“El beatle final”, de Leopoldo Marechal.

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Breve nota introductoria


El autómata Ringo, protagonista del cuento, concentra en su pecho de metal una pieza musical única, indivisible, que reúne los siguientes temas: “los éxtasis de inseminación artificial y los onanismos electrónicos (…); la tolerancia o rechazo de piezas anatómicas en injerto; la exaltación que producen los mecanismos bien aceitados y el ulular de la cibernética”.[1]

Se trata, explícitamente, de una metáfora que no necesita esclarecimiento: situado en un futuro, por cierto no lejano (siglo XXIII), de lo que se trata es de fabricar un artista electrónico: “Ringo aullaba, gesticulaba y punteaba su guitarrón: cada nuevo triunfo de la técnica o de la investigación científica era grabado y añadido al repertorio del beatle”.[2]

No puede resultar para nada arbitraria la elección del personaje de Marechal. Como afirma Jonas en su crítica al argumento de la Réplica de la excelencia, la reverencia por la grandeza: “Nadie menciona a Nietzsche o a Kafka en este contexto, y pocos a Beethoven o a Miguel Ángel… una prueba de la secreta felicidad de todo sueño: uno quiere tener a su genio feliz o al menos alegre; pero sobre todo: elevador en sus «aportaciones» al «bien» de la cultura”.[3] Ringo Starr es un artista relativamente feliz, y genera —de alguna manera— un aporte al «bien» de la cultura.

El ejemplo resulta crucial: al final del relato de Marechal, Ringo cae de rodillas —producto de su necesaria automaticidad— frente a la cabeza de Beethoven recién degollada: “y el en el contraste de los dos rostros entendió el ángel la razón exacta del cataclismo”.[4]

No se trata de una metáfora pastoril, ni mucho menos: Ringo tiene piedras y las sucesoras de piedras en sus manos.[5] A Metrópolis le falta un Homero, un conjunto de átomos expresivos. Se trata de una posibilidad científica que incluye componentes espirituales y materiales: el robot expresivo y autómata de Ringo, precisamente, deja en lejanía la gastada polaridad que se presenta entre naturaleza y cultura.

Sin embargo, este relato quiere ser algo más que una fábula anticipatoria: se trata también  de una defensa de la palabra creadora, razón exacta del cataclismo.

Un cataclismo que en los pies de Ringo, tras entrar en un Museo de Paleomúsica, tritura instrumentos antiguos, violas y contrabajos, “y su voz languidecía en un tartamudeo de fonógrafo sin cuerda y sus pies vacilaban entre los escombros”.[6]

La figura de Ringo contiene, en ese sentido, la claudicación del espacio de autonomía que caracteriza a la cultura. Se trata, de manera indirecta —ya que se asienta sobre una materia inorgánica— de la fabricación de lo humano, o al menos de una de sus partes constitutivas.

Y es que la vida, como el arte, surge en pos de un acontecer contingente, no previsible. Grecia en su Homero, Roma en su Virgilio, Israel en su David, hasta los últimos y aulladores beatles; responden en gran medida a cierto modo de existencia basado en circunstancias casuales o fortuitas.

La compleja idea de un Ringo autómata, actúa tiránicamente sobre el sujeto: la interrelación está falsificada de antemano. De la misma manera que al sujeto de la clonación se le ha robado de manera anticipada la libertad deencontrar su propio camino y ser una sorpresa para sí[7], en Metrópolis “los habitantes del Imperio, frente a sus receptores, exultaban ante aquel poeta mecánico que rugía y gesticulaba por ellos”.[8]

En el “El beatle final”, por tanto, podemos encontrar o leer un complejo ambivalente, una lectura positiva y negativa en relación a lo humano y lo posthumano. El robot y su trama, a lo largo del relato, se presenta sin ningún tipo de resentimiento (incomprensión) por parte del autor. La fábula instituye, en ese sentido, una mera descripción imaginaria sobre un futuro —por cierto— inevitable.

