Escisión entre Raymond Williams y F. R. Leavis – (Scrunity)

De Dai Smith (Raymond Williams, El retrato de un luchador)

Toda una época pareció terminar en Cambridge en 1944 cuando Sir Arthur Quiller-Couch (con el pseudónimo literario de «Q» desde sus días en Oxford en la década de 1880) murió y la cátedra Rey Eduardo VII de literatura inglesa que ocupaba desde 1912 quedó vacante. El contrato se realizó por indicación del primer ministro, tras ser aconsejado, y la cátedra la ocupó en 1946 no F. R. Leavis, sino el sólido y convencional Basil Willey, contemporáneo suyo, especializado en una disciplina ya antigua en Cambridge: pensadores moralistas ingleses de los siglos XVII y XIX. Leavis, el defensor de T. S. Eliot y D. H. Lawrence en los años treinta y cuya convicción sobre la poesía y la prosa en la tradición inglesa lo llevó a una confrontación constante con la sensibilidad de Bloomsbury y el «alto» periodismo de las revistas londinenses, tuvo que esconderse airado en el fortín del colegio universitario Downing. El despecho no le favoreció en este caso ni suavizó su personalidad amargada, pero tampoco eliminó la confianza que tenía en sus puntos de vista. Durante esos años, desde 1948, con la defensa más completa de Lawrence en The Great Tradition hasta 1955, con la defensa más completa de Lawrence en D. H. Lawrence: Novelist, pudo verse a Leavis en su esplendor, no como profesor o educador, sino como crítico comprometido con su práctica y su impacto en la sociedad. Los paralelismos con Raymond Williams se volverían obvios aunque no tanto quizá por su primera y duradera divergencia incluso pese al magnetismo intelectual de Leavis en los años cuarenta.
Raymond Williams conoció en primera instancia a Leavis de manera indirecta: mediante el descubrimiento de posguerra de Scrunity como una empresa intelectual importante y por boca de otros. En el Trinity, mediante B. Rajan, un joven compañero investigador que había publicado en Scrunity, Williams se encontró con una nueva subcultura intelectual y seguidamente con algunos de los discípulos de Leavis, de manera destacada con Wolf Mankowitz, una figura vivaz y carismática originaria del East End londinense, reclutado durante la guerra para trabajar en las minas de carbón. Leavis enseñó a Mankowitz en Downing y éste, junto con Clifford Collins (una personalidad frágil aunque entusiasta, estudiante de Inglés en el King pero también discípulo de Leavis), se propuso organizar a la siguiente generación de leavisianos. Williams, inseguro y todavía traumatizado por la guerra, se convirtió a finales de 1945, mediante el poder de convocatoria de Mankowitz, en parte de una agradable y vitalista triunvirato en Cambridge. Los tres se concebían, así como las pequeñas revistas que aspiraban a crear, como el octubre que tenía que llegar de la revolución leavisiana.
Leavis manifestó su simpatía hacia los tres hombres y su proyecto, pero se mantuvo decididamente a distancia. Williams sólo lo tuvo delante en una par de veces en esa época. Una para escuchar una charla dada por él y otra en un incidente, que para Williams fue lo suficientemente importante como para volver sobre él en más de una ocasión, donde Leavis asintió con fuerza mostrando su acuerdo ante el análisis casi forense de una tontería «sentimental» por parte de Mankowitz. La tontería en cuestión era que su amigo Raymond, que había afirmado en un seminario dado por L. C. Knights, entonces un prometedor investigador leavisiano, que él, «al proceder de Gales», frente al punto de vista de Knights de la desaparición práctica de la palabra en el vocabulario del mundo moderno, todavía sabía lo que significaba la «vecindad». Esto se entendería como una escisión personal respecto a la firme convicción leavisiana de que sólo una élite podría transmitir y encarnar los valores más antiguos del pensamiento civilizado en una «cultura de masas», incluyendo los de las buenas maneras, pero iba en contra el instinto y las convicciones cada vez mayores de Williams. Una y otra vez, de manera detalladas, mediante precedentes y ejemplos, rechazaría la acusación crítica (formulada de diversas formas como idealismo, nostalgia o romanticismo) que se le hizo durante toda su vida intelectual, a medida que mostraba el modo como los conceptos de lugar, cultura o comunidad estaban entrelazados y eran necesariamente reales. Entonces, en 1945, fue una escueta intervención, rechazada como inoportuna, y que se había sentido obligado a hacer, pero en 1958 señaló el incidente, en el texto intensamente personal de su ensayo explicativo «Culture is Ordinay», como el momento en el que pudo «quitarse» de encima los argumentos leavisianos para pensar por sí mismo, pese a todo lo que Leavis había dicho de manera convincentemente explícita, acerca de «las relaciones reales entre el arte y la experiencia»:

Todos hemos aprendido de él a este respecto, así como su versión de lo que está equivocado en la cultura inglesa. El diagnóstico es radical y rápidamente se está convirtiendo en ortodoxia. Hubo una antigua Inglaterra, principalmente agrícola, con una cultura tradicional de gran valor. Ésta había sido reemplazada por un estado moderno, industrialmente organizado, cuyas instituciones características deliberadamente degradaban nuestras respuestas humanas naturales, convirtiendo el arte y la literatura en supervivientes y testigos, mientras que una nueva vulgaridad mecanizada se introducía en los centros de poder. La única defensa residía en la educación, que mantendría al menos ciertas cosas vivas y que además, aunque fuese una minoría, desarrollaría modos de pensar y sentir que cuidarían de los mejores valores individuales (…). Por mi parte, estaba muy impresionado (…), lo suficiente como para que mi definitivo rechazo de ese diagnóstico (…) me llevase a una crisis personal que duró muchos años.
Obviamente eso no parecía encajar con gran parte de mi experiencia. A mí no podía decirme que mi padre y mi abuelo habían sido unos esclavos asalariados ignorantes, ni que la cultura comercial, llena de ocupaciones, vertiginosa (…) era aquello a lo que debía aspirar. Incluso me sentí estúpido, o me hicieron pensar que lo eran, cuando tras una clase en la que el tema era que la «vecindad» ahora no significaba lo que había significado en Shakespeare, dije (¡imaginen!) que para mí sí era igual (cuando mi padre estaba muriéndose, ese año, un hombre vino y cavó en su jardín, otro cargó y dejó un camión de traviesas para hacer leña, otro más vino y cortó las traviesas en bloques, otro dejó un saco de patatas en la puerta trasera y una mujer llegó y se llevó algo de ropa para lavar). Pero incluso mi futuro era Surbiton —(…) este barrio se empleaba en muchos casos como símbolo, aunque no habiendo vivido allí no puedo decir si acertadamente—.
Así que allí estaba yo y todo parecía encajar.
Pero no todo lo hacía. Una vez salí de allí y pensé sobre ello, no parecía que encajara adecuadamente, y lo que me llevó a pensar así fue que en casa estábamos encantados con la Revolución industrial y sus consiguientes cambios sociales y políticos¹.

¹ Raymond WILLIAMS «Culture is Ordinary» en Norman Mackenzie (ed.), Conviction, Londres, Macgibbon and Kee, 1958, y Raymond Williams, Politics and Letters, p. 36.