno en EE. UU. (Food Line, traducción de Jack Hirschman y Angelos Sakkis) y otro en España (Cuerpo a cuerpo, traducción de José Antonio Moreno Jurado). Es miembro, desde 1994, de la Sociedad de Escritores Griegos. En 2001 cofundó, junto a otros cuarenta y seis miembros, la World Poetry Academy de Verona, creada por la UNESCO, y obtuvo una beca en Hawthodern Castle (International Retreat for Writers). Su labor como dinamizador de la poesía en Grecia ha sido muy destacada. Fruto de ello es la fundación de revistas impresas y electrónicas tan imprescindibles para conocer la literatura contemporánea como Poiein (2001), Apsendi (2006), Zraka (2013), Fterá Jinas (2015) y Exitirion (2018). El rigor de su obra ha sido reconocido por sus lectores y seguidores, pero, también, con los siguientes premios: “Annibale Ruccello 2015”, “Retratti di Poesia 2016” (de la Fundazione Roma), “NordSud International Prize for Litterature 2016” y “Makis Lachanas 2023” (del Festival de Poesía de Tesalia). La principal antología de su poesía en Grecia se tituló Cuerpo de frotación (1981-2018) y fue publicada en Ediciones Roma (Tesalónica, 2018); de ella se han seleccionado algunos poemas.
sin testigos
El rostro muerto del cielo no siente
el temblor del cielo que alza
el crepitar del fuego que consume
los balidos recónditos, los tintineos
todo nos lo devuelve, querida
Somos el eco de los que se quedaron
y recogieron dientes de león una tarde
en este lugar y el tañer de la campana
los detuvo a quinientos metros de
distancia de la casa, a miles de kilómetros
de su paisaje interior.
*
amargura de un joven repatriado
Muchos los coches con matrícula extranjera
este Verano. Kilómetros
que no me desplazaron. Años
que devendrán tiempo unidimensional y decisivo;
como el perro senil tras los coches
extranjeros, ya no corro. Gruño.
*
«dolce»
El célico humo del tubo de escape
se balancea incluso cuando el auto-
móvil ha doblado ya la esquina,
traslada la topografía de la carretera,
la previsión diaria de quienes se quedan
para siempre aquí, clientes impertérritos
de la vida fluyente como yo,
que saben muy bien de invasiones
y pérdidas y que de un momento a otro
y de hora en hora cambian los ojos de color
como los tuyos que se hicieron azules
automáticamente apenas me dijiste adiós.
*
Cuerpos hambrientos cuelgan
de los pasamanos en el tranvía,
en el metro. Se aprietan,
colindan como es propio
de los domingos que los cuerpos
jóvenes devengan arcos.
Que la calentura los descuartice.
Que se abracen.
Que el revisor no diga
que va a hallar a uno solo
sin billete.
*
Una hamaca colgada entre dos
transacciones notariales: de mercado
y de venta. Cambian los propietarios.
Suspiros. Hilachas de recuerdos.
Un amigo. Un instante. Una ciudad.
Un hombre. Una noche. Una beldad.
Sollozos. Uno, dos, tres pasos de vals.
Sillas vueltas del revés. Hierba quemada.
Una vez yo también robé un jardín.
Selección y traducción: Mario Domínguez Parra | Fotografía: Dino Ignani | Recopilación del cv: Roberto García de Mesa | Buenos Aires Poetry 2025