Es en el final del relato, una vez explotados los caracteres irónicos-descriptivos, donde encontramos el corazón del autor, su verdadero latido.

El ángel de la muerte recorre la ciudad y ve las dos caras juntas, la de Beethoven y la de Ringo: “Y en el contraste de los dos rostros entendió el ángel la razón exacta del cataclismo”.[9]

El ángel no es un tercero. Y si bien por momentos el relato parece alejarse de ciertas bivalencias caducas, es en el contraste de los rostros donde el relato despliega su sentido.

Bs.As.Poetry.


[1] MARECHAL, Leopoldo. “El beatle final”, en Leopoldo Marechal Obras Completas V, Libros Perfil, Buenos Aires, 1998, p. 70.

[2] Ibídem, p. 71.

[3] JONAS, Hans. “Hagamos un hombre clónico: de la eugenesia la tecnología genética”, en Técnica, ética y medicina. Sobre la práctica del principio de responsabilidad. Barcelona, Paidós, 1997, p. 124.

[4] MARECHAL, Leopoldo, op. cit., p. 72.

[5] SLOTERDIJK, Peter. “El hombre operable”; en revista Artefacto. Pensamientos sobre la Técnica n° 4. Buenos Aires, 2011.

[6] MARECHAL, Leopoldo, op. cit., p. 72.

[7] JONAS, Hans, op. cit., p. 130.

[8] MARECHAL, Leopoldo, op. cit., p. 71.

[9] Ibídem, p. 72.

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El beatle final (selección), por Leopoldo Marechal

