La «primera» New Left Review, por Stuart Hall

Stuart Hall

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Tal vez la narración en primera persona ayude a entender mejor aquel momento. Llegué a Oxford en 1951 con una beca Rhodes, más o menos directamente desde el colegio en Jamaica. Diría que mis ideas políticas eran esencialmente «antiimperialistas». Sentía afinidad por la izquierda y, aunque las lecturas de Marx durante mi educación me habían influido, en aquel entonces no me habría definido como marxista en el sentido europeo. En cualquier caso, me preocupaba el fracaso del marxismo ortodoxo a la hora de tratar adecuadamente tanto los temas de la raza y la etnicidad en el «Tercer Mundo», y las cuestiones del racismo, como la literatura y la cultura, que me interesaban intelectualmente como estudiante. Visto en retrospectiva, me identificaría como uno de los escritos de Raymond Williams en Culture and Society que, siguiendo como estudiantes de literatura la controversia entre leavisitas y críticos marxistas, se veían obligados a reconocer que «Scrutiny había vencido». No porque tuviera razón –siempre fuimos críticos con el elitismo conservador del programa cultural de Scrutiny–, sino porque los modelos marxistas alternativos eran demasiado mecánicos y reduccionistas. (Todavía no teníamos acceso a Lukács, Benjamin, Gramsci o Adorno.) En el frente político general, me sentía muy crítico con todo lo que sabía sobre el estalinismo, bien en tanto que sistema político, bien como forma de política. Me oponía a él como modelo para un socialismo democrático y no comprendía la renuencia de los pocos comunistas que conocía para reconocer la verdad de lo que para entonces era de dominio público: sus desastrosas consecuencias para la sociedad soviética y para Europa del Este. Igual que el resto del pequeño número de estudiantes del «Tercer Mundo » en Oxford, mis principales preocupaciones políticas se centraban alrededor de las cuestiones coloniales. Me impliqué mucho en la política estudiantil sobre las Antillas occidentales. Debatíamos y discutíamos principalmente sobre lo que estaba ocurriendo en nuestra tierra, en la confianza de que, antes de que pasara mucho tiempo, todos estaríamos allí implicados en ello. Discutíamos sobre la Federación de las Antillas Occidentales y sobre las perspectivas de un nuevo orden económico en el Caribe, sobre la expulsión de la izquierda del PNP de Manley en Jamaica bajo las presiones de la Guerra Fría y la caída del gobierno de Jagan en la Guayana británica, con la suspensión de la Constitución y la entrada de tropas británicas. No había «política negra» en Gran Bretaña, la migraciónde la posguerra solamente acababa de empezar. Posteriormente, a medida que comenzaba a interesarme más por la política británica, entré en contacto con la izquierda de Oxford. No había un movimiento político de «masas» británico de la izquierda, ni una cuestión política de alcance popular a la que uno pudiera adherirse. La elección parecía estar entre un Partido Laborista que entonces estaba profundamente comprometido con una visión atlanticista del mundo, y la oscuridad marginal de la extrema izquierda. La primera vez que me aventuré en el debate de un grupo comunista fue para discutir con el Partido Comunista sobre la aplicación del concepto marxista de clase a la sociedad capitalista contemporánea. En aquel momento me pareció un paso extremadamente atrevido, tal era el clima predominante de temor y desconfianza. Después de 1954, este clima comenzó a cambiar. Se produjo un lento y vacilante resurgir del debate en la izquierda y comenzó a cristalizar un grupo alrededor de estas discusiones. Muchos de nosotros asistíamos al «Grupo Cole» (como se llamaba a su seminario de política), que, aunque formalmente era una actividad académica para estudiantes de posgrado, se desdoblaba en un diversificado grupo de debate de una izquierda amplia. Allí se forjaron algunos de los primeros contactos y amistades que posteriormente se consolidarían con la formación de la Nueva Izquierda.
Ahora resulta difícil evocar el clima político de Oxford en los años cincuenta. La Guerra Fría dominaba el horizonte político, posicionando a todo el mundo y polarizando cualquier tema con su despiadada lógica binaria. Como señalaba el primer editorial de la ULR, «respaldar la admisión de China en Naciones Unidas era buscarse la ofensiva etiqueta de “compañero de viaje”; decir que el carácter del capitalismo contemporáneo había cambiado suponía ser tachado de “liberal keynesiano”». El «deshielo» comenzó como un debate sobre un abanico de temas contemporáneos: el futuro del laborismo y de la izquierda tras el resurgimiento conservador, la naturaleza del Estado de bienestar y del capitalismo de la posguerra, y el impacto del cambio cultural en la sociedad británica en los primeros años «opulentos» de la década. El ritmo de este debate se vio acelerado por las revelaciones de Khrushchev en el XX Congreso del PCUS. La respuesta a «1956» y la formación de una Nueva Izquierda no podrían haber sucedido sin este periodo previo de «preparación», en el que muchas personas adquirieron lentamente la confianza necesaria para implicarse en un diálogo que cuestionaba los términos del argumento político ortodoxo y superaba las fronteras organizativas existentes. Estas tendencias fueron dramáticamente condensadas por los sucesos de «1956». Los tanques soviéticos en Budapest pusieron fin a cualquier esperanza de que una variante más humana y democrática del comunismo pudiera desarrollarse en Europa del Este sin prolongados traumas y convulsiones sociales. Suez hizo estallar la cándida ilusión (adaptando una frase de Tawney) de que «se podía despellejar al tigre del capitalismo imperialista raya a raya». La manifestación de Trafalgar Square contra la intervención en Suez fue la primera algarada política masiva de ese tipo en la década de los cincuenta, y también la primera vez que me encontré frente a frente con los caballos de la policía o que oí hablar en público a Hugo Gaitskell y Nye Bevan. Recuerdo que la airada denuncia de Bevan de Edén hizo que las palomas alzaran el vuelo sobresaltadas. Uno de los resultados del fermento de «1956» fue la publicación de las dos revistas Universities and Left Review y New Reasoner, las cuales, al fusionarse posteriormente en 1960, formaron la «primera» New Left Review.