7. Tras una investigación minuciosa de psi­coanalistas y musicólogos, la voz de Rin­go fue compuesta, grabada y metida en el pecho metálico del beatle, para cuya residencia se construyó un templete mo­numental que reunía en sí las más ópti­mas condiciones de acústica. El reperto­rio del beatle se concentraba en una pieza única, rapsodia o potpourri, que reunía los temas siguientes de la civilización metropolitana: los éxta­sis de la inseminación artificial y de los onanismos electrónicos; el goce de las píldoras vitaminosas que no dejan residuos; la tolerancia o rechazo de piezas anatómicas en injerto; la exaltación que producen los mecanismos bien aceitados y el ulular de la cibernética; el gusto de las aceleraciones y faltas de gravitación en los viajes espaciales; la expectativa y angustia de un ataque nuclear inminente desde las bases enemigas del norte; la seguridad insegura de una invasión posible desde el planeta Venus o algún punto del cosmos ya detectado por los radares; y, sobre todo, la convicción oficial de que Metrópolis estaba realizando el paraíso científico largamente profetizado en la Tierra desde que se inventó el tubo de Geissler. ¡Y sucederá, lo juro por las barbas en flor del gran Heráclito!
8. Llegó al fin la noche de las noches en que Ringo, el beatle artificial, sería presentado a los enfermos habitantes de Metrópolis. En su templete de vidrio-cemento y ante las cámaras de televisión, Ringo exibía una majestad imponente con su estructura de caja sonora, su ros­tro gesticulante y la enorme guitarra eléctrica sobre la cual ponía él sus dos manoplas en frenesí. Y cuando Ramírez, en overall de gala, hizo funcionar los controles, Ringo dejó escapar toda la sinfonía que se concentraba en su tórax y que los transmisores del Imperio lanzaron al éter. ¡Hurra, mundo zumbante! Las estaciones médicas a control remoto, los hospitales y clínicas, los televidentes en­loquecidos no tardaron en gritar la buena nueva o el milagro del beatle. ¡Sí, los enfermos del mal Beta curaban instantáneamente! Agonizantes listos ya pa­ra ceder al Estado sus riñones transferibles aban­donaban los quirófanos con un frenético paso de baile. ¡Hurra, cascabel ebrio! ¡Metrópolis había re­cobrado la salud! Aunque la vieja ponzoña del indi­vidualismo ya no existía en la ciudad, el técnico Ra­mírez, por una sola vez y sin que sentara preceden­te, fue mencionado en la sesión del Gran Octógono; y se le concedió por añadidura otra botella del coñac histórico que se guardaba en el Museo con fines científicos. Y dice la leyenda que Ramírez, esa misma noche, se agarró una tranca sublime que lo lanzó a los bulevares, desnudo como había nacido, y que allí se dio a una exhibición de frescas y perimidas obscenidades. Naturalmente, Ramírez fue alo­jado en un manicomio de lujo donde acabó sus días apaciblemente.
9. Se abrió desde aquella noche la Era de Ringo el beatle salvador. Y Metrópolis adquirió en adelante una fuerza expansi­va que llegó a inquietar a sus enemigos terrestres y a sus observadores cósmi­cos. Todas las noches, desde su templete, Ringo aullaba, gesticulaba y punteaba su guitarrón: cada nuevo triunfo de la téc­nica o de la investigación científica era grabado y añadido al repertorio del beatle. Y los habitantes del Imperio, frente a sus receptores, exultaban ante aquel poeta mecánico que rugía y gesticulaba por ellos. Metrópolis entendió así que ya era hora de univer­salizar su orgulloso dominio. El orgullo es funesto cuando adquiere la forma de un batracio que se infla con sus propias ventosidades, y más aún si la Bomba X estaría y estuvo y estará.
10. Porque la Bomba X ya estaba en las células grises de un físico lleno de piadosas ternuras. ¡Y Ringo debió saberlo y aullarlo en su guitarra electrónica! ¿Qué debió saber el Orfeo de alambre? Que una Bomba X deja con gran facilidad el cráneo de un físico para entrar en un ciclotronante ciclotrón. ¿Qué debió au­llar el beatle? Que no hay mucho intervalo entre las tiernas lágrimas de un físico y una explosión atómi­ca. ¿Y qué culpa tendrían el físico y el beatle? Llo­rará en los efectos quien no rió en la Causa. Por eso, cuando la Bomba X estalló y su hongo gigantesco pudo abrirse como una flor de uranio sobre Metró­polis; cuando la ola expansiva dio en tierra con el templete de Ringo, entonces el Beatle Final se vio libre de su cautiverio. Movido por un remanente de sus condensadores, echó a caminar entre los derrum­bes, gesticulante aún de risas mecánicas, aullando su canción de usina, hiriendo el cordaje imbécil de su vihuela. Ringo avanzaba por entre muros que se tambalearon aún como ebrios, columnas y chimeneas rotas, materiales en pulverización, calcomanías de hombres y mujeres laminados en el suelo. Ringo gesticulaba, reía y aullaba en un silencio sin pája­ros y en un calor de horno. ¡Y fue posible y es posi­ble y será posible, mundo feroz en la balanza!
11. Por último, sobre sus piernas de autó­mata en libertad, Ringo entró en un Museo de la Paleomúsica, y sus pies du­ros trituraron instrumentos antiguos, vio­las y contrabajos, trompetas y fagotes, órganos de tubos retorcidos, estatuas de compositores ilustres recién caídas de sus pedestales. El Beatle Final aún cantaba y tañía; pero sus condensadores ya se le agotaban, su voz languidecía en un tartamudeo de fonógrafo sin cuerda y sus pies vacilaban entre los escombros. Cayó al fin, primero de rodillas y después largo a lar­go: en su derrumbe, la testa de Ringo fue a dar contra una cabeza de Beethoven recién degollada. El Angel de la Muerte, que recorría la ciudad, vio las dos caras juntas: la de Beethoven, con su rictus humano que aún retenía la piedra, y la de Ringo, con las aristas y rigideces que le dio la metalurgia. Y en el contraste de los dos rostros entendió el ángel la razón exacta del cataclismo.
12. Sucederá porque sucede y sucede por­que sucedió. ¡Yo te saludo, tierra en la balanza, fiel a la cortesía! Que tengas buenas noches.